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Faro de Vigo

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GALICIA, LA VÍA LÁCTEA DE LA SAUDADE (XXVI)

Vilagarcía, Vilanova, Heemskerk. Todos somos o seremos emigrantes

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Un pazo para que volviera a rodar Antonioni A. A.

Vine a Vilagarcía –el desorden de su nombre aparentemente anodino parecía en perfecta sintonía con una ciudad que es puro desbarajuste y a primera vista todavía más empeñada que Vigo en darle la espalda al mar– sin saber muy bien a qué, salvo la certeza de que ni podía ni debía soslayarla. Entre mis citas improvisadas la víspera estaba la conversación con el padre de Iria Míguens, funcionario de aduanas que sabía todo lo que siempre uno ha querido saber sobre el contrabando, la degeneración en narcotráfico (el honor perdido del contrabandista) y las tentaciones en las que tantos se dejaron caer, y María Ozores Leyún, la amiga de Gonzalo Sánchez-Terán (mi corresponsal en El silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York) y de Shirin Salehi, con quien tantas complicidades habíamos forjado en Madrid. Fue ella la que insistió en no dejar de llamarla cuando el viaje, que está sometido a todo tipo de oscilaciones basadas en la intuición, la necesidad, el capricho, el inconstante rigor y la disponibilidad del transporte, recalara en Vilagarcía.

Los padres de Iria, que sigue luchando contra la pandemia desde su puesto de doctora en las urgencias del hospital Gregorio Marañón de Madrid, habían salido la víspera hacia Conil de la Frontera. Y María, que apuraba sus vacaciones en su ciudad natal, se acabó convirtiendo en una de la guías más insospechadas y deslumbrantes de todo este largo retorno al país donde vi la primera luz. Porque de su estirpe nada sabía, solo de su amabilidad, la de los extraños, y la de los amigos de los amigos. Pero lo que desde luego ni remotamente sospechaba es que su familia estaba estrechamente ligada a la historia de la villa, a la Carta Puebla que se atesoraba en el Pazo de Rubianes, uno de los bienes de los Ozores. Nada me hacía ni soñar que, cuando desde el microbús lo vi anunciado en el camino desde Caldas y tomé íntimamente la decisión de visitarlo si tenía la oportunidad mientras llegaba el momento de encontrarme con María, que a su familia pertenecía y pertenece. Porque tampoco podía imaginar que su tía Paloma, la Señora Marquesa Viuda de Aranda, y Señora de la Casa de Rubianes, que podía relatarme algunos episodios del pasado remoto y reciente, era la actual marquesa viuda y que su casa era el mismísimo pazo.

Pero había una tercera razón, tan importante o más que las anteriores. Visitar en Vilanova la casa de la familia de Luis Gómez, mi gran amparador de Heemskerk, cuando en mi segunda escapada de la casa de mis padres acabé en esa ciudad holandesa, donde fui acogido como un hijo inesperado. Porque de Vilanova eran mis anfitriones en los Países Bajos gracias a la generosidad de Morgan, compañero de Geografía e Historia en Compostela, y con quien compartía algunas devociones políticas (por el ancho mundo) y estéticas (como Susana Fortes). Fue en plena madrugada, cuando apuraba mis últimas horas en Vilagarcía, cuando le envié un mensaje a Morgan, que seguía supervisando los estragos rusos en suelo ucraniano a cuenta de la OSCE (Organización para Seguridad y la Cooperación en Europa). Uno de esos súbitos arrebatos de mala conciencia que pueden cambiar el curso de las cosas, o al menos el dibujo de un viaje.

Un pazo para que volviera a rodar Antonioni A. A.

