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Lágrimas de artista

Excéntricos, agitadores, caóticos, introvertidos… doce años en museos me han dado oportunidad de conocer a artistas con personalidades diferentes. Más allá de estereotipos e ideas románticas, con frecuencia me he sentido intrigado por una manera de vivir sin temor a la incertidumbre, sin saber qué les deparará el próximo año, prescindiendo de las pólizas y los planes con las que muchos nos afanamos en tejer redes de seguridad. Cuando repaso sus nombres, entre los que se cuenta alguno realmente prestigioso, es una joven apenas conocida a quien recuerdo con más admiración.

He sido testigo también de las malas lenguas, así que respetaré el anonimato. Ella apareció como una creadora emergente, uno de esos nombres que brillan en las listas de promesas, con algún premio en convocatorias de arte y trabajos que habían llamado la atención de las galerías del momento. Fue una de esas propuestas la que nos ilusionó y sus explicaciones nos convencieron de que la apuesta valía la pena.

Encerrada en el museo, trabajaba sin descanso. Todo parecía transcurrir como lo hacen los días previos a una inauguración, con nervios e imprevistos habituales y esa expectativa que nos lleva a merodear por las salas para espiar qué va tomando forma. Por nuestra parte, comenzábamos a meternos a fondo en el proyecto, desarrollando materiales para contar su trabajo a la prensa, las invitaciones, los carteles...

Dos días antes de la inauguración, apareció en las oficinas y, delante del equipo, confesó emocionada que su idea no funcionaba. Le había dado vueltas y vueltas, pero no encontraba solución. Era consciente de la posición en la que dejaba al museo, no había tiempo para alternativas: tiraba la toalla. Aquello ocasionó incómodas explicaciones a los jefes. A día hoy, nada dramático; en ese momento nos pareció el fin del mundo.

Vemos en galerías y museos la faceta deslumbrante del artista, como si el éxito fuese la consecuencia lógica. Sin embargo, apoyar al artista supone apoyar a quien toma riesgos, aceptar la posibilidad del error. Desde entonces sigo la pista a esa joven y me alegra ver que mantiene el valor para perseguir lo diferente. A ella le debo la lección de admirar no solo el talento, sino el coraje de intentar algo nuevo, o lo que es lo mismo de atreverse con aquello que puede salir mal.

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