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Faro de Vigo

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Aquaman

La noria gigante, una de las grandes atracciones del lucerío vigués Pablo Hernández

Ahora que ustedes han caminado por el sendero de los afectos, de esos con los que se reencuentran —a menudo obligados— cuando llega la Navidad, díganme, ¿son conscientes de haber intervenido de forma determinante en el camino de alguna persona? En su respuesta no puedo aceptar que incluyan a sus “hijos”, por descontado. Me refiero a terceros, a desconocidos con los que en algún momento hayan cruzado una mirada y un rayo de luz.

Una vez leí un libro muy curioso que, de soslayo, tocaba este asunto. Se titulaba Las cinco personas que encontrarás en el cielo, y lo escribió Mitch Albom hace casi veinte años. En la trama, un entrañable anciano llamado Eddie moría en un accidente y se despertaba en un cielo bastante particular, en el que se cruzaba con personas con las que había tenido en vida una interacción profunda, aunque ni siquiera las hubiese conocido. Una de ellas había fallecido de forma fortuita en un accidente por culpa del propio Eddie, aunque éste nunca había llegado a saberlo y, ya muerto, se quedaba sorprendidísimo de haberle hecho daño a alguien sin ser consciente de ello. ¿No les resulta curioso? A veces también ayudamos a los demás sin conocerlos, solo con nuestros actos y movimientos, que funcionan como ejemplo y referente.

Pero no solo de héroes distinguidos y de perfecciones vive el hombre. Llevo muchos meses observando en la playa a un muchacho de unos veinte años. Desconozco su nombre y su historia, aunque sospecho que sufre síndrome de asperger o autismo. Nunca lo he visto hablar con nadie que no sea su padre, que lo vigila desde la distancia cuando se adentra en el mar. Lo he visto bucear, nadar sin descanso hasta el último y más alejado de los bajos que se atisban desde la orilla. Y lo he visto practicar paddle surf en verano e invierno, y sonreír de genuina felicidad rodeado de océano, y gritar de puro júbilo mientras contempla la belleza de las olas a su alrededor mientras yo, hipnotizada, admiro su alegría de vivir.

Porque yo admiro a Aquaman. Ya me disculparán, pero no he podido evitar bautizarlo con nombre de héroe. Y admiro a ese padre que en la costa, siempre y sin descanso, lo cuida y lo busca con la mirada. Y pienso en todos los sinsabores que habrá tenido y tendrá esa vida de Aquaman, pero también en cuánto enseña a los demás. El valor de lo sencillo, de una pasión que le de sentido a las horas en el mundo.

Dicen que las mentes sencillas siempre son más felices, pero qué quieren que les diga: conozco muchos inteligentes que se lamentan de lo efímero de la vida y de todo en general, pero solo porque son unos verdaderos gilipollas. Ahora que vienen ustedes del calor luminoso de la Navidad, ya sea reconfortados o hastiados de tanto merengue, no me digan que no sería maravilloso reencontrarse con la ilusión infantil de las pequeñas cosas, aunque ya sean viejas y conocidas; a lo mejor tenemos que intentarlo, aunque solo sea para acariciar esa felicidad limpia y genuina que se dibuja en el rostro de Aquaman mientras habla con el mar.  

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