Lo indudable es que María Ozores Leyún me abrió una puerta a un mundo inesperado, y que las hijas de Morgan me permitieron que Luis Gómez tenga en este viaje, como en mi propia memoria, el mínimo reconocimiento que se merece. María empezó llevándome al Real Club de Regatas Galicia de Vilagarcía porque su padre, Fernando Ozores (Buli Ozores, como le llamaban sus amigos), era no sólo un gran balandrista de la clase Snipe sino un estrecho amigo y contrincante de nuestro padre. A diferencia de Vigo, entre la sede social y el mar hay mucha tierra y mucho cemento. En pleno siglo XXI, el club es un reducto conservado en ámbar. Pero allí estaban las plaquitas de plata y latón, enmarcadas, de los vencedores en las competiciones convocadas por el Real Club de Regatas. Y allí aparecía en numerosas ocasiones el Chuvias patroneado por Ángel Armada (Cholo Armada, como le llamaban sus amigos: era además su nombre artístico, es decir, deportivo) y con proeles como mi hermano Eduardo (“¡Vaya! Tenía entonces 14 años. Pero me acuerdo de haber navegado allí con papá”, me escribe por whatsapp) o Ramón Zarauza.

Un bar de paquebote en el Real Club de Regatas.

Un bar de paquebote en el Real Club de Regatas. A. A.

Luego empezó un carrusel de nombres y grandes familias, de historia e industria, su abuelo, Alfonso Ozores Saavedra, XVIII señor de la Casa de Rubianes, grande de España y IX Marqués de Aranda, como inventor, nada menos, que de la mejillonera: la gran aportación gallega a templos efímeros consagrados al cultivo de un molusco, con bateas ancladas en el lienzo del mar y del que penden sogas como melenas en las que los mejillones encuentran un asidero para ser y engordar), de títulos, de la Carta Puebla que el rey otorgó a su familia, los Ozores, cuyos ancestros puede seguir hasta el siglo XIII, con un bisabuelo materno alcalde de A Coruña en dos ocasiones, y una madre, María Dolores Leyún Ozores (aunque todos la llaman Teresa), que tiene ocho hijos, que vive literalmente a la orilla del mar en Vilaxoán. Con las dos fui finalmente a visitar el pazo de Rubianes, donde sus padres vivieron durante un año y ella y sus hermanos jugaron de niños. Paloma, la marquesa, nos contó su vida. En parte porque me pareció de obligada deferencia preguntarle por su peripecia (“una vida nada interesante, sobre todo desde que murió mi marido”, entre el bridge y, últimamente, la jardinería y las cepas de albariño).

Pero todavía me emociono al recordar el periplo por los terrenos del pazo que yo había pensado visitar por mi cuenta esta mañana: desde los túneles de boj más densos y antiguos que en la isla de San Simón hasta los magnolios frondosos como un árbol genealógico, las secuoyas, los camelios, y sobre todo los eucaliptus globulus, inabrazables si no es en comandita de un puñado de amigos, que me hacían viajar trescientos años atrás y que eran como un espejo de Alicia para saltar con la imaginación a África cerrando los ojos una tarde de verano feliz en Vilagarcía. O el estanque de las ranas (de piedra, y elásticas, como saltadoras olímpicas, entre nenúfares), la piscina con cerámicas y relieves y agua de un manantial que la marquesa mandaba ilustrar con sales, o las finas viñas en tierras en declive arrebatadas a la montaña… No pudimos ver la Carta Puebla que fue otorgada a los García de Caamaño, antepasados directos de los Ozores, que está en el Ayuntamiento de la villa.

