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GALICIA: LA VÍA LÁCTEA DE LA SAUDADE (XII)

Una cocina en Gromaz para José María Castroviejo

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Una de las carreteras comarcales de A Fonsagrada. Corina Arranz

Si miro hacia atrás sin ira y trato de rastrear en la memoria más remota las fascinaciones primeras hablaría de los imanes, los calidoscopios y las palabras. Y si recurro al imán es porque me da pie a explicar por qué cuando este viaje de retorno al país natal empezó a tejerse hace ya cerca de cinco años surgió de la nada un lugar llamado Gromaz del que no había oído hablar en mi vida. Fue gracias a una amante de la fotografía llamada Lídia Penelo que Gromaz, como un chivato rojo en un salpicadero de madera, se encendió para que el viaje pasara por ese lugar de los ancares donde sus padres habían precisamente retomado el contacto con el país de sus antepasados. Así nos lo contaba Lídia cuando empezamos a aplanar los mapas sobre la gran mesa del antiguo comedor: “Gromaz, parroquia de Carballido, concelho de A Fonsagrada, provincia de Lugo. Son un matrimonio de 60 años que llevan viviendo diez años en una aldea de 24 habitantes. Es la aldea donde nació mi abuela materna, y allí siguen viviendo al ritmo de las estaciones, con las tradiciones, fiestas y obligaciones que cada una conlleva. El samaín, las matanzas, la miel, las patatas.... Estarán encantados de recibiros, y presentaros a la gente de la zona. Sobra decir, que os prestan alojamiento”.

¿Qué mejor prólogo que la verdad? Y siguiendo con las confidencias, una explicación antes de partir. Cuando ya llevo varias etapas dibujando una constelación a ras de tierra que sea como un calco infinitesimal de la Vía Láctea que nos alumbra en las noches oscuras de Galicia, y como si hubiera cambiado los autobuses y los trenes por otro vehículo espacial, aquí empieza otro viaje. Lo verán en el color de las fotografías, en la luz, la época del año, y lo que el cronista anota del paisaje. Porque ahora se ha convertido en copiloto, y no es él quien lleva la cámara fotográfica, sino Corina Arranz. El viaje retrocede al mes de octubre de 2019. Serán varias etapas entre Lugo y Ourense en que, por un agujero de gusano a la manera de los saltos cuánticos (aunque solo de cuatro años) trataremos de cubrir un territorio que abarca desde A Fonsagrada hasta O Couto Mixto (que no es solo una fantasmagoría de Xosé Luis Méndez Ferrín), la frontera más difusa entre Galicia y Portugal, al sur de Ourense.

Vista de Gromaz Corina Arranz

En la estación de Atocha, a las 15.40 de una tarde ventosa de otoño, con trazas de lluvia en las nubes perezosas. Nos cambian de coche antes de arrancar. Al final nos persuaden que un Citroën Picasso es lo que necesitamos. De repente entramos gozosamente en el invierno. La lluvia densa. La tarde oscura. Últimos coletazos de la tormenta Leslie, que fue algo más antes de tocar tierra en Portugal. Llueve copiosamente y en la radio recitan poemas de Eugenio de Andrade, de su libro Blancura. Cambian las filminas del gran proyector del cielo, como si un ángel enamorado de la pintura estuviera entreteniendo el aburrimiento y el estupor de Dios. El hermoso telón final del día sobre los montes y chimeneas de Galicia. Mientras la flecha azul del GPS, como una pista azul, nos lanza hacia nuestro destino. Poco antes de entrar en Galicia, un túnel premonitorio: el de la Escrita.

Así dejamos atrás un lugar al que habré de volver (años después. Entonces no lo sabía) para hablar con el señor Cunqueiro: Pedrafita do Cebreiro. Ya entramos en la noche, y cuando tras pasar Becerreá nos desviemos, una niebla rasa amenaza con desdibujar la carretera, que el coche con sus luces va creando a mediad que avanzamos. Es como si escenificáramos sobre la cinta de asfalto de la realidad lo que Andrés Ibáñez, en sus Ríos invisibles, decía de Werner Heisenberg: “Es de noche. Corre el año 1924 y Kafka acaba de morir. Werner Heisenberg, joven físico alemán, pasea por Copenhague y ve a un hombre que aparece y desaparece a medida que entra y sale de la luz de las farolas”. Como los arbustos y los árboles, como fantasmas de la ruta, como conejos deslumbrados, los faros del coche crean y borran casi en el mismo plumazo. La realidad aumentada acaba siendo la realidad impalpable. Una extrañeza que nos atrae como un imán que llevamos en bolsillo de la infancia, que no necesitamos tocar para saber que sigue donde lo dejamos.

