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A Coruña, doña Emilia Pardo Bazán y Dios

Alfonso Armada continúa su viaje por Galicia FdV

“Una de las causas que determinan la emigración gallega a América es ésta: que resulta más fácil irse a América desde Galicia que irse a Madrid”. Palabra de Julio Camba. No era una humorada el 26 de junio de 1918, cuando escribió tan palmaria verdad en El Sol. Lo demostró en el artículo ‘El delicioso tren de Madrid a La Coruña’: “Al abandonar en La Coruña el tren que me trajo desde la Villa y Corte, yo no recordaba exactamente cuándo lo había tomado; pero tenía la sensación de haberlo hecho en una época muy remota. Salí afeitado y llegué con unas barbas que, hasta que pude vérmelas al espejo, temí que fuesen blancas”.

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A Coruña, doña Emilia Pardo Bazán y Dios Alfonso Armada

Los trenes han cambiado mucho, y ahora el AVE está a punto de convertir la distancia entre A Coruña y Madrid en una ficción. ¿Nos hará más felices? ¿Nos reconoceremos en el espejo al que nos asomemos después de un viaje relámpago? Yo no sé qué diría Camba del tren de alta velocidad, pero seguro que encontraría motivos para otra perplejidad. Cada vez que llego a Coruña yo siento como si aquí hubiera transcurrido una infancia, pero en el cuerpo de otro niño. Es muy raro.

Lo mejor de A Coruña es que es una península batida por todos los vientos, y aquí el mar no solo no se puede ocultar como en Vigo, sino que asalta la ciudad por todas partes, y es omnipresente, ventoso. A vista de pájaro, como si nos hubiéramos subido a un dron, como un ángel fieramente humano y sin vértigo, primero asoma la ensenada de Orzán, una formidable hoz de arena hacia el Océano Atlántico, entrada y salida de tantas fantasías como sueños. El Paseo Marítimo se llama así a lo largo de sus 13 kilómetros. Es la pequeña parte que, como un ritual, como si me hubiera avecindado en A Coruña, recorrimos al atardecer. En un paseo que a mi amiga Chus Molina, mi anfitriona, le recuerda a Escocia, y le separa existencialmente de A Coruña, la embarca en un viaje insospechado. Pero vuelve. Siempre vuelve.

El paseo marítimo Alfonso Armada

La pura península, su extremo, es el mejor emplazamiento para que los dioses, los romanos y los intermediarios entre unos y otros levantaran el mejor mirador sobre la mar océana, la Torre de Hércules. Por cierto, mi reconocimiento hacia quienes tras la calle Matadero bautizaron la continuación como calle de Albert Camus, como si recordáramos Argel, Orán, Marsella, París, lo que Camus nos sigue enseñando sobre la decencia, la importancia capital de una coma, o de Simone Weil. Si damos la vuelta, el ángel del dron con cámara incorporada leerá desde el aire la ensenada de Os Pelamios, y otro también larguísimo paseo marítimo Alcalde Francisco Vázquez, asomado a la ría de A Coruña, que nos llevará a la Avenida de la Marina, con las casas emblemáticas, fachadas acristaladas tras las que imaginar vidas plácidas y sin motivos objetivos para el suicidio, y que a los de Vigo siempre nos ha admirado (no me duelen prendas: Coruña es una ciudad mucho más hermosa que Vigo. No hablo de la ría. Su burguesía ha sabido preservar mucho mejor el granito y el patrimonio arquitectónico). ¿Ciudad de cristal?

La Torre de Hércules abre su luminaria a las visitas Carlos Pardellas

En todas las ciudades hay casas misteriosas en barrios marginales, periféricos, bulevares que se desvanecen, luces que se mantienen encendidas sin que aparentemente nadie las habite, sombras tras un visillo, una sombra, una presencia, un hilo del que Truman Capote o Alfred Hitchcock tiran para que nos enredemos e imaginemos una vida más interesante, como ese Sanatorio del Socorro, en Ciudad Jardín, al que me asomo como si fuera un novelista o un cineasta en ciernes, buscando localizaciones.

