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Calle del barrio de El Pópulo en el casco viejo de Cádiz, vacía en pleno mes de julio

Calle del barrio de El Pópulo en el casco viejo de Cádiz, vacía en pleno mes de julio MD

Hay hechos de la historia que no guardan ya el halo de lo magnífico y vetusto, que solo se visten de harapos viejos y pasados de moda que parece que no cuentan nada. Da la sensación de que a veces mirásemos el pasado sin esperar sorpresas ni revelaciones, cuando todo lo que somos se guarda en nuestros pasos a lo largo de los siglos. Sin embargo, nuestra memoria es perezosa y liviana y se desentiende de lecciones viejas, tal y como los niños desoyen con naturalidad los consejos. Estos días, paseando las calles de Sevilla y Cádiz, me pregunté cómo recordarán nuestros hijos esta época extraña, en la que a pesar de no haber vivido una guerra habitamos en la sensación de haber atravesado un campo bélico. Tras la pandemia, de la que todavía habremos de recibir latigazos certeros e hirientes, las calles no son las mismas. La vida late tímida, y faltan muchas imágenes y acentos extranjeros que ya habíamos sumado a nuestra idiosincrasia estival. Nada de sandalias con calcetines ni de pieles blancas con dolorosas y rojizas marcas de sol, pues los ingleses ya no hacen cola para entrar en el Alcázar de Sevilla, más recogido y melancólico que nunca. Tampoco los británicos deambulan por la calle Ancha de Cádiz, gastando sus libras en las maravillas locales. En uno de los callejones del mítico barrio de El Pópulo pude leer, escrito con unas toscas y desgarradas letras negras: “Menos turismo y más industria”.

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Me pregunto qué haremos para rearmarnos, y si seguiremos clamando al cielo que por favor “todo vuelva a la normalidad”. Y siento cierto rechazo ante ese tiempo usado que se supone que debemos rescatar. Nos resulta cómodo porque es conocido y predecible, y porque es un referente al que poder asirnos ante el vacío de la incertidumbre.

Pero yo sigo observando las calles, en las que solo escucho acentos andaluces y franceses, que exclaman con frecuencia un “¡Ah, magnifique!” ante los monumentos, y reflexiono en la posibilidad de albergar cierto optimismo utópico que haga de nosotros seres de mayor inteligencia emocional y racional. Oh, ¿se imaginan? Detener la maquinaria y pensar con espíritu crítico y no gregario. Derribar fronteras imaginarias y permitir que nuevas historias comunes forjen una idiosincrasia moderna, en la que hábitos saludables reemplacen los sedentarios; en que sepamos mantener el equilibrio entre lo necesario y lo superfluo… ¿Volverán los delfines a los canales de Venecia o arrasaremos el futuro con aguas nuevamente oscuras? Acaban de anunciar que en Europa se prohibirán plásticos de un solo uso: un primer paso en un camino largo.

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¿Saben qué? En Sevilla busqué un restaurante que antes había sido librería. Yo sabía que al llegar se cenaba entre libros descatalogados que, si querías, podías adquirir al peso. Me dio mucha pena ver su cartel en la puerta, cerradas todas sus ventanas: “Sorry, we are closed”.

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Así, en inglés. Que lo sentían, que estaban cerrados. Y el tono era definitivo y su mensaje tenía un claro destinatario, que no parecía andaluz. Supongo que, al final, todo volverá a esa “normalidad” ansiada. Ojalá, cuando suceda, nosotros ya no seamos los mismos.

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