Dorminos en la pensión Casa Manolo de A Fonsagrada, parada de peregrinos. A pesar de ser domingo por la noche, todos los albergues y pensiones están llenos. Manolo y sus mujeres nos asombran y nos alumbran: atentos y solícitos como si en cada comensal habitara un alma buena. Orballa. Cuando por fin se rasga el cobertor de la noche vemos los prados que se abren ante nuestra ventana, la huerta, los bosques, las montañas. Llueve con mansedumbre gallega, acaso una forma terca y poco ruin de estar en el mundo.

Camino de Os Muiños Corina Arranz

Anoche recorrimos el pueblo. Vimos a vecinos jugando a las cartas en el café-bar Club como en una estampa de un Edward Hopper lucense, sin la menor esperanza, como los pintores que se sirven de las vidas ajenas para fingir los sentimientos que no tienen, mientras un perro pastor alemán con las orejas en punta, enorme, viejo, acostumbrado a la soledad, el frío y el miedo, recorre el pueblo como si fueran sus dominios nocturnos, como un señor feudal condenado a redimirse como perro en su camino de perfección. Quien no ha recorrido los pueblos perdidos de Galicia no puede entender la fuerza de la reencarnación. Quien no ha leído a Cunqueiro y a Castroviejo no acaba de saber que en el humo de un caldo de grelos y patatas de la tierra se despliega un mapa que, aunque no tiene sentido, calma y enamora. Escribe Castroviejo al inicio de La alegre caza (la parte que le toca del Viaje por los montes y chimeneas de Galicia, que completará Cunqueiro con La buena cocina): “La mano llena de octubre va derramando, pródiga, los mejores ocres y oros de su paleta sobre la mancha abierta del paisaje. Los viñedos, que guardan celosos el último racimo escapado de la vendimia –regalo de los golosos tordos horacianos–, se visten de maravilla, robando su secreto a los lejanos pinceles del Tintoretto o el Veronés”.

Pasando el “serán” en A Fonsagrada Corina Arranz

Como aireando las sábanas, la niebla blanquísima sale en láminas del fondo de las grietas y quebradas de los valles que rodean A Fonsagrada. Emprendemos ruta por la carretera comarcal LU-740, camino de Gromaz. Carretera da Póboa do Burón, entre carballos. Umbría de floresta. Delicia de las rutas secundarias por las que perderse de uno mismo y encontrarse con lo inesperado. San Pedro, río Seco, tecos de pizarra. Galicia adentro. Castaños. Ríotorto. Manzanas tiradas junto a la carretera, charcos que reflejan la lentitud del mundo, bellotas y el pisca pisca del vehículo como un metrónomo que quiere que sigamos el camino. De una casa vecina sale Enriqueta acompañada de Pancho, su perro. Se vino de “raya de Asturias”, con la cara teñida por el vitíligo.

Vilamaior, tejados de pizarra en un recodo del camino. Un can color madera, aserrín, nos despide. As Pozas. Laderas tupidas de árboles. Una torcaz en medio de la carretera, tarda en echarse a volar.

La niebla omnipresente en los otoño-inviernos de esta comarca de la provincia de Lugo Corina Arranz

Bosque primigenio de castaños y robles. Parroquia de Carballido. Erizos de castañas en la carretera, que es un túnel vegetal. Es inevitable acordarse por estos pagos perdidos de Domingo Fontán, el geógrafo que topografió el país metro a metro. De estas “cumbres batidas por el largo viento montañés del Cebrero, Piedrafita, Becerreá, Cervantes, Caurel e Incio, y los límites orensanos con Zamora y León”, escribe Castroviejo: “A nuestros pies, las aldeas se arropan en la hondonada, calentándose en el humo de los hogares, que serpea sobre los remiendos de mil colores que esmaltan el traje franciscano de la montaña”.