En todas las ciudades hay casas que excitan la imaginación desde Truman Capote a Manuel Rivas

De su historia cabe destacar no pocos hitos, como hace Ramón Otero Pedrayo en su Guía de Galicia. Por ejemplo, que “el descubrimiento de América encontró a la ciudad preparada para los nuevos rumbos del comercio y aunque Carlos V le negó el establecimiento de la casa de contratación, a pesar del influjo favorable de los condes de Andrade, mantuvo vivos sus astilleros y armó expediciones a las Molucas (…). Vio partir la Armada Invencible el 22 de julio de 1588 y recibió sus restos (…) El Drake saqueó e incendió la rica Pescadería, los conventos extramuros, Oza y el monasterio de Cambre. La ciudad alta se defendió heroicamente bajo el mando del gobernador y capitán general (…) en el ataque de la tarde del día 6, a la brecha de la Porta da Aira salvó a la ciudad la decisión de una mujer, Mayor Fernández da Cámara Pita, figura en que se encarna esta gloriosa defensa”. María Pita nos servirá para convocar a dos mujeres que fueron vecinas de A Coruña y que representan, como mínimo, dos de sus almas.

Otro episodio que forma parte de la historia y la mitología coruñesa se ciñe a la guerra de la Independencia, “con la retirada del ejército inglés de Sir John Moore, que perseguido por Soult desde Astorga”, con duros y gloriosos episodios en Elviña.

“El general Moore, herido en la clavícula y en el brazo, fue conducido a la ciudad y expiró aquella noche [la del 16 e enero] en la casa número 7 del Cantón”

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Camino de la casa de Emilia Pardo Bazán, que su hija donó a la Real Academia Gallega (solo más tarde galeguizaría su nombre) en agradecimiento por haber nombrado a la condesa presidenta honoraria de la institución, seguimos dándole vuelta a lo que somos. Chus habla de la “vida mutilada” que inauguró para ella la pandemia.

Real Acaemia Galega Alfonso Armada

Le permitía vivir otras vidas que no hubiera vivido, con menos miedo al ridículo, pero también con menos ansiedad, dejando de lado relaciones o conversaciones que eran pura superficialidad, tóxicas, banales, que mantenemos porque no queremos herir ni que nos hieran.

Pescadores del Atlántico coruñés Alfonso Armada

Tiene todo el sentido que Chus Molina lleve treinta años viviendo de espaldas a la ciudad, sin preocuparse de lo que la ciudad de A Coruña pueda ser o pensar de ella, siguiendo lo que ella denomina pensamiento Murakami: “Esperar a que llegue el momento, sin prisa. Mirar qué rumbo toman las cosas. Lo que hay que hacer llegará por su propio peso”. Y sin haberlo previsto de antemano, la fe acaba entrometiéndose en nuestra conversación como si hubieran coincidido en el tiempo sus inquietudes y las mías, entre nuestras fehacientes dudas políticas, un inusitado amor a la literatura, la consideración de la amistad como un talismán contra los abismos. “Atea no soy. No sé si creo en Dios, pero me gustaría”. Sigo sin tener respuestas para las preguntas fundamentales de la existencia, pero no dejo de hacérmelas. Dejo que sea ella quien se explique: “Tuve una experiencia muy fuerte, una presencia que después desapareció, y que no sé si volverá. Nací en Guadalajara, pero pasé mi infancia en Vigo. Me siento bien en A Coruña, que para mí es el mar. Los coruñeses más relamidos quieren ser madrileños, pero la Coruña que amo es la de los barrios, donde sí se habla gallego. A Coruña no es el centro. Yo siento la verdad de la pobreza, y amo la belleza de la herrumbre, de la decadencia”.

