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Pudrideros humanos

Los guerreros de terracota de la tumba del emperador, en Xian.

Los guerreros de terracota de la tumba del emperador, en Xian. ADRIAN BRADSHAW

Se nos han muerto miles de ancianos, en el recuento de la pandemia, y parece que apenas se nos hubiera muerto alguien. Han caído a mansalva. La edad se ha contabilizado como patología previa. Además de vivir como si nos creyésemos eternos, también elegimos ignorar que envejeceremos. Pensamos, en todo caso, que eso solo le sucede a otros, tal vez como castigo a sus pecados o por alguna corrupción genética. La misma palabra, viejo, horripila y se rechaza. Indigna a gente cuyos huesos desmienten la jovialidad que pretenden. Siguen aferrándose al último jirón de madurez. Queremos contener el tiempo con maquillaje y cirugía. Igualmente vendrá a por nosotros.

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Aún no somos viejos, los que no lo somos, pero lo seremos en el mejor de los casos. Cada vez nacemos menos y vivimos más. Ni morimos jóvenes ni dejamos bonitos cadáveres. Los fondos de inversión, escasamente samaritanos, invierten en asilos. Han echado cuentas y le están sacando tajada a la pirámide demográfica invertida. Nos estamos quedando sin hijos que nos amen o detesten. Mi generación tendrá que abandonarse a sí misma en las gasolineras.

La medicina jamás le gana la batalla a la decrepitud. Por mucho que nos prolongue y conserve, ese socarrat biológico resiste. Muchos concluiremos nuestros años demenciados, inválidos, dependientes, con las manos temblorosas, los ojos vidriosos y los esfínteres descontrolados, enclaustrados en nuestros recuerdos o en la tristeza de lo que se nos va desvaneciendo. Si nos quedásemos callados en este preciso instante, podríamos sentir cómo nuestra renovación celular se ralentiza. Nos descomponemos en una pizca cada día. Hacemos ruido para silenciar ese rumor de derribo.

Manuel Rico, ¡Vergüenza! El escándolo de las residencias

Manuel Rico ha escrito “¡Vergüenza!”, un libro sobre las residencias que algunos gobiernos autonómicos convirtieron en pudrideros humanos cuando el COVID arreció. También sobre el sector en general: la precariedad de sus empleados, la falta de intimidad de sus residentes, la inmoralidad de sus facturas que el dinero público riega sin control. Acabaremos ahí, estabulados. No nos indignamos porque eso nos obligaría a contemplar nuestra futura decadencia. Apartamos la mirada del espejo. Pero agostarse dignamente es uno de los grandes desafíos que afrontamos.

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Qin Shi Huang, el primer emperador chino, se pasó sus últimos años buscando el secreto de la inmortalidad. Emprendió una gira por los lugares más recónditos del país, visitando templos y persiguiendo leyendas. Cambiaba de ubicación cada noche porque creía que así despistaría a la muerte y eludiría su ocaso. Nada pudo protegerlo, como tampoco la muralla que había mandado erigir contra los nómadas esteparios. Lo que mejor se conserva es la terracota de los guerreros que custodian su tumba. A nosotros nos compone la carne perecedera y de nada sirve ocultar esa verdad tras los muros de las residencias.

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