Abrazando la memoria vegetal del Pazo de Rubiáns María Ozores

Volvamos sin embargo sobre nuestros pasos, que llegaron como sobre una esterilla de aire a sobrevolar una Vilagarcía de la que atesoraba algunos ecos de ecos, rumores, historias que no encuentran acomodo en un buen estante de la memoria y la confusión acaba siendo asiento de líquenes y silvas que nada aclaran. Gracias a El mejillón. Biología, cultivo y comercialización, donde en sus primeras páginas homenajean al abuelo de María, Alfonso Ozores Saavedra, tomo nota de que en la posguerra de nuestra tan incivil guerra “a orillas de la ría de Arosa, en un lugar denominado El Rial, próximo a Vilanova”, los vecinos venían observando los esfuerzos del “marqués” para “criar mejillones sobre estacas clavadas en las orillas cercanas a las instalaciones de Viveros del Rial”. Con escaso éxito, siguiendo un método similar al utilizado por los franceses. Pero Alfonso Ozores Saavedra no era de los que se rinden con facilidad. Volvió a intentarlo “y esta vez con un artilugio flotante del que pendían cuerdas a las que se hallaban adheridos los mejillones; el vivero flotante lo había visto funcionar en el puerto de Barcelona”. Fue en 1945 cuando por fin “una extraña balsa quedaba fondeada frente al Rial”. Estaba formada por un flotador en forma de cubo, “hecho de madera, que soportaba una parrilla de largueros de los que colgaban cuerdas de esparto alquitranadas, con unos palillos, que eran la base de fijación de los mejillones”. El mejillón “encordado” se engolosinó con esa forma de vida y “no se tardaron en construir las cuatro primeras bateas y tras varias tentativas de inscripción en la Comandancia Militar de Marina de Vilagarcía, en 1946 quedan instaladas en número de 10, al abrigo de los temporales en la escollera del puerto de Vilagarcía”. El éxito del experimento y sus beneficios hizo que vecinos del industrioso Ozores Saavedra se emplearan a fondo en la construcción de bateas, que se extendieron por toda la ría. “En 1949 se iniciaron fondeos en la ría de Vigo”, auspiciados por Francisco Oliver Masutti, que asesoró al “marqués de Aranda y señor de Rubianes” en sus comienzos. En 1954 “existían fondeos en Cambados, El Grove, Bueu, Redondela y La Puebla del Caramiñal; un año más tarde se instalan bateas en la ría de Sada y en 1956 en la ría de Muros”. Las bateas parecen notas de un poema oriental sobre las rías gallegas.

Trescientos años de eucaliptos que sí merecen ser salvados.

Trescientos años de eucaliptos que sí merecen ser salvados. María Ozores

Y del mejillón, que, como el grelo, bien podría ser bandera, junto al pulpo, de una federación gastronómica y enigmática, a la historia de este lugar, que vuelca con tanto rigor como primor alguien de quien en principio nadie sabía en los mostradores del Consistorio hasta que el nombre de Manuel Villaronga y sus ocupaciones culturales hicieron cortocircuito en una mente municipal y espesa y me indicó el despacho correspondiente. Más que entrevistarle le pedí bibliografía, y sin vanidad me remitió a un volumen de su autoría y localizó además la librería donde todavía había un ejemplar disponible. Porque hay que decir que las 510 páginas del bella y sólidamente encuadernado volumen de La ciudad de Arousa. Mil años buscando un lugar en el mapa, es una pieza cotizada en la ciudad que quiere rastrear sus orígenes. De su labor de minucioso historiador y cronista extraigo los párrafos para quien quiera acompañarme en esta excursión por “lo que había comenzado siendo una donación de tierras a un monasterio, allá por el año 910” que terminaría convirtiéndose, “a mediados del siglo XV”, en el “porto e lugar de Vilagarcía”. Entrando en materia, vemos que “como bien ha descrito Marcelino Abuín, desde el siglo VI la historia de Arousa estará ligada a la historia de la Iglesia, a la del obispado de Iria y a Compostela, tan cercanos”. Damos un salto temporal en el aire hasta los inviernos del siglo XII donde el historiador rastrea tensiones entre el clero y la “nobleza laica que recurrió a diversas vías para no ver menguada su ya por sí menguada posición”, a través de por ejemplo “la instauración del mayorazgo y la mejora, a fin de garantizar, en futuras generaciones, el núcleo principal del patrimonio familiar” o, también, de la “participación en bienes de la iglesia a través de la encomienda”. Veamos cómo cuaja este ciclorama en célebres antepasados de Vilagarcía y de mi amiga María Ozores.

Así lo explica Manuel Villaronga: “La disputa dinástica entre don Enrique de Trastámara y su hermano don Pedro por la sucesión de la corona de Castilla” supuso “una magnífica oportunidad para muchos, dando así pie al nacimiento de una nobleza de nuevo cuño. Entre los beneficiarios de esta nueva situación hay que citar a una familia de hidalgos con solar en Porto do Son, los Caamaño, que a no mucho tardar acabarían por fundar la actual Vilagarcía”. Y aquí aparece el historiador Fermín Bouza-Brey, que en su monografía El Señorío de Villagarcía, desde su fundación a su marquesado. 1461-1648, se refiere a una crónica inédita por la que se conoce que García Fernández de Caamaño tomó partido por don Enrique. “Las mercedes obtenidas del Rey (y sus sucesores) por su apoyo, las encomiendas a los arzobispos compostelanos, cuando no la directa usurpación de los bienes eclesiásticos, y sobre todo, las estratégicas alianzas matrimoniales de los Caamaño, terminarían por configurar el actual territorio de Vilagarcía de Arousa, bien entrada la Edad Moderna”.

