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Pablo Costas Patrón de "El Cobija", liberado en Yemen

“Ya casi me había resignado a morir con toda mi tripulación”

El patrón de pesca Pablo Costas, secuestrado con su tripulación a bordo del barco Cobija durante once meses en Yemen, disfruta los primeros días de su recién recuperada libertad en su casa de A Portela: “Yo estoy dispuesto a volver a embarcar, pero no le recomiendo esta vida a nadie, y mucho menos a un hijo mío”

A la izquierda, Pablo Costas, esta semana en Cangas de Morrazo

A la izquierda, Pablo Costas, esta semana en Cangas de Morrazo Gonzalo Núñez

En casi tres décadas de experiencia como patrón de pesca en mares de los cuatro puntos cardinales del planeta, jamás ha sufrido un naufragio. Por eso, cuando se le pregunta por el símil, reflexiona: “Bueno, algo de eso fue lo que nos pasó, sí, que naufragamos, sobre todo moralmente, pero yo a lo que nos ocurrió lo tomaría más como una batalla, una situación absurda que pudo costarnos la vida a mí y a la tripulación. De hecho, hasta que nos liberaron, y sobre todo en los últimos días, cuando nos faltaron agua y alimentos, yo ya me había hecho a la idea de que de allí no íbamos a salir todos vivos”.

Pablo nació en 1967 en una de las parroquias rurales del concello pontevedrés de Bueu, A Portela, pero como tantos otros jóvenes de su generación muy pronto entendió que si quería tener futuro, para él y su recién creada familia, no le iba a quedar más remedio que recurrir al mar, embarcarse, y a fe que se aplicó en hacerlo en las mejores condiciones posibles: a los 25 años ya tenía el título de patrón. ¿Su orgullo? “Haber mantenido a mi familia y restaurar una casa que mi madre me dejó de herencia, aquí en la aldea, una casa que tiene más de 300 años pero en la que ya podemos vivir en ella. Esto lo he hecho por homenaje a mi madre”.

“Nunca hubiese aceptado que me liberasen a mí solo dejando en el barco a mis compañeros”

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Muy cerca de donde vive, en Meiro, hace unos años se recuperó el cultivo del millo corvo, el maíz negro, con el que se elaboraba el “pan de los pobres” hasta la segunda mitad del siglo pasado. “Es que donde yo vivo, los hombres, con las mujeres, han trabajado toda la vida la tierra: las viñas, las plantaciones de maíz, las patatas...pero eso no suele dar para vivir, y por eso la mayoría de los hombres acabamos casi siempre yendo al mar”. “Yo -continúa- me siento marinero pero tambien labrador, por eso digo que el mar es como la tierra, hay que trabajarlo, removerlo, para que produzca. Y no soy muy partidario de eso de los parques protegidos pero ¡ojo! también soy consciente, y aplico, lo de que una cosa es pescar y otra muy distinta esquilmar, depredar...eso sí que es un delito y, como tal, debe ser castigado. Tampoco me gustan esos que llaman pastores del mar, una serie de barcos que se dicen ecologistas pero que, en realidad, están al servicio de unas grandes empresas multinacionales que son las verdaderas exterminadoras del mar, y no los barcos y los marineros que siempre pagamos las consecuencias, que siempre somos las víctimas de todo este entramado mafioso en el que se ha convertido el mar”.

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UN BARCO “FICHADO”

Hace seis años comenzó a faenar en el Índico, un mar cuya captura estelar es la de merluza negra, y últimamente al frente del pesquero de nombre Cobija con bandera boliviana y una tripulación de lo más variada: namibios, senegaleses, indonesios, un peruano, un ruso y un español, el propio Pablo. En total, 32 hombres.

Sobre estas líneas, Pablo, en el centro, con parte de su tripulación a bordo del Cobija. Cedida

En la marea de 2019 ya había sufrido un incidente al ser registrado el buque por orden de las autoridades australianas, acusado de pesca ilegal. Pero el asunto se quedó en un mero incidente de mar. “No pudieron demostrar nada y yo creo que eso les jodió. Desde aquella, quedamos fichados. El Gobierno australiano es el culpable de todo lo que nos ha pasado”, acusa.

“Me gustaría que los armadores gallegos se diesen cuenta de que es posible pescar pactando con otros países alternativos”

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Pablo es consciente de que aquel incidente no dio precisamente buena fama a su barco, al punto de que ha sido muy controvertida la pasividad de algún sector de los armadores gallegos durante el secuestro: “Los entiendo, que conste, pero el sector pesquero español está atado de pies y manos. No soy quién para decirle nada a los armadores, pero saben perfectamente de lo que hablo, y que como sigan así van a acabar en la ruina. Yo lo único que les digo es que hay vida fuera de esas organizaciones regionales de pesca a las que ellos tanto acatan, y puedo confirmarte que desde que llegué he recibido llamadas de armadores vigueses, algunos muy importantes, que saben que no somos piratas, que me felicitaron y que me dijeron que estaban conmigo…pero que, claro, no lo podían decir en público”.