Villardíaz. Desvío a Liñares de Villaferrada. Pero tomamos el desvío a Gromaz. Un lunes de mañana, una pista de asfalto por la que solo cabe un vehículo, el otoño, huele a humos. Canta la lluvia parsimoniosa en la piel de todos los árboles, en el follaje, en cada hoja. La gran capucha vegetal. A Galicia hay que volver en otoño, cuando el campo, como decía Otero Pedrayo, es más expresivo. El verdadero ser de Galicia, a la que cada vez añoro más intensamente. La carretera del bosque. Una de las más hermosas que hemos recorrido, como intacta la vegetación desde tiempo inmemorial pese al trazo que el asfalto, como la letra de un alfabeto olvidado, despliega cómplice para que pasemos. Ni un alma. En una hora nos cruzamos solo con un vehículo que viene en dirección contraria. Ni bestias ni hombres. Ninguna alimaña. Aunque luego sabremos que hay lobos y jabalíes. Animales dormidos en la floresta. Polas, ramas que son brazos de una Ava Gardner vegetal con guantes de líquen hasta las axilas, una suavidad y sensualidad insólitas. El temor de ser seducidos por la selva, que despierta pulsiones desconocidas en quien se interna desprevenido de sí mismo en el bosque. Aquí el tiempo es precioso, mineral, vegetal, sin angustia existencialista. Por eso nos paramos a cada tanto, asombrados. La niebla es como una tela de araña despertándose sobre los cerros, una Penélope de la función clorofílica.

Vista de las afueras de Gromaz Corina Arranz

Como si quisiéramos darle la vuelta a los usos del mundo del que venimos, que hemos dejado inusitadamente atrás, presentamos primero a los seres irracionales, tan atentos, tan enigmáticos. Como si supieran lo que no acertamos a saber. Indi, el perro, que sufrió por un cepo ilegal que casi le mató y envejeció de golpe. Tor, el otro perro, y Sally, la gata de Lídia, que parece una emperatriz china, malencarada, que no para de bufar. Vieja y desconfiada, con un rostro que es un enigma. Es así como hemos llegado a la casa de Encarna y Pedro, los padres de Lídia, que nos trajo aquí. Son 30 los vecinos de Gromaz, parroquia de Carballido, ayuntamiento de Fonsagrada donde los cabazos son hórreos cuadrados de tejado de pizarra, al estilo asturiano. Tomo nota mental y le saco punta al lápiz sin cesar.

Pedro Penelo nació en el Bajo Ampurdán, en La Bisbal, en 1957. Trabajó toda la vida en la administración pública en Gerona. Su padre, guardia civil nacido aquí, en tierras de Gromaz, fue destinado a San Feliu de Guixols, y de allí fueron a La Bisbal. Los padres de Pedro murieron en Cataluña. Para su abuela Pilar, que nació en Vilar de Calvos, fue un verdadero choque cultural viajar desde aquí hasta aquellas lejanísimas tierras catalanas para ayudar a su nuera, que tuvo cinco hijos. Venía de un lugar sin agua ni luz, y ya no volvió a Galicia para reencontrarse con la tierra de la quedó huérfana. “Una vida muy dura”, resume Pedro. Encarna Ruiz Molina nació en Dólar, cerca de Guadix, Granada, en 1961. Cuando tenía cinco años sus padres emigraron a Cataluña. Allí conoció a Pedro. Y se casaron. Y por los surcos que misteriosamente trazan el tiempo y el amor Pedro y Encarna tomaron la decisión de venirse desde la Cataluña en la que sus caminos se cruzaron a vivir a este cuadrante al noroeste, uno de los tres vértices de un gigantesco triángulo equilátero que enlaza las tierras, los ríos, los montes y las chimeneas de España.