Camino de Vilanova por la Avenida de Valle-Inclán A. A.

Anota el autor de La ciudad de Arousa que en el año de gracia de 1390 el arzobispo Juan García Manrique “confirmaría, en la persona de Rui Fernández de Caamaño, no sólo Santa Baia de Arealonga, sino también Santa María de Rubiáns, San Pedro de Cornazo, San Esteban de Saiar (hoy en Caldas) y Santa Baia de Nantes (hoy en Sanxenxo)”. A renglón seguido apunta Villaronga que “al segundo hijo de Rui Fernández, García de Caamaño, apodado el Viejo y el Hermoso, correspondió el papel de consolidar la posesión del territorio”. Fue en torno al pazo de Rubiáns que se configuró ese paisaje nutricio que daría lugar al municipio de Vilagarcía. Ahí hay que hacer constar que este Hermoso y Viejo “el 12 de mayo de 1441 otorgó carta de avenencia” y lo hizo “por todo tempo de senpre con todos los moradores e probadores que quiseren vyr e morar e vivir / eno meu porto e lugar de Vilagarcía que he acerca da iglesia de Santa baya de arealonga e qual dita avynça faco con os mora / dores que agora mora en dito lugar et con todos los outros que de aqui en diante quisesen vivir et morar eno dito lugar de Vilagarcia que dem et paguem / a min o dito garcia de caamaño et miñas vozes para todo tempo de senpre vynte maravedis vellos…”.

Es mi querido Manuel Jabois el que vendrá en mi auxilio, no al sueño, que concilio casi siempre como un bendito, como si no tuviera nada de lo que avergonzarme ni pecados que confesar, ni al bar, él que sabe tanto de afrodisiacos, sino porque nadie mejor que él para que convoque en estas postreras estaciones del camino a un Julio Camba que nació precisamente en la Vilanova a la que he de ir a pie en cuanto el sol convierta el agua en mar, la luz en realidad. En ‘Váyase tranquilo, Camba’, publicado en la revista fronterad, recuerda Jabois que “a Camba lo querían, y se le recuerda en el pueblo con más cariño que a Valle-Inclán. Fue un hombre de gustos sencillos y generoso. Siempre andaba pendiente de los giros que le llegaban de Madrid y de recibir tabaco inglés. Agustín García Sabor, que llegó a ser alcalde de Vilanova, iba de niño en bicicleta a Vilagarcía para comprárselo. Estos vecinos suyos eran ‘marineros y labradores con una peculiar filosofía de vida, hombres y mujeres que enjuician todos los asuntos de un modo personal y directo sin lugares comunes ni ideas de segunda mano’. Tras preguntarle al editor Artemio Precioso si es que nunca había estado en Vilanova, el periodista le aconsejó así la visita: ‘El viaje es muy largo y muy costoso; en menos tiempo y por menos dinero se va usted al Polo Norte, pero ¿qué va a hacer usted en el Polo Norte? En Villanueva de Arosa, en cambio, podrá usted admirar uno de los paisajes más hermosos del mundo. ¡Se lo digo a usted sin pizca de vanidad, ya que ni el paisaje es obra mía ni yo lo elegí siquiera como lugar de nacimiento!’. Nunca le gustaron las multitudes ni las aglomeraciones, prefería la soledad o la buena compañía, y de ahí, y quizás del espíritu viajero que lo llevó por todo el mundo como un modo de mirarse a sí mismo y de mirar a España, viene también cierta aversión al turismo: “Es mejor que no vengan los turistas a estropear la tranquilidad de estos parajes”, escribió de Vilanova quien pasó tardes echado desnudo al sol en la playa del Terrón”.