Pasamos por la Plaza Atlántica da moi fermosa deusa Briga, obra de Acislo Manzano. Los vecinos que la frecuentan a diario no saben que representa la figura que ocupa el centro de la plaza, ni quién es su artífice. Labañou-San Roque es uno de los barrios favoritos de Chus Molina. Y su calle más querida tiene un nombre para llevar de viaje: Ultramar, muy cerca de la iglesia que parece latina, indiana, y que se apellida Nuestra Señora del Socorro, y que la luz del atardecer viste como si fuera la misma que alarga la sombra de los sahuaros en Nuevo México y en Sonora, la misma que se pregunta por la fe y la razón de ser de Dios y cómo encaja el sufrimiento de los hombres en su plan secreto, y las preguntas que nos hacemos, cómo encajan las injusticias que se cometen. Por eso me entristezco cuando paso ante el homenaje perpetuo al Che Guevara a la entrada de Oleiros. ¿Qué hace el rostro de un asesino en una rotonda a la entrada de la villa? ¿No suscita la menor controversia?

Porque este viaje mezcla brújula y azar, memoria y deseo, intuición y necesidad, no me fue posible visitar el polémico pazo, que empezó siendo granja y que en realidad es un castillo, donde había dos bibliotecas: una que mandó construir Franco en la planta baja y otra doña Emilia, que tenía su centro en la Torre de la Quimera, que era su espacio favorito para trabajar. Muchos especialistas insisten en que no era pazo, “denominación completamente ajena a los Pardo Bazán”, recordaba en un artículo Darío Villanueva, ex director de la Real Academia Española, institución que rechazó la candidatura de la condesa, para la que ella misma se había postulado. Pero volvamos antes al pazo que no es. Las torres de Meirás fueron donadas en 1938 a Franco como residencia de verano, del que se sirvió a placer como del donostiarra palacio de Ayete. En ambos se celebraron consejos de ministros. El escritor Eugenio Fuentes dice que “en esencia, el pazo de Meirás se conserva como en vida de su constructora, Emilia Pardo Bazán, y no ha sido modificado por la huella impuesta por Franco, aunque levantó un muro con garitas y troneras en todo su perímetro, lo cerró con una puerta del Alcázar de Toledo que aún conserva huella de balazos y encastró en la fachada el escudo con dos cabezas de dragón que se había inventado ¡en 1940!, lo que indica su afán por aparenta nobleza”. Añade con buen ojo el autor de Piedras negras que “en Meirás, la hiedra no se ha convertido en sudario”.

Fue el abuelo de la escritora, Miguel Pardo Bazán, quien se hizo con la propiedad de Meirás

Tras arduas batallas políticas y legales, el pazo-granja-torres vuelve legal y lentamente al pueblo, en Sada. Fue el abuelo de la escritora, Miguel Pardo Bazán, “un liberal aforrado en masón”, como se definía a sí mismo, quien se hizo con la propiedad de Meirás, donde su hijo José Quiroga y Pérez Deza, “un hombre ilustrado, que tiene aficiones de político, jurisconsulto y agrónomo” (así lo retrató su hija), hizo agricultura experimental. Allí se casó la escritora, un lugar donde sentía “más de continuo la ligera fiebre que acompaña a la creación artística”. Será con la ayuda de su madre, y sin más arquitecto y dibujante que ella misma, la que entre 1984 y 1907 transformará aquella modesta granja en su palacete literario. La mayoría de sus creaciones narrativas y teatrales las compuso allí, en la Torre de la Quimera, donde un llamado “balcón de las musas” daba al jardín y a la Mariña.

En una suerte de breve diccionario sobre la Pardo Bazán, la periodista Tereixa Constela dio en El País una serie de certeras pinceladas sobre la personalidad de la escritora nacida en A Coruña en 1851 y muerta en Madrid en 1921. Sus obras, “rurales o urbanas, siguen sin caerse de las manos. Si Rosalía de Castro hizo la mejor poesía sobre la emigración, Pardo Bazán hizo los mejores cuentos, en opinión de Manuel Rivas”. Recalca Constela algo que enseguida percibimos al cruzar el umbral de la que fuera su casa: “Pardo Bazán suscitó recelos entre el nacionalismo a pesar de que ayudó a fundar la Real Academia Galega, que ocupa la casa familiar de la calle Tabernas de A Coruña, donada por su hija Blanca Quiroga”. Aunque Manuel Rivas dice que le parece “una imprecisión pensar que se opone al gallego”, el número monográfico que la revista que co-dirige, Luzes, dedicó a la escritora destina muchas y críticas páginas al asunto. Algo que también hará María Pilar García Negro en su nada complaciente ensayo Galiza e feminismo en Emilia Pardo Bazán.

