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Manuel Borja-Villel Director del Museo Reina Sofía

“El arte es un territorio de conquista, a ver quién gana”

“En una época en que parece que nuestro destino esté predeterminado por los algoritmos y el consumo, o generamos un mundo donde los afectos y la cultura sean más importantes o nos encaminamos a la sexta extinción”

Manuel Borja-Villel XOAN ALVAREZ

Manuel Borja-Villel (Burriana, Castellón, 1958) dirige desde 2008 el Museo Nacional Centro de Arte Contemporáneo Reina Sofía, institución que recibe cuatro millones de visitas anuales y a la que llegó con el propósito de acometer la reordenación de su colección. La semana pasada participó en un encuentro con directores de museos gallegos convocado por el Consello da Cultura Galega en Santiago.

– ¿Qué impresión ha sacado del encuentro que ha mantenido con los directores de los museos gallegos en el encuentro promovido por el Consello da Cultura Galega?

– En general, la impresión es que hay problemas comunes a todos los museos de España, y yo diría del mundo. Uno de ellos es la necesidad de autonomía que se ha ido perdiendo al ir cambiando las leyes que afectan a las comunidades y que hacen que tengan unas estructuras que no funciona. Otra dificultad viene de pensar que la cultura ha de tener rendimiento económico y eso, obviamente, depende del turismo, el cual, tras la pandemia, sabemos que es importante pero no ha de ser tractor. En una época en que parece que nuestro destino esté predeterminado por los algoritmos y el consumo, la cultura se convierte en eso que no sirve para nada porque no puedes controlar, por ejemplo, un poema a través de un algoritmo. ¿Cómo mides las reacciones de la gente ante el arte? ¿Cómo controlas los afectos?. En una época de pandemia, desastres ecológicos, crisis, desigualdades tremendas y guerras, o generamos un mundo donde los afectos sean más importantes, donde entendamos que el otro es distinto y que tenemos una relación con la biosfera, o vamos encaminados a una sexta extinción. Y ahí es donde entra el mundo de la cultura, que debe de ser un derecho al igual que la sanidad o la educación. Sin grandes gastos, pero sí con un interés público que haga que la cultura sea sostenible y con un ecosistema interrelacionado y que trabaje en conjunto, donde haya instituciones a las que se les pida diferentes tipos de cosas. En el Museo Reina Sofía recibíamos más de cuatro millones de visitantes anuales antes de la pandemia. A otros centros municipales tal vez no se les deba exigir visitantes, quizás lo importante es que trabajen con artistas, piensen y generen, pero que estén interconectados con otros centros.

Manuel Borja-Villel XOAN ALVAREZ

– Este año acaba su proyecto directivo en el Reina Sofía, adonde llegó hace catorce años con el propósito de reordenar los fondos, ¿qué balance realiza de lo realizado y qué queda por hacer?

– Se me acaba el contrato, pero me pueden hacer otro. En cuanto al balance de la reordenación, ha habido un cambio de paradigma, donde la colección trata de entender primero el presente, el cual tiene muy poco que ver con el de hace treinta años, cuando se inauguró el Reina Sofía. En segundo lugar, ha habido un ejercicio de revisar la historia, de ser específicos, de ver cómo se entendían en cada momento, qué esperaban los artistas -lo cual es distinto de lo que esperábamos los demás- y de cómo entendían ellos la historia. Hace no mucho di una charla para Estados Unidos sobre el artista de Turín Mario Merz, que hacía iglús en los años 70 porque para él eran construcciones naturales y alguien me preguntó si no era apropiacionismo del hombre blanco sobre la cultura esquimal, lo cual me hace pensar que estamos realmente midiendo la historia con parámetros que nada tienen que ver. En ese ejercicio de entender la historia, hay tres salas en el Reina Sofía que son mis favoritas: la del historiador del arte Carl Einstein, que escribió sobre Picasso, Dalí, Miró y a los 50 y pico años -que serían nuestro setenta años de ahora- decide venirse a la Guerra Civil, a la columna Durruti, la sala de Georges Bataille, otro pensador francés de la época, y la de André Bretón. Curiosamente a los tres les interesan los mismos artistas y tienen ideas distintas. Ese triángulo entre historia, presente y obra de arte hace que el espectador se tenga que preguntar cómo era el pasado y por qué estamos donde estamos. Y eso lo hemos intentando en el Reina Sofía. Eso se completa con exposiciones que han combinado la experimentación con las visitas al museo, el programa de estudios - el museo es inseparable de la educación- y una serie de redes autónomas alrededor del museo en Latinoamérica, el Mediterráneo y Europa. ¿Qué queda por hacer? Algo de lo que también me han hablado colegas de Galicia: recursos humanos. Algo contradictorio ya que hay una generación de curadores y artistas jóvenes en España extraordinaria, que están en precario y deberían de ser el relevo; eso depende de Hacienda, que es quien contrata.

