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Faro de Vigo

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GALICIA: LA VÍA LÁCTEA DE LA SAUDADE (XVIII)

Veranos con mi abuelo Ángel en el balneario de O Carballiño

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Imagen actual del balneario de O Carballiño Alfonso Armada

Cuando llegué a O Carballiño lo primero que hice fue visitar el imán que me había traído de vuelta aquí. El balneario. Y en su afortunadamente bien preservado parque creí recordar que era donde había jugado tanto con una niña preciosa llamada Maribel. Estaba equivocado.

Han tenido que pasar más de cincuenta años. Mis ojos pasan por las calles, los nombres, la luces, las voces, los lugares como si fuera un detector de memoria. Los ojos, y los otros sentidos, a rebufo, rastrillan, calibran, comparan. Pero salvo el balneario, que aparentemente sigue intacto, en su emplazamiento original, con los mismos edificios, su volumen cúbico, sus pabellones, todo lo demás parece haberse desvanecido, aunque no sé si de la realidad o de mi memoria. Cierto que los árboles siguen siendo una sombra identificable, con retazos de sol, sobre cuyos charcos jugaban esta tarde dos niños de mi misma edad de entonces. El río sigue pasando por el mismo cauce, un caudal silencioso, un espejo que circula mansamente.

Sombras del pasado, sombras del presente

Entre los árboles que han envejecido airosamente, y el parque, que pensaba que estaba en otra parte y que sin embargo forma todavía parte del balneario, no ha sido reconvertido para hacer la tierra más rentable. ¿Entonces era ahí donde jugaba con Maribel a hacer cabañas con cañas y periódicos? Jugábamos a que éramos novios y yo no he vuelto a saber nada de ella.

¿Qué sé de mi abuelo Ángel, a quien acompañaba indefectiblemente todos los veranos? Recuerdo que me sentaba en un banquito junto a la bañera de agua verdosa en la que él se sumergía. Como el aroma acre de la salazón y de podredumbre, que inunda algunas tardes las calles de Bouzas, también me agradaba ese supuesto olor a huevos podridos. ¿Por que no he dejado de buscar la paz y algo más en balnearios desde entonces?

Verano de 1961 en O Carballiño, cuando Alfonso Armada estaba a punto de cumplir los 4 años. En el centro, su madrina, Cuqui; derecha a izquierda, sus abuelos paternos, Ángel y Josefina, y su tío Picho.

Pregunto en el balneario y me dicen que todos los viejos registros han sido tirados a la basura. Ni una vitrina, ni un pequeño espacio a modo de museo, de arcón de memorabilia, ha sido creado para que la memoria pueda contrastar sus recuerdos con los objetos, sus fragmentos con los hechos, el tiempo que se hacía entonces con el tiempo que ya está aparentemente mucho más hecho ahora. Me gustaría ver con más claridad al niño que se subía a aquel coche negro como si fuera una diligencia, y cómo mi abuelo persuadió a mis padres para que me dejaran acompañarle cada año a tomar las aguas en el balneario de O Carballiño. Recorro las calles ya de noche como un náufrago que ha sobrevivido al temporal del tiempo.

Puede que unas claves de este viaje de retorno al país natal, como bien intuías, se encuentre aquí, en O Carballiño (entonces, de niño, sin el menor titubeo, era Carballino). Pues aquí se agudiza dramáticamente el contraste entre lo recordado y lo vivido, y lo que los sentidos rastrean son vestigios de un país y de un mundo que ya no son lo que eran. Y, sin embargo, cuando bajo la rampa del balneario, tras pasar bajo el dintel con la palabra recortada en hierro como un conjuro, y sobre todo cuando me meto desnudo en la bañera en la que se metía mi abuelo (aunque ni la bañera ni el agua sean los mismos. Mi niño hace tiempo que se ahogó. Mi abuelo lleva décadas muerto) y cierro los ojos una sombra se hace carne. Primero es el olor que es el más profundo campo magnético de la memoria, acaso el más irracional, como la música mayor de los sentidos (paradójicamente, más que el oído), tal vez porque su irracionalidad remite a un área de percepción que conecta y despierta (como si fuera un enjambre de antenas) de inmediato a los otros cuatro sentidos, entrelazados por una cinta azul de terciopelo llamada escuetamente tiempo. El olor me abre la carne como una aguja que busca el hueso para probar la textura del tuétano, una microscópica nave espacial que se adentra en el origen de los recuerdos (como ese telescopio lanzado al espacio este invierno de nuestro descontento para rastrear el origen del universo), con los ojos cerrados como los astronautas cuando se adentran en lo desconocido con un mapa que han estudiado hasta la saciedad, que creen conocer de memoria, pero que en realidad se disponen a recorrer y reconocer por primera vez.

