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Faro de Vigo

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Mujeres fuera de serie

La conquistadora del cielo

Nuria Lázaro es una de las escasísimas comandantes de vuelo que trabajan en España. La viguesa se puso por primera vez a los mandos de un avión en la compañía Vueling con 28 años. Madre de dos niñas, promueve la visibilización de la mujer desde el Grupo de Aviadoras del Sepla

La comandante de vuelo Nuria Lorenzo, en la cabina del avión Airbus A320, en un vuelo reciente.

La primera vez que Nuria entró en la cabina de un avión, con solo 5 años, se quedó totalmente prendada de aquel lugar y recuerda que se dijo. “Aquí es donde yo quiero estar de mayor”.

Nuria Lázaro (Vigo, 1986) pertenece a ese pequeñísimo 5% de mujeres que trabajan actualmente en España como comandantes de vuelo. En concreto, la viguesa desarrolla su labor en la compañía Vueling, donde son 55 mujeres las que llevan los mandos.

  • ¿Quién soy?

    “Una mujer con carácter, respetuosa y dispuesta a perseguir mis sueños, lo que me ha ayudado a ser feliz y a tener una vida, un trabajo y una familia maravillosos”

El camino para hacer despegar su sueño no fue sencillo, pero la comandante gallega tenía tan claro este objetivo que ningún impedimento fue lo suficientemente importante para hacerla desistir.

Para empezar, Nuria rompe con el estereotipo que podemos tener en la cabeza de que una profesión de este tipo suele “heredarse”. Nada más lejos de la realidad. Los padres de Nuria son ambos médicos – su madre pediatra y su padre especialista de urgencias- y buena parte de sus familiares, incluida su hermana, también han desarrollado su carrera en el ámbito sanitario. “Nadie en mi familia es piloto ni trabaja en nada cercano a la aviación”, asegura la viguesa. Fueron aquellos viajes que realizaba de niña en avión para visitar a la familia paterna en Madrid los “culpables” de esta pasión. “Viajaba sola, como iban antes los niños, con un cartelito colgado del cuello, y en una de aquellas debí de ponerme a llorar y se les ocurrió llevarme a ver la cabina para que me calmara”, cuenta. Poco podían imaginar aquellas azafatas que estaban sembrando la semilla para el nacimiento de una vocación irrenunciable.

Foto de un viaje con sus padres cuando era pequeña

Y es que Nuria desprende alegría. “Estoy feliz con mi trabajo, lo disfruto muchísimo”. Esta sensación puede con los madrugones a las 3 de la mañana, con las jornadas sin poder ver a sus hijas, con las ausencias en Navidad y en la función escolar o con la tensión que viven en cabina muchos momentos. Nuria asegura que disfruta enormemente volando y no se le ocurre mejor oficina en el mundo que la suya en pleno cielo.

La insistencia de la comandante desde la niñez por convertirse en piloto -que se agrandó aún más cuando a los 15 años tuvo la oportunidad de dar su primer paseo en avioneta- acabó convenciendo a sus padres, que apoyaron su propuesta poniendo solo una condición: que estudiara una carrera universitaria.

La viguesa cursó toda la etapa escolar en el Colegio San José de Cluny y destacaba especialmente en las asignaturas de ciencias: “Me encantaban las matemáticas”, recuerda. La primera complicación para cumplir su sueño era averiguar cómo se convierte una en piloto, ya que no existe una carrera universitaria como tal pero sí hay diferentes alternativas para alcanzar el destino. “Me enteré de que algunas escuelas privadas iban por los centros educativos explicando este tipo de estudios y acudí a una de esas charlas”, explica Lázaro.

En una avioneta en su época de estudiante

Finalmente, la viguesa optó por un título propio de la Universidad Autónoma de Madrid de Gestión Aeronáutica que le permitía empezar en tercero con prácticas de vuelo. “Hubo asignaturas interesantes, pero lo cierto es que yo solo quería volar”, admite.

Fue compaginando las horas de vuelo por las mañanas con la universidad por las tardes hasta conseguir la licencia de piloto de transporte aéreo. Al terminar la carrera realizó además un curso de instructor de vuelo, para tener la posibilidad de ser instructora en escuelas. “En aquel momento el sector no estaba abierto a nuevas contrataciones y me pareció una buena alternativa”, apunta.

Sin embargo, el destino hizo un guiño a la gallega cuando Vueling abrió una convocatoria y Nuria logró entrar como copiloto. Tenía 24 años.

A partir de ahí tenía que cumplir 3.000 horas de vuelo y un nuevo examen para llegar a ser comandante, un objetivo que le llevó casi cuatro años, así que con solo 28 años Nuria Lázaro se convirtió en flamante piloto.

Nuria Lázaro, en la cabina de un avión

Su primer vuelo con toda la responsabilidad de la nave en sus manos fue un trayecto Barcelona-Edimburgo y lo recuerda con una sonrisa. “Esa primera vez que vuelas sin tener a tu lado a un comandante es una sensación tremenda. Nunca estoy realmente nerviosa mientras vuelo, tampoco aquella vez, sino concentrada en mi trabajo, y no pienso en nada en más”, describe.

Entre los momentos que recuerda con especial alegría están la primera vez que llevó a sus padres como pasajeros. “A mi madre fue de noche, durante el periodo de instrucción. Mi padre tuvo aún más mérito porque él tiene pánico a volar y le llevé en un vuelo en avioneta que ya pilotaba yo sola. Y ahí estuvo, callado y quieto, pero a mi lado”, cuenta orgullosa.

Lázaro vuela desde 2010 a cualquiera de los destinos que oferta Vueling en Europa y norte de África. Pero como es una aventurera nata, no quería quedarse sin probar otros cielos y durante una época se apuntó como voluntaria para rutas por Sudamérica.

