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¡MARICÓN! (bueno, o tal vez no...)

¡MARICÓN! (BUENO, O TAL VEZ NO...)

¡MARICÓN! (BUENO, O TAL VEZ NO...)

En un giro de guion inesperado, esta semana asistíamos perplejos al cierre de lo que supuestamente venía siendo el último caso de agresión homófoba en España. Me refiero al ataque de Malasaña, en el que un joven de veinte años denunciaba primero una agresión brutal, con ocho encapuchados dándole una paliza en un portal mientras uno de ellos le grababa con un cuchillo la palabra Maricón en una nalga, para, apenas unos días después, confesar que en realidad la denuncia no tenía de verdad ni el mango del cuchillo. Vamos, que, al final, en esta historia el único agresor a la comunidad gay ha resultado ser el falso denunciante.

Porque, en una primera reacción, cualquiera podría pensar algo como “Vale, este caso era falso. Pero todos sabemos que estas cosas pasan. De hecho, no hay más que ver las noticias para comprobar que últimamente no paran de producirse más y más agresiones, y…” Y sí, eso es así. Pero ¿qué ocurrirá tan pronto como alguien se haga más preguntas? “Espera, espera. Si esta denuncia es falsa… ¿cómo sé que las demás…? Y, ahora que lo pienso… ¿cuáles son realmente esas demás?” Y entonces, como siempre, ya tendremos el belén montado. Bienvenida una vez más, amiga crispación.

Madrid y Barcelona se manifiestan contra la violencia homófoba Video: Agencia Atlas | Foto: EP

Porque lo cierto es que, según sabemos ahora, la policía sospechó de la veracidad de la denuncia desde el primer momento. Al fin y al cabo se trataba de una acción sin precedentes: ocho tipos encapuchados, todos vestidos de idéntica manera, todos perfectamente organizados; por más que los investigadores interrogaron a los vecinos del famoso portal, nadie vio nada, nadie escuchó nada; no lo hicieron ni transeúntes ni comerciantes de la zona, como tampoco ninguna de las múltiples cámaras de seguridad aledañas captó el más mínimo movimiento sospechoso… Todo era muy raro, tanto que la policía nunca llegó a creérselo. Pero daba igual, porque ya saben que en estos casos siempre se impone una de las más poderosas máximas del amarillismo, No dejes que la verdad te estropee una buena noticia. De manera que allí nos lanzamos todos…

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Porque –y que Dios me guarde, que aquí viene lo políticamente incorrecto– lo cierto es que, a la larga, esta forma de hacer noticias acaba provocando la pérdida de cualquier credibilidad para la persona o colectivos implicados. Pero, en el corto plazo (que es el único que a esta sociedad parece importarle) beneficia a muchos y muy variados grupos.

Como por ejemplo a la izquierda, que encuentra en todos estos casos los corderos pascuales sobre los que depositar la urgencia de una Ley Trans que, insultantemente, parece olvidar que en España las verdaderas víctimas no son los homosexuales, sino otro colectivo realmente expuesto y vulnerable como es el de los miles y miles de mujeres víctimas de violencia de género.

O como esa derecha ultra y cerril, a la que esto le hace la boca agua de tantas maneras diferentes (que si el odio, que si los menas, que si la ineficacia del gobierno…) que uno ya no sabe ni cuál resulta más lamentable.

O, por encima de todos ellos, los grandes medios de comunicación, que desde el asesinato de Samuel Luiz han visto en la amenaza homófoba un nuevo filón informativo con el que rellenar horas y horas de suposiciones, verdades a medio confirmar y una nueva alerta con la que seguir alimentando el mismo miedo de siempre, esta vez disfrazado de un nuevo peligro.

El joven que denunció una agresión homófoba en el barrio madrileño de Malasaña confiesa que se lo inventó Agencia ATLAS | Foto: EFE

“¿Y a los homosexuales, a ellos también les beneficia?”. Obviamente no. De hecho, lo único que todo esto ha logrado ha sido perjudicarlos. La vinculación con este tipo de actos tan solo desvirtúa su causa. Y lo siento, lo siento muchísimo. Soy una persona que cree firmemente en la igualdad. Un hombre al que le importa tres carajos si éste se acuesta con aquél, con aquélla, con ninguno o con todos a la vez. Como miembro de mi sociedad, lo único que de verdad me importa es que, mientras todos estén de acuerdo, éste pueda acostarse con quien le dé la gana, sin que nadie venga a decirle si lo suyo está bien, mal o peor. Que cada cual disfrute en su cama, y deje en paz las gónadas de los demás. Porque el colectivo homosexual no necesita todo este esperpento, que ya a él va sobrado de razones más que legítimas. Es cierto que España ha hecho grandes progresos en materia de igualdad. Pero tampoco vengamos ahora a ponernos estupendos, que en este país siguen siendo muchos los que aun creen que eso de la intolerancia solo es un problema con la lactosa.

Nos queda un largo camino por delante. Hacerlo merece la pena. Pero hagámoslo bien. Juntos, teniendo claros cuáles son los objetivos, quiénes las verdaderas víctimas. Y, sobre todo, sin mentiras.

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