"Creo que en aquel tiempo las bañeras eran de mármol. Aunque puede ser otro falso recuerdo. Y el agua más verdosa que hoy"

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¿Se puede reconocer algo por primera vez? ¿Acaso no se rehace el mundo cuando visitamos la memoria con la lengua, las experiencias, los deseos, la mochila, las manos de hoy? Trato de relembrar las carnes magras de mi abuelo, sus arrugas, sus pecas. Creo que se metía desnudo en la bañera, aunque no consigo recordar su sexo. Seguramente se lo cubría. O llevaba uno de aquellos heroicos calzoncillos desalentadores. Creo que en aquel tiempo las bañeras eran de mármol. Aunque este puede ser otro falso recuerdo. Y el agua más verdosa que hoy, más pigmentada, más azufrosa, más azul, más densa. Aunque me aseguran Salomé y Hortensia que las aguas son las mismas, que las aguas no han perdido cualidades, que son las mismas que describió el doctor Francisco Bécares, del “cuerpo de médicos de baños e inspector de sanidad de la provincia de Orense por oposición” en su Monografía de las aguas minero-medicinales de Carballino, provincia de Orense, publicado en 1946 en la imp. y pap. “La Región”, que arranca así:

“Conocido desde la más remota antigüedad, su existencia como Balneario oficial puede referirse al año 1816, en que por Real decreto de 29 de junio se dispuso que tuviese Médico-Director.

Esto mismo demuestra la gran importancia y el crédito extraordinario que gozaron dichas aguas, pues el Gobierno únicamente ejercía vigilancia sobre los establecimientos de mayor concurrencia y más acreditados por la práctica.

A pesar del largo tiempo transcurrido, continúan las aguas de Carballino siendo el ideal terapéutico de las enfermedades del hígado y gastro-intestinales derivadas de su insuficiencia, no habiendo balneario que pueda competir con el que describimos, en lo que se refiere al tratamiento y curación de las HEPATOPATIAS”.

No sé si Salomé, Hortensia y el doctor Bécares han leído a Heráclito. Quiero pensar que tampoco ha cambiado el olor. Del agua “tomada al pie del manantial”, dirá el doctor, que “es ligeramente opalina, con matiz amarillo verdoso, templada, de sabor hepático y olor débil a huevos podridos, que aumenta después de la exposición al aire por su descomposición”, pero asegura que “no son repulsivas, ni mucho menos; por el contrario, son fáciles de tomar”. Mi abuelo la tomaba. Yo me sumerjo y pienso en mi abuelo y es como si me diera cuenta de que era un desconocido como ahora lo es el niño que fui, aunque recuerda fragmentos musicales, que no forman una melodía reconocible: como las ráfagas que entran en un vagón que avanza en la oscuridad a través de un país de noche, con las ventana abiertas por el calor, con brochazos de luz, voces, palabras sueltas, estruendos que trato de reconocer mientras mis compañeros de compartimento duermen y yo lucho contra el sueño, con mis ojos pegados a la ventanilla, porque sé que ese viaje no lo volveré a hacer nunca.