Para la poeta Luisa Castro, como escribió en las páginas de El Cultural en mayo de 2021, “Emilia no quiso ser una estatua polvorienta de su barrio, allí en la calle Tabernas de La Coruña. Quiso ahondar en el arte supremo de la escritura, que consideró una ciencia, y se arropó para ello de las ideas más avanzadas, entre ellas el feminismo, del que fue estandarte para provecho de todos quienes la leemos hoy. Parece que Murguía, el marido de Rosalía de Castro, no la podía ver, y su misma esposa le dedicó a Pardo Bazán un poema que termina con una descripción tan irónica como exacta: ‘magnífica, absoluta, soberana’. Así debe imaginarse una a Pardo Bazán paseando por La Coruña”. Vamos camino de su casa, de esa casa reconvertida en Academia, donde ahora, como entre buena parte de la fauna literaria gallega y sobre todo nacionalista, es tan mal comprendida, o directamente denostada, y yo me la quiero imaginar caminando por esas mismas rúas de piedra, para interpelarla, para sentarse a tomar el fresco y conversar en la cercana plaza de Azcárraga, entre magnolios dueños del tiempo.

Así describe el paseo de doña Emilia Manuel Murguía: “Cuando pasaba por la calle y bajo las ventanas de la que ya tenía por enemiga, haciendo crujir los vestidos y resonar su alegría”. Devoto de Rosalía, ¿qué haría yo para preservar ambas fascinaciones? Acaso el mismo dilema en el que me encuentro, ahora que he vuelto a leer con absoluta fascinación La madre naturaleza, la continuación de Los pazos de Ulloa, y al mismo tiempo me echo a la cara el último ensayo de mi amiga Pilar García Negro, que presenta singular batalla contra la consagración de Emilia Pardo Bazán en los cenáculos feministas y progresistas y liberales españoles que han aprovechado su centenario para dedicarle exposición, libros, artículos, monográficos... En ‘Combate no Rexurdimento’, incluido en el número monográfico de Luzes, apunta Xurxo Martínez González: “En los últimos años del siglo XIX, dos figuras literarias de excelencia poco común coincidían no solo en Galicia, sino en viviendas a menos de cien metros de distancia en la Ciudad Vieja de A Coruña. Pero la calidad literaria y la proximidad física eran una distancia sideral en cuanto a fortuna. El viento soplaba en la faltriqueira de Rosalía, en el número 3 de la calle del Príncipe. Pero la única ayuda que recibió de la compañera de letras y vecina de la casa blasonada en el número 11 de la calle Tabernas, la condesa de Pardo Bazán, fue la adquisición de parte de la biblioteca que atesoraba el matrimonio Murguía Castro. Pocas enemistades hubo tan arraigadas como la que mantuvieron Manuel y Emilia”. Mientras que la Pardo Bazán empezó su carrera desde lo alto, desde la aristocracia de la que no se avergonzaba, esa “mirada desde arriba contrastaba con la mirada desde abajo de Rosalía”.

En el Círculo Recreativo de Artesanos de a Coruña se celebró el 2 de septiembre de 1885, con la Pardo Bazán y Emilio Castelar como oradores de postín, un homenaje póstumo a Rosalía dos meses después de su pasamento en la Casa de la Matanza. Ni Murguía ni ningún miembro de la familia asistió al evento. “Emilia hizo de la velada necrológica una pomposa promoción personal”, mientras que Castelar aprovechó para denunciar “la politización del Rexurdimento”. Según Murguía, las apreciaciones de la Pardo Bazán tenían como objetivo arrojar “sobre el sepulcro del enemigo [la autora de Follas novas], larga y hondamente odiado, el último puñado de tierra que le cierre la boca ya para siempre”. Recuerda García Negro que “ni una sola obra rosaliana fue objeto, en vida, de recensión o nota en las publicaciones que EPB dirigió o en las que colaboró (cuando sí se ocupó abundantemente de escritores españoles, en vida o póstumamente)”. A petición de la propia Pardo Bazán, Rosalía de Castro le dedicó estos versos (que la condesa publicaría en la Revista de Galicia, en mayo de 1880, al parecer sin pedirle permiso a su autora):

