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Mujeres fuera de serie

La guardiana de la memoria gallega

La estradense Ofelia Rey es una de las historiadoras más prestigiosas de España y está reconocida internacionalmente. Prolífica autora, la catedrática fue la primera investigadora de Humanidades que recibió el premio María Josefa Wonenburger

La historiadora Ofelia Rey en la biblioteca de la facultad de Historia de Santiago

La historiadora Ofelia Rey en la biblioteca de la facultad de Historia de Santiago Xoán Álvarez

Entre las personas que triunfan y son referentes en determinados ámbitos de la vida, las hay que desde su más tierna infancia tenían muy claro lo que querían ser y lucharon por ello. Pero también están aquellas que, sin una vocación clara, llegaron por casualidad a un terreno y descubrieron después que era el lugar en el que podían dar lo mejor de sí mismas. Este es precisamente el caso de la historiadora Ofelia Rey (Arnois, A Estrada, 1956), una de las historiadoras gallegas más prestigiosas, prolífica autora, reconocida a nivel internacional y primera investigadora de Humanidades que recibió el premio María Josefa Wonenburger.

¿QUIÉN SOY?

“Una profesora; enseñar es lo que más me gusta y así quiero que me recuerden. Y una voraz lectora, porque la lectura nos hace libres”

Ofelia no soñaba de niña con investigar el pasado, sino que tenía los pies muy amarrados al presente. Sus padres trabajaban en una ferretería, en la que ella y sus hermanos ayudaban a diario. Aunque ambos progenitores contaban con escasos estudios ­-“mi padre tuvo que abandonar el instituto por problemas políticos durante la Guerra Civil”­- eran ávidos lectores y se empeñaron en que sus cuatro hijos llegaran a la universidad. “Especialmente se esforzaron por las tres chicas, una mentalidad muy habitual en las aldeas”, recuerda Ofelia.

Nuestra protagonista, la mayor de sus hermanos, era muy buena estudiante. Le encantaba aprender: “Le debo todo al maestro de mi escuela”, agradece. Después, en el Instituto Rosalía de Castro de Santiago, tuvo otros grandes maestros como Carballo Calero, que fue quien le hizo amar la filología. “Tanto era así que cuando estudiaba bachillerato elegí como optativas latín, griego e inglés y rechacé geografía e historia”, cuenta.

Ofelia en 1964, en la escuela de Arnois

Pero el destino, a veces, es quien mejor guía nuestro camino. El año en que la joven tenía que empezar la carrera, 1973, hubo un inesperado cambio en el calendario de las universidades. “Yo vivía en la aldea y estuve 6 meses ayudando a mis padres en la ferretería, así que no me enteré de la variación. Fui a Santiago a matricularme a Filosofía y Letras y resulta que ya no existía. Me dirigí a Filología y vi que el latín, que no me gustaba, era obligatorio. Yo estaba apurada porque no podía perder el último autobús que salía para la aldea, así que pregunté qué facultad había más cerca y el bedel me dijo que Geografía e Historia. Y allí me fui y hasta hoy”, cuenta divertida.

“Cuando empecé, la universidad estaba muy mal pagada; cobrábamos la cuarta parte que un profesor de instituto, pero descubrí un mundo apasionante"

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El comienzo en la universidad fue decepcionante para Ofelia. “Yo venía del Instituto Rosalía, que era uno de los mejores de Galicia; teníamos un profesorado muy bueno, no había boletines de notas ni uniforme y las clases eran muy dinámicas. Al llegar a la universidad, en cambio, todo era muy pautado y rígido”, explica. Pero a partir del tercer curso, Ofelia vio que la universidad le ofrecía otras cosas y se enamoró de la carrera. “La verdad es que nunca me arrepentí de esta elección”, asegura.

La estradense destacó pronto con sus excelentes resultados, pero no imaginaba que la universidad iba a ser su destino definitivo. Antes de finalizar la carrera, los profesores ya se habían percatado de su capacidad de trabajo y de su forma de escribir y la ficharon en un departamento. Se licenció y doctoró con Premio Extraordinario y obtuvo una beca de investigación del Ministerio, por lo que ya entró de cabeza en la universidad. “Cuando empecé, la universidad estaba muy mal pagada; cobrábamos la cuarta parte que un profesor de instituto, pero descubrí un mundo apasionante. En estos 43 años no me he aburrido ni un solo día”, afirma.

"Históricamente las gallegas han sido más independientes"

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Ofelia Rey en 1982, en su primera intervención en un congreso internacional

Ofelia disfruta impartiendo clase “y creo que eso se contagia a los alumnos”. Pero la investigación es la que le ha facilitado la libertad de trabajar en lo que más le interesa. “Mi trabajo tiene una parte creativa muy grande; los historiadores vamos con los ojos abiertos y los temas aparecen por todas partes”, reflexiona.

El trabajo en equipo es otra de las ventajas que la historiadora encuentra en su trabajo. “Tengo un equipo de gente muy joven y gracias a ellos vivo en un mundo irreal: no tengo conciencia de mi edad”, ríe. Investigar es su gran pasión y, asegura, no disminuye con los años. “Cuando decido bajar el ritmo se acerca un alumno que quiere optar a una beca o realizar un doctorado y me pide ayuda. Y no puedo negarme, así que me engancho cuatro años más decidida a que salga adelante”, describe. A cambio, recibe muchas satisfacciones: “Cuando les otorgan premios por sus tesis, publican artículos… Su alegría es también la mía”.