Cuenta Salomé, cuando descubro el cuco, ese reloj de cuco dormido (y ahora reconozco mi fascinación por esos relojes, de dónde venía, como mi pasión por los balnearios), que estuvo parado quince meses por la pandemia, nadie le dio cuerda y ahora parece haber quedado encerrado en sus entrañas para siempre, en la jaula del tiempo. El tiempo congelado. Ella recuerda cómo era la atracción del balneario. Llega una visitante inesperada que, desde el umbral, nos oye hablar y niega con la cabeza, como una actriz de cine mudo, Xulia Caderno. Así se presenta. Ella me hablará de muchas cosas: de cómo los indianos que hicieron fortuna en México contribuyeron al destrozo urbanístico de O Carballiño, por cierto, sin plan urbanístico propiamente dicho, una anomalía que según Xulia se estudia en las facultades de arquitectura de Alemania como el ejemplo palmario de lo que no se debe hacer. Del absurdo de construir la iglesia de la Veracruz (a la que erróneamente sigo llamando catedral), diseñada por el gran arquitecto Antonio Palacios, a la que llama “la vergüenza de la Veracruz”: mientras el pueblo se moría de hambre y la obra devoraba millones y millones de pesetas sin cuento ni final.

Salomé Soto Rey, “la que se encarga del balneario”, solícita, me pone en contacto con Avelino Muleira García, fundador y director de Instituto de Estudios Carballinenses, y de la revista Ágora de Orcellón. Gracias a su intercesión, la secretaria de redacción de la revista, Ana Isabel Rodríguez Bernárdez, me obsequia con un ejemplar del número 5, correspondiente a febrero de 2003, donde ella entrevista al entonces decano de los vecinos de O Carballiño, Camilo Rodríguez Pérez, que relata una de las más bellas historias de Vilamorta (así llegará también a mis manos, vía Salomé, un ejemplar recién publicado por el Ayuntamiento en edición facsímil, de la novela de Emilia Pardo Bazán ambientada en el lugar, El cisne de Vilamorta), y que concierne al balneario.

Transcribo y traduzco las palabras de Emilio Rodríguez Pérez: “El problema del balneario fue que no lo compró una empresa de verdad, por eso se fue abandonando y perdiendo importancia. La compra del balneario por la familia que sigue siendo propietaria tiene su historia. La verdad es que se compró por un capricho. Fue así: Amparito Quiroga –que, por cierto, falleció hace poco– era la hija de don Jorge Quiroga y cuando era niña fue un día con la criada al balneario, que de aquella pertenecía a la familia de los Espinosa y a otras personas, y allí le dio por cortar una flor; el encargado le llamó la atención de tal manera que la niña llegó a llorar. Al llegar a casa, la criada se lo contó a don Jorge y este mandó llamar a su administrador, el señor Pagán, para pedirle que hiciera gestiones, para saber cuánto pedían por el balneario (ya que parece ser que estaba a la venta y que también andaba en negociaciones el señor Maneiro por encargo del dueño del hoy desaparecido chalé Col). Por lo visto este último ofrecía 250.000 pesetas y no llegó a un acuerdo con los propietarios, por lo que fue adquirido por don Jorge Quiroga en poco más de 260.000 pesetas; pero nunca se ocuparon de él, pues la verdad es que lo compró por capricho”.