En un finger -pasarela para acceder al avión- como no podía ser de otra forma, el amor se cruzó en la vida de Nuria. Su marido, de Pontevedra, también es comandante de vuelo, por lo que la pareja ya partía de una pasión común. “A los dos nos encanta viajar y en cuanto teníamos un día libre nos cogíamos el primer vuelo que nos encajaba para ir por ejemplo a comer a Florencia. Nunca teníamos pereza”, cuenta.

Fue él quien convenció a la viguesa para que se embarcaran en una nueva aventura: la maternidad, algo que Nuria admite que, en principio, no estaba entre sus prioridades. “Con los horarios complicados de los dos parecía un poco locura, pero al final me convenció”, cuenta. Y salta a la vista que están felices con las nuevas tripulantes a bordo: Sira, de 4 años, y Amelia (“¡sí, por la aviadora pionera!”), que cumple 2 en mayo.

Con su marido e hijas

En estos momentos, la viguesa alterna su base entre Barcelona y Santiago y realiza vuelos de ida y vuelta en el mismo día. Además, disfruta de una pequeña reducción de jornada, lo que facilita en parte la conciliación. “Aún así, necesitamos la ayuda de una persona siempre en casa. A veces es difícil, pero las cosas siempre acaban saliendo”, describe Nuria con esa manera suya de hablar rápida y directa que hace que su interlocutor la imagine fácilmente resolviendo desde un aterrizaje complejo a una crisis casera.

Nuria asegura tajante que no se ha topado durante la carrera ni en el desarrollo de su trabajo con actitudes machistas, “a excepción de algunos comentarios de pasajeras, sí, de mujeres”, anota. “Aquí todos somos iguales; es todo muy estricto, las mujeres no tenemos ventajas ni desventajas y las tablas salariales son las mismas, aunque es cierto que sentimos que tenemos que demostrar más que nos merecemos estar donde estamos”, considera. “Las primeras mujeres piloto, en los años 60, ellas sí que tuvieron que pasarlo mal”, admira.

"La falta de referentes y la difícil conciliación hacen que seamos tan pocas mujeres piloto”

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Ese mínimo porcentaje (5%) que suponen aún hoy en día las mujeres en la cabina de un avión ha crecido muy poco en los últimos años. “Realmente hay pocas chicas que quieran ser piloto, quizás por el tema de la conciliación o porque tienen pocos referentes…”, opina. Nuria forma parte del Grupo de Aviadoras de Sepla, que busca dar visibilidad a la mujer en la aviación mediante actividades como charlas en colegios, una manera de tratar de dar la vuelta a esta realidad. Las escasísimas veces que coinciden en un vuelo dos mujeres, piloto y copiloto -Nuria solo recuerda tres ocasiones- es toda una fiesta. “No puede faltar la foto, nos sigue haciendo ilusión”, comenta. También fue muy especial la única vez que coincidió con su marido en un vuelo a Amsterdam: “Yo como piloto y él de copiloto”, apunta riendo.

La profesión de esta viguesa exige una formación continua. “Tenemos que renovar las licencias, hacer entrenamientos, simuladores, repasar los procedimientos. La aviación es muy cambiante; no creo que exista otra profesión en la que te examinen cada seis meses”, destaca.

“Quizás lo más complicado fueron los aterrizajes en A Coruña con ciclogénesis explosivas, pero no me pongo nerviosa, siempre pienso que estoy preparada para hacerlo”

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Por el momento, Lázaro no ha tenido ningún susto importante. “Quizás lo más complicado fueron los aterrizajes en A Coruña con ciclogénesis explosivas, pero no me pongo nerviosa, siempre pienso que estoy preparada para hacerlo”, asegura.

El escaso tiempo libre que le queda a Nuria lo disfruta con su familia, aunque no renuncia al tiempo para la pareja. “Reservamos una semana al año para viajar mi marido y yo solos, normalmente en noviembre porque el verano es la época de más trabajo”, cuenta.

Pero lo que más le gusta a esta mujer es ver la vida desde las alturas. “Aunque sobrevueles los mismos sitios, siempre descubres cosas nuevas: cada amanecer es diferente, un volcán desde el cielo… Y las puestas de sol de Galicia son impresionantes”, concluye. Y marcha volando, esta vez destino a su casa de Nigrán, que el tiempo es oro. 

Las pioneras: Amelia Earhart, la aviadora que cruzó el Atlántico sola

Amelia Earhart, ante el avión con el que desapareció en 1937. Amelia Earhart, ante el avión con el que desapareció en 1937.

Amelia Earhart (Kansas,1897) fue la primera mujer piloto que cruzó el Atlántico en solitario. Joven inquieta y audaz, se enroló durante la Primera Guerra Mundial como voluntaria en labores de enfermería y atendía a pilotos heridos. Fue entonces cuando conoció el campo del Cuerpo Aéreo Real.

Comenzó a recibir clases de aviación de manos de otra mujer piloto, Neta Snoock, y en 1922 consiguió su primer récord volando a más de 14.000 pies de altura.

Amelia deseaba realizar un vuelo ella sola por el Atlántico y lo cumplió en 1932. En esta travesía batió además el récord de recorrer la distancia más larga volada por una mujer sin ninguna parada y el de cruzar el Atlántico en el menor tiempo.

Su siguiente aventura fue en 1934, cuando voló desde Hawai hasta California y después a Washington, una hazaña por la que recibió la felicitación del presidente Roosevelt.

En 1935 empezó a planificar una travesía alrededor del mundo. Esta vez el vuelo acabó en tragedia cuando fallaron las comunicaciones, y la situación atmosférica empeoró. Su misteriosa desaparición la convirtió en toda una leyenda

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