Los premios y reconocimientos han sido constantes en la propia trayectoria de Ofelia Rey. “A mí me motivaron mucho y es una cadena porque algunos tienen retribución económica que te abren puertas para una beca más importante o para ir al extranjero a trabajar una temporada”, explica la historiadora.

Ofelia, recibiendo el Premio Wonemburger en 2011

Ofelia alcanzó la cátedra con 45 años, algo que hoy en día sería imposible. “Historia es una carrera muy masculina. Cuando yo estudiaba había muchas mujeres, pero a partir del 89 comenzó a cambiar y cada vez había menos alumnas… Hoy son solo un 20%”, indica. Cuando ella entró en la universidad, su departamento estaba formado por entero por hombres. “Precisamente querían contar con alguna mujer en el equipo, pero yo dejé claro que no me dedicaría únicamente a hacer historia de mujeres, sino que mi especialidad era la historia económica”, advierte.

Acceder a una cátedra, sin embargo, sigue siendo más complicado para las mujeres que para los hombres. “Nosotras solemos tener a nuestro cargo a hijos o a padres, lo que suele retrasar mucho la llegada a la cátedra. Realmente las tareas no están repartidas. Las mujeres no pueden asistir apenas a los congresos o realizar estancias en el extranjero. Es difícil de solucionar”, opina.

Ofelia no se planteó tener hijos; la investigación era su prioridad. “Adoraba viajar, conocer gente y tener experiencias distintas. Con una familia habría sido imposible realizar mis investigaciones y por eso ni siquiera lo consideré y nunca me he arrepentido. Mis sobrinos me han dado mucha satisfacción y tengo una familia extensa que me apoya en todo momento”, asegura.

"No me interesan ni reinas ni santas; quería contar la historia de las mujeres comunes”

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Ofelia ha dedicado una buena parte de su investigación a la historia de las mujeres. “Tardé en decidirme porque venía de la historia económica, que no diferencia sexos, y la corriente de la que yo procedo, que es la escuela francesa, era muy reacia a la historia de las mujeres. Sin embargo, cambié de idea durante un congreso en 1989 en Italia sobre Mujer y vida económica. Allí descubrí que se podía hacer una historia de las mujeres como yo quería: a mí no me interesan reinas ni santas, quería hablar de campesinas, artesanas, las mujeres comunes”, explica.

Dirigió la tesis de Serrana Rial García, “Mujer y actividad económica en la Galicia moderna”, que recibió numerosos premios, y a partir de ahí siguió trabajando en diversos temas como el monacato femenino, aunque su especialidad es la relación de las mujeres con los movimientos migratorios. De hecho, dedica su último libro, “El vuelo corto. Mujeres y migraciones en la Edad Moderna”, a las mujeres de su familia, que gran parte emigraron a América. “Mis bisabuelas y mi abuela me dieron esa lección de historia porque vivieron solas y tuvieron que alimentar a sus familias, sin volver a ver a sus parejas”, cuenta.

La historiadora Ofelia Rey en la biblioteca de la facultad de Historia de Santiago Xoán Álvarez

La gallega ha sido directora de la revista Obradoiro de Historia Moderna y forma parte del comité científico de varias revistas académicas. Critica que “buena parte de los consejos de grandes grupos editoriales están compuestos íntegramente por hombres”. Lamenta también la actitud de los medios de comunicación, que solicitan la colaboración mucho más a los hombres historiadores que a ellas. “Se dirigen a nosotras especialmente por temas referentes a mujeres; como si solo pudiéramos ser expertas en este tipo de Historia”.

En estos momentos, además de la docencia y ponencias varias, Rey investiga sobre un tema muy particular de historia social, los afectos creados; los sentimientos que se crean en relaciones familiares como madrinas y ahijadas, madres adoptivas, las madrastras y las suegras. Dirige también un proyecto europeo sobre resistencias sociales y no para de leer. “La novela actual me decepciona un poco, por lo que al final recurro también en mi tiempo libre a títulos de Historia. La lectura nos hace ser libres”, finaliza contundente. 

Las pioneras: Anna Comneno, la historiadora bizantina

El manuscrito "La Alexiada" escrito por Ana Comneno Wikimedia Commons

Ana Comneno era una joven princesa bizantina que fue testigo de excepción de la llegada a sus tierras de las primeras cruzadas.

Nació en 1083 y era la primogénita del emperador bizantino Alejo I Comneno y la emperatriz Irene Ducas.

Recibió una amplia formación en literatura, geografía e historia, convirtiéndose en una joven sabia y erudita. En 1097, con 14 años, se casó con el noble César Nicéforo Briennio, una relación que duró más de 40 años y de la que nacieron cuatro hijos.

Ana, que esperaba reinar como emperatriz, fue condenada al exilio por conspirar contra su hermano y durante ese tiempo continuó sus estudios y se decidió a iniciar una amplia historia sobre el reinado de su padre, conocida como La Alexiada (1148). A lo largo de 15 tomos, Ana describió más de 30 años de la historia de Bizancio y de su relación con Occidente.

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