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Opinión

La maldición de los bares sin prensa

¡Que no retiren los periódicos de los bares, por favor!

¡Que no retiren los periódicos de los bares, por favor!

En mi tiempo no llegaban los bebés por amazon ni existían los community manager, gracias a Dios. Ya por decir gracias a Dios se puede saber que no soy de este tiempo en que no se utiliza a Dios como recurso literario sino a ídolos mediáticos o del cómic, igual que no soy de Tinder para ligar sino del alterne o que tampoco soy periodista de los de ahora uncidos a un smartphone y que el primer pis del día lo hacen consultando las noticias teléfono en mano (en la otra) sino de los que bajan al quiosco a comprar los de papel. No voy a decir que cuando empecé trabajábamos con palomas mensajeras porque exageraría, pero había tíos con mono en el taller y un ejército de correctores humanos porque no se había inventado el internet y mucho menos el corrector ortográfico. Me retiré de lo diario justo a tiempo, cuando vi que empezaba a mandar la maldición de los whatsapp, los correos, las redes y la madre que las parió y todo se convertía al segundo en urgente, difícilmente planificable, agotador.

Acabé el otro día el libro de mi colega profesional y generacional, solo que más culto, Jesús Ruiz Mantilla, titulado precisamente “Papel”. Me sentí representado en los dos personajes que nutren su novela, un reportero veterano y una periodista milenial en el mismo periódico, que se abren paso como símbolos del mundo dispares, el de la tinta, analógico, y el digital de las pantallas. Tengo memoria repetida en mi cuerpo de esa experiencia que a veces crea lazos nutricios más allá de los profesionales. Por medio, un relato atractivo y lúcido sobre la reconversión de la prensa de papel, en franco e incierto proceso de reciclaje hacia su digitalización aunque haya ejemplos únicos, heroicos y admirables en nuestro propio grupo abriendo un periódico en Madrid.

Yo viví las últimas décadas dentro del periódico a caballo de ambos, colgado del ordenador aunque preguntándole a los mozuelos que llegaban para nutrir el sistema tecnológico si http era un partido político o phishing una perversión sexual. Cada uno es de su cultura y yo soy tan del periodismo de papel que procuro visitar los bares que ofrezcan la prensa a sus clientes y evitar a los que, amparados en la disculpa de la pandemia, no han vuelto a reponerla. Lo mismo pasa en los trenes que uso con frecuencia, y tengo a los revisores hasta el gorro de que les pregunte si es posible que aún no tengan prensa, que antes incluían ustedes en Preferente por el mismo precio? En cuanto a los quioscos, cada vez menos, quiero formar un grupo de presión para que sean subvencionados como un teatro, porque no es menor centro de importancia cultural. O sea que no entro en bares sin prensa, quiero que promocionen los quioscos y, aún más: selecciono a mis amigos de modo que otorgo más confianza a los que pasan páginas todos los días. Admiro y me emociona la gente que veo con un periódico bajo el brazo y tienen preferencia en mi existencia los que lo reciben como suscriptor en su casa todos los días. Gente de fiar.

Ya solo escribo columnas diarias, me salvé por los pelos del nuevo trabajo que hay que hacer dentro de las redacciones: establecer mecanismos de defensa contra esos perros de la guerra que fabrican bulos. Son el Sálvame del periodismo, como tener un Jorge Vázquez liado con una María Patiño en el cuarto de baño. Desde que la gente se ha idiotizado tanto que pierde su tiempo dando crédito a lo que les llega por el teléfono, se ve sometida a un bombardeo dirigido a sectores de la población que puedan ser afines a discursos radicales y populistas. Hay fábricas de bulos, patrañas, porque la verdad tarda mucho más en imponerse que la mentira, y las hay con interés de manipulación política respaldadas por gobiernos deleznables como filtradas por personas o empresas radicadas en un polígono de cualquier ciudad, que se forran fabricándolas a cargo de quienes se las pagan. Yo, a las que no firma un periódico, ni agua.

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