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Faro de Vigo

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Sonríe, dios te ama. Disimula, el comisario vigila

Si no quieres que la inseguridad ocupe las calles, alguien tendrá que arreglarlo. / FARO

Hay escasa policía!, esa fue una queja de representantes sindicales del gremio de la pasma y responsables civiles de la administración aeroportuaria. Se referían a las instalaciones de Madrid, atascadas de pasajeros en espera de pasar los controles en largas colas pero ¿dónde no es escasa? Contaba Manuel Vicent que una vez, comentando con un joven punki, aprendiz de navajero, que las noches se habían vuelto muy peligrosas, le contestó: “Es cierto, cada vez hay más policías”. No te fíes nunca de quien habla mal de la poli: algo tiene que esconder. Pero, en general, este país parece tener, salvo en ciudades como Barcelona, en que los mozos y Guardia Urbana dicen haber perdido el control de las calles, unos índices de seguridad aceptables.

Me sirvo de datos de andar por casa pero creo que podemos asegurar que en general reina en España una seguridad digna de encomio, sobre todo si se piensa como contraste en barrios malditos como el de Saint Denis en París o La Castellane en Marsella, Secondigliano en Italia, quizás Martím Moniz en Lisboa... aunque hay que mirarlo dos veces antes de entrar en el de las Tres mil Viviendas sevillano, el de Príncipe Alfonso en Ceuta, el de Almanjáyar granadino o el de Valdemingómez en Madrid. Cada ciudad tiene sus zonas traumáticas, pero en general parece que tenemos una policía activa y eficaz, aunque nunca sea suficiente.

Ya quedaron atrás aquellos años en que se gritaba a coro contra la policía por las funciones que hubo de asumir en la etapa franquista. Ahora tenemos una policía con estudios, sometida a principios y controles democráticos y respetuosa con el ciudadano, a veces más de lo que algunos osados e imbéciles merecen por sus comportamientos antisociales. Yo he visto aguantar con estoicismo a policías cosas indecibles de individuos a los que yo llevaría al potro de tortura y contemplé más de una vez como la gente se pone en una detención con fuerza (a veces no hay más remedio) en apoyo del delincuente en vez de a quien la protege, como si no hubiera superado ese trauma sobre la imagen policial que dejó el franquismo.

A veces me pregunto qué sería de nuestras sociedades sin una policía fuerte, respetuosa con la legalidad pero implacable con el crimen. Es indiscutible que cuando no existe miedo a la aplicación inmediata de las leyes de convivencia, se envalentona una base social dispuesta a tomar las calles a su manera y a manifestarlo tanto en los pequeños actos de la vida cotidiana como en los que tienen una magnitud letal para vidas y haciendas. ¿Qué pasaría sin policía? Nuestra ley es, además, garantista. Si buscáis a esos chavales que el otro día navajearon a un hombre que salió en defensa de una mujer a la que golpeaban, seguro que los encontraréis tomando un cuba libre en el bar de moda, mientras esperan la resolución judicial, que será benigna.

Donde hay políticos seguros y de ideas claras habrá una policía efectiva. Las del anarquismo sobre este cuerpo sirven, a lo más, para decorar libros. Nuestras calles serían inhabitables sin ella porque los cambios educativos habidos en España no han servido para disminuir ese frente subterráneo y sinuoso de cuatreros o de rotos dispuestos a aprovechar cualquier rendija de la ley, cualquier flaqueza en su aplicación, para aumentar el nivel de delito. La laxitud genera mafias que crecen como esporas y luego son imposibles de erradicar. Ya basta de buenistas que parecen disculparlo todo atendiendo a causas de desigualdad económica, familias desestructuradas… Esto es verdad, ya se sabe que los índices delictivos no surgen de barrios como el de Salamanca madrileño y sí de la desigualdad social pero mientras lo discuten, no hay más remedio que aplicar la ley, con tolerancia cero si no se quiere que el mal crezca como la espuma.

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