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Vacaciones, vacaciones, vacaciones pero ya

La catedral de Cádiz vista desde el paseo al anochecer

La catedral de Cádiz vista desde el paseo al anochecer

Hoy mismo, en que esta columna ve la luz, estreno mi primer día de vacaciones poniendo rumbo a Cádiz. Podrá extrañar que diga eso un jubilado pero estar felizmente obligado a escribir una columna diaria y otra diferente dominical, además de otros líos de pluma en que estoy metido, no me han permitido -ni me interesa- experimentar ese “dolce far niente” de la jubilación.

O sea que me voy de viaje aunque yo no soy como el explorador Franco Micheli, del que acabo de leer “La vocación de perderse”, amante del riesgo de recorrer parajes remotos, desconocidos y no señalizados a pelo, sin GPS alguno y fiándose solo del instinto de supervivencia que tuvieron nuestros ancestros cuando se desplazaban a la buena de Dios por un mundo en que no había apenas humanos, ni pueblos, ni ciudades ni por supuesto señales de nada. Yo no soy Micheli y me voy a Cádiz con todo planeado aunque, si digo la verdad, me lleva mi mujer, que quiere hamaca playera, sol, un buen libro y su gin tonic para contrarrestar el brutal estrés de su trabajo el resto del año. ¡Ah, y una guía de restaurantes de confianza! No pueden ser vacaciones más burguesas.

"La vocación de perderse" de Franco Michieli

"La vocación de perderse" de Franco Michieli Casa del Libro

Ahora que lo pienso, soy un calzonazos. Siempre he hecho las vacaciones que eligieron mis sucesivas y afortunadas parejas, que han sido más de las que la salud mental aconseja. O no, a lo mejor la buena salud mental exige no centrarse toda la vida en una sola causa amorosa, pero a mí a estas alturas esa reflexión me da igual. A lo que voy es que con cada una de ellas consentí un itinerario vacacional diferente y si una me llevaba por espacios culturales, otra por geografías menos conocidas, otra allá solo donde hubiera un sol seguro... por fortín no he tenido en mi accidentado y diversificado itinerario amoroso ninguna que, al modo de Franco Micheli, me obligara a una travesía nórdica durmiendo bajo las estrellas. El caso es que siempre fui un calzonazos a la hora vacacional, dejé hacer, me dejé llevar por el gusto femenino de turno porque nunca tuve especial afán explorador ni viajero, y hasta llegué a escribir contra esa gente de dudosa moralidad que echan la mochila al hombro y se van a conocer el mundo a pie. Yo prefiero leer lo que después ellos cuentan en un buen libro.

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Yo para las vacaciones reivindico España, más que nada porque todo está más cerca, y añoro aquellas vacaciones de mi infancia en que era otra mujer quien me llevaba: mi señora madre. Eran tiempos que ya se hacen lejanos en que íbamos a pasar los veranos a nuestros pueblos de origen, cuando teníamos cercano ese origen porque tus padres o abuelos procedían de los mismos. Sí, sí, la España en desarrollo de Franco. Yo, que soy urbanita, nacido en un kilómetro casi cero de una ciudad, agradezco haber tenido esas experiencias rurales que nos sacaron de nuestro ensimismamiento urbano. Unos veranos los pasaba entre los montañeses cántabros de mi madre y otros entre los recios maragatos de mi padre.

Los verdes prados húmedos y jubilosos de mi abuelo cántabro, José María, que fue herrero, ganadero y tendero, y los campos castellanos secos y huérfanos de vegetación de mi abuela Amalia, maragata. Coger truchas a mano, ver a mis tíos y primos en la siega o en la trilla, asaltar campos de maíz más altos que nosotros, ir a los nidos, enamorarse sin saber qué era eso de una vaquera preadolescente como tú que volvía del monte con el ganado, esperar la “línea” que traía noticias o personas de la ciudad... esos son los veranos que añoro, quizás porque son también los de mi infancia. Esos de tiempos en que tener cuarto de baño en la aldea era un lujo y te lavabas en una jofaina, aunque eso es lo que peor llevaba. Quizás sea por eso por lo que ahora el mío es última tecnología con chafarís interior, calefacción… y solo le falta recibirme con música, entre vivas y alharacas.

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