En uno de los habituales paseos de Isabel y Encarna

En uno de los habituales paseos de Isabel y Encarna Corina Arranz

Vamos a casa de José María (primo hermano de Pedro), de 72 inviernos, él sí nacido en Gromaz, que viene caminando con Cosme, su nieto, que lleva el nombre del santo del pueblo. Su mujer, Maruja, de 70, es de San Andrés de Nogales. Pepín, el padre de Cosme, que ha rapado a su hijo al cero, en contraste con su melena, tiene 38 y nació también en Gromaz. Tiene una empresa de maquinaria agrícola que acude adonde le llaman, aunque también se dedica a rehacer su sólida y nada grandilocuente casa de piedra y pizarra.

Nos asombran las cocinas del pueblo, cocina de hierro, rodeada de inmensas lajas de mármol que acaba formando una gran mesa en medio de la sala donde se prepara el condumio de la vida. Donde se atesora y se convoca el fuego, el calor, está rodeado por tres partes mediante un escaño corrido, como una u que es todo un símbolo que acoge y preserva de la soledad y del frío. Es el verdadero centro de la vida de Gromaz, donde se sientan a comer, a cenar, a charlar, a hacer la vida. La gran cocina de la montaña de Lugo es el centro de la casa. Un invento que me recuerda a Ucrania, con el corazón de hierro, las bilbaínas.

Celso pasó 35 años en la Firestone en Bilbao. Dueño de la mejor casa de Gromaz, se bebió todo. Le hicieron una broma: le dijeron que una vaca muerta era un amigo. Estaba tan ciego que se abrazaba a la vaca preguntándole a su amigo qué le habían hecho. Ahora no prueba el alcohol. Como Julio Caro Baroja prefirió no casarse nunca, y alguna vez se arrepiente.

Manolito también vive solo, como Celso. Sigue labrando, a golpe de martillo, piezas de latón. La capilla de San Cosme. Arados, cristos, cabazos… Todo un repertorio a escala de los hitos, herramientas, creencias y techos de Gromaz. Así nos hablarán del samaín, que en algunos sitios del resto del mundo, y desde luego de la Península Ibérica, ahora llaman Halloween. Hay que venirse aquí para recuperar palabras, costumbres, devociones, para darle la vuelta al reloj de arena del tiempo, que aquí pasa lentísimo, como si en vez de arena cada cápsula estuviera llena de paciencia. O camiño tras a Bouza. El estibo de Gromaz es donde cultivan la tierra los del lugar. Pueblo de tejos, árbol que las hembras dan un fruto rojo, venenoso. De hecho, se cuenta que antiguos cántabros, astures y antepasados de Celso y Manolito se servían de las semillas del tejo para quitarse la vida cuando estaban sitiados por el enemigo.

“Digamos por último, melancolías a un lado, que la carne de la pita montesa, como se llama en Galicia al urogallo, es fuertemente exquisita. Los arándanos del bosque (vaccinium uliginosum), de los que es especialmente golosa, contribuyen a otorgarle un perfume especial, que Álvaro Cunqueiro traducirá en inolvidables recetas”. He querido traer a estas cocinas fabulosas de Gromaz a Castroviejo como una suerte de justicia poética, porque su parte del Viaje por los montes y las chimeneas de Galicia está volcada en la caza, más que en su conversión en bocatto di cardinale, porque su compañero de exploración de la antropología cultural gallega, el simpar Cunqueiro, ya ha tenido en estas páginas sobrado eco, y porque ahora que la caza ha caído en demérito por muchas razones que ahora no vienen a cuento, invito a quienes cazaron y siguen cazando, pero sobre todo a los que nunca cazamos y nunca cazaremos, a que saboreen los deslumbrantes capítulos de este libro que brilla como un candil pintado por Georges La Tour en una casa perdida en la montaña o en la costa de Lugo, capítulos con títulos tan prometedores como veraces, que nos llevarán de viaje a una sensibilidad y a un tiempo desvanecido como el humo de las cocinas de Gromaz, y que solo leyendo los títulos empieza la imaginación a relamerse: ‘De las varias especies de perdiz gallega y de su caza en mano, a can parado’, ‘Del pombo huraño y alertado, que dicen también torcaz’, ‘De la nórdica arcea, habitadora del bosque, que en Francia llaman la bella dorada’, ‘De los patos, cercetas y otras acuátiles, que animan el espejo de rías y marismas’, ‘De la sabrosa codorniz, que en gallego decimos pas-pa-llás, por la onomatopeya de su voz’, ‘De la saltarina liebre, que duerme con los ojos abiertos’ (¿como la Virgen de los Ojos Grandes?), ‘Del nemoroso ciervo, de quien viene el galaico nombre de Cervantes’, o ‘Del oso filosofante y gruñón, que aún mora en los Ancares’. Esos Ancares en los que por fin, tras la larga espera de una vida, por fin he venido a hollar, para que no se me muera el alma y el tiempo sin haber visto y vivido la luz y la noche de aquí.