Mimada pó-las musas

servida pó-las grasias

c’un corazón que vive d’armonias

nobre cantora das gallegas prayas,

ben merecés reinar como reinades,

magnífica, ausoluta soberana.

Subraya Pilar García Negro que quien quiera encontrar en A Coruña la estatua dedicada a Rosalía de Castro “tendrá que situarse en los límites entre la ciudad propiamente dicha y la carretera que lleva a su salida. Difícil dar con ella, pues está en medio de un césped inclinado. De lejos, lo más perceptible es una especie de toquilla o chal apretado que la ciñe. Dan ganas de liberarla de ropaje tan opresivo. En vida no recibió el menor homenaje de las fuerzas vivas (de ellas sólo recibió persecución y desprecio)”. Pilar Negro, que por cierto fue la primera que me invitó a dar un recital de poesía en el instituto coruñés Eusebio da Guarda, donde enseñaba Lengua y Literatura, en la remota prehistoria de ambos, no deja de subrayar que no conoce otra nación europea que no sea Galicia en que dos elecciones posibles de su destino histórico y de su cultura se vean representadas por sendas mujeres, y pertenecientes además a dos polos sociales, políticos, morales y culturales, y que las aguas de esas dos corrientes lleguen a nuestros días “en un conflicto no resuelto”. Mientras la Pardo Bazán sería la inspiradora de un sistema jurídico-político actual, monárquico, con una España “indisoluble” y la consideración (en mirada de brocha gorda) de Galicia como promotora de recursos, emigrantes y un destino turístico privilegiado y barato, Rosalía de Castro seguiría siendo la máxima representante de un país no reconocido, del campesinado, las mujeres del pueblo y la literatura escrita en gallego. Dos mujeres que vivieron vidas disímiles y que habitaron casas muy cercanas en el casco viejo de una ciudad que acaso en esta doble cara, en estas biografías y destinos tan diferentes, sea la que refleje el verdadero rostro de esta Coruña a la que siempre llego ávido y curioso de entenderla. 

Vuelvo a recorrer las calles de A Coruña de la mano de doña Emilia gracias a Ramón Otero Pedrayo, de quien el polígrafo dice que la condesa “ha llevado magistralmente con emoción, edad y humor, a las páginas de sus novelas y cuentos (Cuentos de Marineda, La dama joven, De mi tierra y obras juveniles) el estilo inconfundible de la ciudad en que nació. La llamó Marineda y fue para ella lo que Pereda para el Santander de los escenarios de Sotileza. También sutil y grave es la vieja Coruña”. Pero “la flor de la ciudad, el lugar que concentra bellamente, con cierto desdén ante los cambios, los temas de la ciudad, es el jardín de San Carlos o de Moore, el melancólico square de mi barrio, como le llamó Doña Emilia Pardo Bazán. Es un baluarte convertido en jardín de cipreses, mirtos y rosas, cerrado como un patio de convento o de pazo, con ventanas enrejadas hacia la entrada de la bahía y el puerto. Se piensa en Shelley, cantor del viento del Oeste y en las desesperanzas de la juventud romántica. Lo presiden la muerte y la poesía. En su centro se alza el sepulcro de granito y la urna de piedra blanca, entre cañones hincados en tierra, de Sir John Moore, con la inscripción:

 

Johannes-Moore

Exercitus Brytannycy Dux

Proelyo occysus

                     A. D. 1809

Y aunque en este viaje no visité el jardín sí lo atesoro en mi memoria íntima de la ciudad porque enlaza con una Galicia que a veces Coruña pretende negar siendo sola y soberbia sin saber que el mar y la muerte nos barrerán a todos por igual.

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