“Algunos buques “ecologistas” están pagados por empresas que esquilman el mar”

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Cuando, en su última marea, el Cobija fue nuevamente retenido, el patrón bueués creyó que se trataría de un mero trámite, como el anterior, pero había ocurrido algo novedoso: que el gobierno del país que abanderaban, Bolivia, presidido por Evo Morales, el que les había suministrado la licencia de pesca, fue víctima de un golpe de Estado. Era pues una situación nueva pero solucionable. “En ningún momento podíamos imaginar lo que nos pasaría después”, afirma.

El marinero gallego Pablo Costas lleva retenido en Yemen desde diciembre de 2020 tras una denuncia por pesca ilegal cursada desde Australia

Posted by Faro de Vigo on Thursday, August 19, 2021

El caso es que el barco fue obligado a dirigirse a Yemen, un país en guerra civil desde 2015: uno de los países más peligrosos, caóticos y “desgobernados” del mundo. “Yo no les reprocho nada a los yemeníes -aclara- bastante desgracia tiene ya con esa guerra que, más que una guerra civil, es una guerra de exterminio, en la que cada bando lo que pretende no es ya derrotar al enemigo, sino exterminar a los del bando contrario”.

“Llegamos al puerto con poco gasoil y víveres a bordo -narra el patrón-. Y, de repente, nos comunican que no podemos estar allí, que no podemos siquiera atracar, sino que debemos permanecer a la espera, fuera del puerto, todos metidos en el barco sin poder salir. Y cuando pedíamos explicaciones nos respondían con un “¡Problem, problem!” y se quedaban tan panchos. En ningún momento recibimos una notificación oficial de por qué estábamos allí, de qué se nos acusaba…”

“En ningún momento recibimos notificación oficial de por qué estabamos allí, secuestrados, ni de qué se nos acusaba”

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Entretanto, en España no se sabía nada: “Nos recomendaron que fuésemos discretos a la hora de difundir las negociaciones para nuestra liberación, así que lo acatamos y callamos, eso sí, advirtiéndoles a los diplomáticos que no deberían fiarse de la gente con la que negociaban, como acabó demostrandose”.

Y llegaron los problemas de alimentación: “Fueron más graves al final, en el último mes, cuando ya no teníamos nada porque nos cortaron todos los suministros pero, desde el principio, tuvimos que hacer todo lo posible para racionar lo que teníamos a bordo: harina, arroz, azúcar y un poco de aceite para freír el escaso pescado que ya nos quedaba”.

 Los días, las semanas, los meses iban pasando, pero en el Cobija la situación se agravaba. Tras once meses de silencio administrativo, su secuestro es denunciado en los medios de comunicación gallegos por el sindicato CUT, al que está afiliado Costas, pero las últimas semanas resultaron angustiosas: “Ahora que, felizmente -reconoce Costas,- todos salimos vivos, tengo que confesar que yo toqué fondo y que en aquellos días me dio vueltas en la cabeza toda mi vida. ¿Estar toda la vida trabajando para acabar así? ¿Ha merecido la pena?”, me preguntaba. Yo he estado toda mi vida trabajando en el mar para mantener a mi familia, quise que nunca les faltara de nada…pero aún así estaba dispuesto a llegar hasta el final, de modo que yo casi me había resignado a morir allí porque era el lugar donde debía estar: a bordo del barco y con toda mi tripulación. De ninguna manera hubiese aceptado que me liberasen solo a mí mientras los chavales quedaran allí secuestrados, enfermos y al borde de la muerte” .

Algunos de los marineros del buque retenido en Yemen.

A Pablo, que ha mantenido su entereza, le cuesta hablar de su familia. Es el momento de nuestra conversación en que, por primera única vez desde que regresó, se le nublan los ojos de emoción. Pero enseguida se recupera, levanta la cabeza y espeta:

“Que conste que yo voy a volver al mar, eso que nadie lo dude. Tengo una de las profesiones más dignas del mundo y me siento orgulloso de ella”.

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El microbús en el que Costas y su tripulación fueron trasladados hasta el hotel.

El microbús en el que Costas y su tripulación fueron trasladados hasta el hotel.

-Oiga Pablo, ¿Y si un hijo suyo le dice que quiere dedicar su vida a navegar y pescar, que quiere seguir su ejemplo, ¿le animaría?

-Pues no te voy a mentir. Si es su voluntad, y no tiene otro remedio, que trabaje en el mar pero, desde luego, no sería yo quien le animase hacerlo. Ni a mi hijo ni a nadie. El mar te da mucha riqueza, pero también te quita mucha vida”.

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