Encarna preparando el caldo Corina Arranz

La suavidad de la luz de la tarde es proverbial en Gromaz. De ello saben tanto Pedro como Encarna, y por eso no tienen que esmerarse en explicarnos por qué no se arrepienten de haberse venido a vivir aquí. Comemos caldo gallego con suavísimos grelos recién cocidos. Y carne de lomo de cerdo, tiernísima. Fue un cerdo feliz su dueño. Y androia, hecho con costilla y piel de cerdo, con la piel del intestino grueso.

Hablamos de la vida que llevan con Maruja, con Isabel, la mujer de Pedro, ganadero que tiene 83 vacas. Marcos, su hijo, las conoce a todas por su nombre: Rata, Pelota, Liñada, Roxa, Shakira, Perla, Perica, Macarena, Azúcar, Canela, Garganta… La última le tocó a un vecino en una feria en A Garganta cuando era ternera, con dos cabras, y se la compraron. Son “cincuenta y pico” los terneros, a los que hay que sumar tres toros (Zar, Sol y Míster), tres yeguas, un burro, que tiene nombre propio y destacado porque tiene personalidad: Olegario. Les tocó, también, en una feria. La suerte aquí se esmera y encarna en cuatro patas. A Olegario primero le llamaron Platero (“es muy guapo y cariñoso”). Cada dos meces cuecen treinta panes en un horno que alimentan con madera de abedul, xesta (arbustos de retama) y ramas de roble.

Pedro, Maruja y Cosme

Pedro, Maruja y Cosme Corina Arranz

Bajamos con los nuevos amigos, Isabel, Encarna, Pedro y Pedro (ellos en coche) hasta Os Muiños de Parada, donde tienen sus colmenas en un lugar que Pedro dice que fue donde se fundó Gromaz, junto al rego de Parada, o de Antigua, o de Vega. Mientras que algunas casas de Gromaz tienen 200 años, las del río son todavía más antiguas. Pedro Méndez Freijo, el dueño de las vacas, es de mi edad. Cogemos el sendero de Gallol. Y luego el de seimeira, o molino. Aquí traían a moler el grano a lomos de un burro fariñeiro. Pegamos la hebra para hacerle la corte al río. Guapísimo es un superlativo que por aquí se escucha mucho, y también a menudo formas en subjuntivo. Corina se pregunta por qué. ¿Qué pensar de un pueblo que recurre con frecuencia al subjuntivo?

Campo de grelos Corina Arranz

Rollos blancos y herméticos de silo para alimentar a las vacas. Bajamos y subimos andando y hablando: de los lobos, de la pobreza del pasado, de andar a oscuras con fachos, de ir andando hasta a Fonsagrada, Lugo, Santiago, a Castilla los segadores. Nos acompaña el gran mastín de un año, Tanco, en su primera salida al campo. Un santo varón. Al volver, atravesando el gran prado donde pastan algunas de las vacas de Pedro y Marcos, entramos en el pueblo y damos con Secundina, que lleva en las manos tres huevos y una manzana. Es muy fuerte todavía a pesar de su edad. Y con ella la noche se va anunciando para que nos recojamos, con Pedro y Encarna, a su casa que nos han abierto de par en par, y quieren que nos quedemos un tiempo, a ver cómo de lenta baja la arena del reloj al que no necesitan dar la vuelta a cada hora porque aquí el tiempo no es oro, el tiempo es una estación perpetua en la que sentir cómo la vida se remansa y parece tener sentido.

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