El Balneario fue de propiedad municipal hasta 1933, cuando fue adquirida por la familia Quiroga, en cuyas manos sigue tras el capricho de la rosa que hizo llorar a una niña. Esos Quiroga con los que emparentó Emilia Pardo Bazán, quien casó en 1868 con José Quiroga, natural de Banga, parroquia que pertenece a la comarca de O Carballiño. Durante los veranos, los Quiroga pasaban temporadas tanto en la casa que se conserva en la Plaza Mayor de la ciudad balnearia como en el pazo de Banga, sobre todo en tiempo de vendimia, o en otras posesiones de la desahogadísima familia, como los también pazos de Cimadevila y el llamado do Cabido en Cabanelas. “Realmente, Vilamorta es una colmena en miniatura, una villita modesta, cabeza de partido. No obstante, bañada por el resplandor del romántico satélite, no le falta á Vilamorta cierta grandiosidad como de población importante, debida á los nuevos edificios que, con arreglo al orden arquitectónico peculiar de las grilleras, levanta á toda prisa un americano gallego, recién vecino con provisión de centenes”. Que doña Emilia la califique de vilamorta (villamuerta) ya es todo un sambenito que la ciudad no se ha acabado de quitar nunca, y si se viera bajo la luz de la profecía autocumplida O Carballiño de hoy es más villamuerta que nunca. Pero celebro haber regresado a este Carballiño tan añorado por mí justamente el año en que se celebra el centenario del nacimiento de la Pardo Bazán, y que al ayuntamiento no le hayan dolido prendas para reeditar bellamente en facsímil una novela que si bien está ambientada en ella, y en la que se sigue la trágica historia de una dama enamorada de un romántico poeta loca (el Cisne del título) y en el que se entrevén las maniobras caciquiles de liberales y conservadores y de los ecos de un Madrid tan lejano como deseado. Sin embargo, en un prólogo ad hoc, el regidor municipal, Francisco Fumega Piñeiro, aprovecha para recordar que lo de Vilamorta no sentó bien a los caballiñeses de la época: “Ya avanzado el siglo XX, el insigne notario republicano Ramón Ferreiro Lago, que fundó en O Carballiño la revista Tribuna Forense Gallega, señala en el año 1933 que O Carballiño supo sacudirse ‘del peso del remoquete de Vilamorta con que la obsequió un día, mal impresionada, la pluma eximia de la Pardo Bazán’. Basado en el trabajo y el comercio, O Carballiño se muestra lleno de vida, gracias al empuje generoso de energías individuales que lo llevan a situarse entre los pueblos más emprendedores de Galicia”.

De las grilleras a las que se refiere la ilustre polígrafa fueron las que acabaron haciendo del sueño místico de Antonio Palacios un asedio en toda regla. E información preciosa sobre la construcción del Templo de la Vera Cruz se recoge en el número 5 de esa Ágora do Orcellón, la revista que edita el Instituto de Estudios Carballiñeses, y que ha sido un gozoso descubrimiento en mi reconstrucción de algunos de los veranos más inolvidables de mi vida.

El templo de la Vera Cruz. / A. A.

Le pregunto a mi prima Josefina para que a su vez recabe información de su madre, mi madrina, Cuqui, el nombre del hotel o de la pensión en la que siempre se alojaba “el abuelito”. Para nosotros siempre fue el abuelito. Llegaron dos nombres que no figuraban en mi registro: la pensión Erundina y el restaurante El Parque. Xulia Caderno, mujer de varios talentos y pasiones, verbo florido que ha puesto al servicio de La Voz de Galicia como agente comercial, y nacionalista confesa, corrige la memoria: dice que el nombre del restaurante tenía que ser O Pote. En aquel entonces, El Pote: el mundo era en castellano. Por aquí pasó Franco en el tiempo de las celebraciones de los cincuenta años de paz, y al bajar del tren en la estación proclamó ante el fervor popular: “¡Hola, Carballino, pueblo pescador y marinero!”. Me recuerdo a hombros de mi abuelo gritando enfervorizados vivas al Caudillo entre la muchedumbre. Pero tal vez sea otro recuerdo inventado.

Es así, contrastando la realidad con la memoria, cómo me doy cuenta de que no eran en los jardines, en el más bien recoleto y precioso parque del balneario, donde jugaba con Maribel, sino en el umbrío, tupido, inmenso y maravilloso Parque Municipal, un verdadero bosque urbano, con monumentales eucaliptos de más de cien años, un palco de música donde seguro que tocaba la orquesta los domingos y yo iba a sentarme con mi abuelo como si fuera un verano de Marienbad. Tras tomar las aguas el rito continuaba caminando muy despacio hasta El Pote, en El Parque, bordeando el Arenteiro (hoy senda y río recuperados), y allí construía, con las páginas del FARO DE VIGO que indefectiblemente leía mi abuelo, y con ramitas que recogía (que no cañas) cabañas para mi amor infantil y para mis fantasías. Aquí sí reconozco el frescor de las buenas sombras, incluso las inquietantes umbrías, la realidad de un verdadero bosque capaz de albergar los juegos de la imaginación, la inquietud, la asechanza, el miedo. Aquí jugábamos al escondite, a los novios, a indios y vaqueros, a estarnos quietos escuchando el rumor del viento y lo que las ramas cuentan. Esta tarde, al recorrerlo, la emoción era tan genuina como entonces, aunque no fuera más que una intensa evocación hecha de luz tamizada por los gigantes de hoja perenne. Hasta descubrí a un pescador ensimismado cebando el anzuelo, que, en escorzo, bien podría haber sido un sosias de mi abuelo, Ángel Armada Armada, en el cine. Aunque él no pescaba.

