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El Zar enamorado

Una pareja se hace una foto ante el Kremlin en Moscú YURI KOCHETKOV

En Rusia pasaron de los zares blancos a los zares rojos. Putin hereda a ambos. Nos preguntamos si es de ultraderecha o comunista como si son galgos o podencos los que nos acechan. Putin, como Pedro I o Stalin, trasciende definiciones ideológicas. Es un autócrata y como tal, se define a sí mismo en cada instante. Lo contiene todo, incluso al estado. Será omnipotente y eterno mientras viva.

La importancia de los zares en su cosmogonía supera la de los monarcas absolutos occidentales, sometidos a contrapesos que habían pervivido desde la edad media. El zar será el padrecito a quien el pueblo se encomienda, el vicario de Dios, la encarnación del alma rusa. Sobre sus hombros reposará un poder que difícilmente puede soportar un ser humano. Menos una dinastía. Ninguna familia asegura la producción constante de talento.

Simon Sebag Montefiore enumera los prodigios de los Romanov: esplendor, ambición, sadismo, ninfomanía, arrebatos místicos, parricidios, torturas a hijos, besos a cabezas decapitadas, enanos arrojados contra las paredes, santones y curanderos susurrándoles, deformidades, enfermedades, empalamientos... Los zares suponían también su propio mayor peligro. Ya que divinamente ungidos, el imperio en ellos mismos, solo su muerte podía remediarlos. “En Rusia el gobierno es la autocracia atenuada por el estrangulamiento”, escribió Madame de Staël. Seis de los últimos zares fueron asesinados. Una advertencia a Putin.

Él, aunque parezca de cera y nos lo caricaturicen como a un malo de James Bond, se compone del mismo amasijo de sangre y orines que nosotros. Seguro que duda, teme, se duele y se esperanza. Los zares también amaban. Ninguno de manera tan desaforada como Alejandro II.

Alejandro se enamoró de Ekaterina Dolgorukaya, Katia, aún adolescente cuando la conoció. Ejercieron durante muchos años como matrimonio, aunque Alejandro guardase tiernamente las apariencias con la emperatriz, María. De Alejandro y Katia se conserva la correspondencia más erótica que un rey haya podido mantener. Sus cartas detallan escenarios y posturas; anhelos contenidos y desagües inminentes. Sobre el mismo escritorio y con la misma pluma que el zar firmaba sus ucases, especificaba sus orgasmos o los apodos con los que mutuamente habían bautizado sus genitales. Jamás menguó la pasión de Alejandro por Katia. La protegió cuando la expuso abiertamente al desprecio de la corte, ya muerta la emperatriz. Por Katia habría empeñado su trono.

Alejandro II fue un zar reformista, poco amigo en general de aventuras bélicas, que emancipó a los siervos y planeaba un cierto parlamentarismo. Nada pudo librarlo de su destino. El 13 de marzo de 1881 un joven revolucionario, Nikolái Rysakov, arrojó una bomba al paso de su carruaje. Alejandro II salió indemne (“menuda pieza estás hecho”, le dijo al detenido Rysakov) pero insistió en volver al lugar del atentado. Mientras examinaba el boquete que había dejado la explosión, Ignati Hriniewiecki arrojó otra bomba a sus pies. Alejandro, con las piernas destrozadas, fallecería horas después.

Le sucedió su hijo, Alejandro III, retrógrado, cerril y ciego de venganza, que terminó con cualquier posible apertura. El antisemitismo se disparó. Bajo la corteza del régimen hirvieron las tensiones sociales que acabarían erupcionando con su nieto, Nicolás II. Aquella bomba, en realidad, asesinó a todos los Romanov fusilados en 1917 y 1918. No podemos asegurar qué hubiera pasado ni predecir qué pasará en Rusia. Solo que a Putin le seguirá otro zar, blanco o rojo. Ojalá que, al menos, sea un zar enamorado.

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