Entre Vilagarcía en Vilanova A. A.

Es hora de volver a la noche. De acercarse al mar antes de recogerse en la pensión. Un intuitivo intercambio de mensajes de madrugada, alrededor de las cinco, con Morgan, antes de dejarse abatir por el sueño, cambió los planes para la mañana siguiente. Ya no se encontraba en Kramatorsk, junto a la línea del frente de las provincias rebeldes amparadas por Moscú, sino junto a la plaza del Maidán en la capital de Ucrania, el añorado Kiev donde me casé cuando la Unión Soviética empezaba a boquear. Me daba cuenta de que sería una vergüenza no pasar, no dedicar un tiempo, unas palabras, al padre de Morgan, Luis Gómez, que tan generosamente me acogió en su casa de Heemskerk, cuando aparecí en la puerta de su casa camino de una improbable Nueva Zelanda en mi segunda salida, como un quijotillo gallego, pequeño Saavedra, de la pesada losa paterna. Y para eso era imprescindible pasar por la playa donde Luis construyó la casa familiar frente al mar. Recordaba que Morgan había experimentado agudo desencuentro con su hermano a cuenta de la herencia, de la que esa casa era piedra de toque. Me dijo que sus hijas, María Morgana (los nombres, como cablegrafió Lacan, son lastre fecundo) y Julia Carlota (como concesión a su mujer), estaban pasando unos días en Vilanova y que justamente esta mañana emprenderían el regreso a Madrid. Como tenía cierto margen de maniobra hasta las diez y media, hora de mi transporte a Padrón, decidí hacer a pie por la costa los seis kilómetros entre Vilagarcía y Vilanova.

Valió la pena tomarle la medida a la Avenida de Valle-Inclán, industrial, gris, desierta, como una obra de teatro conceptual, contemporáneo, para que el espectador ponga todo lo que le falta al dramaturgo perezoso, y luego las playas despobladas a esa hora temprana de la mañana, el mar liso, los vecinos escondidos en sus sueños. Abrió la puerta la más joven, Julia Carlota, y poco a poco fueron amaneciendo los inquilinos, los convidados. Me hizo el primer café de la mañana, con jalletas, me recordó algo que yo había borrado de mi memoria, que su abuela, Ermitas, se había suicidado a los 44 años, y que ella no llegó a conocer a su abuelo, que murió a los 56 años, luego de una vida aplastada por el trabajo y con la salud agravada con su empleo en la siderurgia holandesa, donde pasó tantos años. Cuando urdía mi segunda fuga, Morgan, compañero en los bancos universitarios de Compostela, me había sugerido que pasara por la casa de su padre en Heemskerk, donde vivía con su hermano. Por eso fue tan amargo para Morgan el desencuentro fraterno a cuenta de un lar que era mucho más que una casa, y donde por cierto eché de menos (y así se lo diría después) una buena foto de su padre, de ese hombre machadianamente bueno y generoso que hizo de padre para mí y que solo mostró ternura y comprensión para mis años de máximo extravío. Recuerdo que me ayudaron a encontrar trabajo en la Honig, una fábrica de piensos y de harinas en Zaamdam. Los meses que pasé acogido en su casa decidí dormir en el suelo, como si tuviera algo que expiar. Todos los días iba en bicicleta hasta la estación, entre canales, al amanecer, y allí, con una puntualidad religiosa, calvinista, cogía el tren para ir a la fábrica. Fue un tiempo muy feliz, devorando los libros en español de la biblioteca de Heemskerk, e improvisando canciones mientras pedaleaba por las grandes llanuras holandesas entre molinos y campos de tulipanes que jugaban a burlarse del punto de fuga.

Historia de dos mundos A. A.

Yo no fui un emigrante, aunque en la villa holandesa de Heemskerk conviví durante meses inolvidables con su saudade y su entereza, por eso no quiero dejar de irme de Vilagarcía a poner el corazón en el pecho de Rosalía de Castro sin recordar con Ramón Villares lo que esculpió en granito Ramón Otero Pedrayo, que “Galicia es una tierra de adioses”. Pero también de retornos, apunta el historiador Ramón Villares en Galicia. Una nación entre dos mundos.

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