– ¿Cuál debe ser la misión actual de un centro de arte moderno?

– Debería construir modelos para entender el pasado, saber de dónde venimos y dónde estamos, pero siempre plantearlo como una pregunta, no dando una respuesta. Los museos y la cultura viva acaban siendo incómodas porque siempre te cuestionan, pero eso es obviamente lo que hace que seamos mejores seres humanos.

– ¿Y sus límites? (a usted le amonestaron siendo director del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona)

– En el MACBA me amonestaron porque uno de los programas pedagógicos que hicimos acabó en una manifestación antiglobalización. Me dijeron que me estaba extralimitando y que estaba cometiendo algo que como mínimo era alegal. De todos modos, he estado antes de la pandemia viajando por Centroamérica en ciertas comunidades indígenas mayas donde hay una generación de artistas jóvenes interesante. Para ellos la palabra arte no existe en su lengua, pero sí otras palabras que tienen que ver con la relación del ser humano con su territorio. Entonces me pregunto si un grupo de artistas o una institución maya decidiesen intervenir con un acto en un lago que se están cargando, ¿formaría parte de la misión del museo porque forma parte de su modelo de entender la cosa artística?. A veces me preguntan si no es demasiado político lo que hago y ponen como ejemplo la parte de una sala del Reina dedicada al 15M, en un museo donde está el Guernica, la República y el exilio. Entonces me pregunto: ¿subir las entradas no es político?. Y todo ello teniendo cuenta que estoy completamente en contra de que el arte sea literal o político porque rompe el enigma, el cuestionamiento del que hablaba antes.

– También asegura que son un arma de guerra fuerte para el estado.

– Creo que por eso hay guerras culturales - en Polonia, Eslovenia y más sitios hay colegas que han sido cesados de modo bastante brutal-. En estos momentos, la cultura, el arte, es un territorio de conquista, habrá que ver quién gana.

– ¿Deben de ser una amenaza para los políticos, quienes al final son los que los gestionan, en el caso de los museos públicos?

– Deben de serlo en el sentido de que toda sociedad tiende a estructuras establecidas, hacia la ordenación, pero no en el sentido de te voy a descubrir aquello que has hecho mal. Desde el momento en que Duchamp decide que un urinario es una obra de arte se generan problemas conceptuales - ¿el artista ya no hace nada?- y problemas económicos -¿quién le paga?, ¿por qué le paga?-. Ese poner las cosas al revés, que ya Goya proponía en el grabado de un hombre llevando un burro a cuestas, debe ser un derecho asegurado por las instituciones públicas y creo que es una condición absolutamente necesaria para que nuestra sociedad no sea enferma. A veces los políticos no entienden eso.

– ¿Se ha sentido libre para gestionar el Reina Sofía estos años?

– Sí porque el Reina tuvo una suerte con nombre y apellidos: Ángeles González Sinde, que nos dio una ley propia con el apoyo del Parlamento. Hay unos mecanismos por los cuales el ministro o ministra no puede interferir en la parte artística.

– ¿Se percibe el proceso reaccionario en el arte y en el museo que dirige?

– No hay una sola respuesta. Por un lado, el arte posiblemente nunca ha sido tan crítico como ahora, sin embargo ha tenido una cierta homogeneización que al final puede acabar siendo estructuralmente conservador. Es como si esa diferencia estilística- el hecho de que se pongan ahora más indígenas o afroamericanos- solucionase la diferencia real, que aún existe. Además de eso hay guerras culturales, ahora más evidentes, que hacen del arte un campo de disputa.

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