A orillas del Arenteiro. Todo río es además una metáfora. / A. A.

Al salir del parque en busca de otras evidencias reparo en un teatro de títeres se prepara. Dos niños palpan el piso del escenario, ansiosos de que llegue la hora. Pero en ese momento solo pienso en alejarme y no me doy cuenta de que podría ser yo hace 58 años. Cualquiera de ellos.

A última hora, y gracias a las informaciones de Xulia, me dirijo a la calle Aldara, donde al parecer se encontraba la pensión Erundina. Me siento como un personaje de las novelas de Patrick Modiano y sus bulevares periféricos, tratando de reconstruir su propia biografía nebulosa a partir de voces, agendas medio borradas, vieja fotografías, frases inconexas, guías telefónicas descartadas, billetes que han sido retirados del curso legal, sellos… Ráfagas que entran por la ventanilla abierta de un tren nocturno. La casa no puede traerme recuerdos, es decir, no me los trae, aunque debería. Tiene dos pisos. El segundo es una gran galería. Es el mismo edificio, tiene que serlo, de buena factura, piedra de cantería que ha sido pulida, ventanas de madera con marco blanco Me imagino detrás de los visillos, viendo cómo juega el polvo en los haces de luz que proyecta siempre el verano sobre todo a la hora de la siesta, que mi abuelo siempre se echaba y en la que yo nunca dormía. Como hasta hoy. En los bajos hay una pizzería de nueva planta, y las empleadas nada saben del pasado, y mucho menos del mío. Fotografío la puerta, el número 15, y la fachada. También la parte trasera. Me recuerdo niño, feliz, silencioso, tranquilo, al que se dirigían los mayores obsequiosos. Recuerdo una gran caja de bombones. Y a mi abuelo, sonriendo orgulloso de su nieto. El que había sobrevivido.

Hortensia y Marité, bajo el cuco que la pandemia silenció Alfonso Armada

Regreso una vez más al balneario. Esperaba sostener una larga conversación con dos agüistas de A Coruña, Obdulia y Valentina, pero no se concretó. Porque llegaron tarde, porque Obdulia era (o estaba) muy sorda, y al final tenía más de lo que esperaba recoger en mi regreso a O Carballiño después de tantos años. Fotografié la única rosa del jardín como si fuera, rediviva, la rosa de Amparito Quiroga, la que cambió el destino del balneario, y fotografié a Hortensia y Marité, las dos encargadas de poner las bañeras de hidromasaje a punto, junto al cuco enmudecido. Y mientras me alejo de una memoria que queda temblando le cedo la palabra al doctor Francisco Bécares para que se despida del lugar hablando de su estación climática: “Su altitud de 550 metros sobre el nivel del mar, la dilatación del horizonte, la intensa radiación solar, el poder energético del aire ozonizado y puro como en ninguna otra estación, la acción lumínica del sol, la vegetación exuberante, verdaderamente tropical, la pequeña humedad del aire en relación con el coeficiente de saturación; las aguas y los alimentos, todo, en fin, contribuye a que sea Carballino una estación ideal, lo mismo para el turista, que para los enfermos que desean obtener la curación de sus procesos tórpidos y de profunda debilitación”. Por lo que a mí respecta, en O Carballiño yo fui todo lo feliz que puede ser un niño y la memoria acredita.

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