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La historia más oculta del Valle de los Caídos

Pilar y Carmen Barros relatan cómo vivieron sus padres los años en que él trabajó allí de cantero. Una excavación arqueológica reciente documenta las pésimas condiciones de vida de los presos y sus familias

Las hermanas Carmen, nacida en el Destacamento de Cuelgamuros en 1948, y Pilar Barros Barco muestran un retrato familiar de sus padres y otro de niñas junto a su hermano, que vivió con sus progenitores en el actual Valle de los Caídos entre 1947 y 1950.

Las hermanas Carmen, nacida en el Destacamento de Cuelgamuros en 1948, y Pilar Barros Barco muestran un retrato familiar de sus padres y otro de niñas junto a su hermano, que vivió con sus progenitores en el actual Valle de los Caídos entre 1947 y 1950. Iñaki Osorio

El 10 de julio de 1948 la ourensana de Magros, en Beariz, Erundina Barco supo que el bebé que esperaba estaba a punto de nacer. Avisó a su hijo de cinco años, Pepe, el único acompañante en la choza que habitaba en Cuelgamuros, justo a 50 metros del ascensor que actualmente sube a la cruz del Valle de los Caídos. Su marido trabajaba en la construcción del megalómano conjunto monumental ideado por el dictador Franco y pernoctaba en los barracones junto a otros obreros. “Mi madre ya había preparado una tina con agua y en el momento en que nací le dijo a mi hermano, que fue mi comadrona, que cortase el cordón umbilical”, relata desde su casa de Carballiño Carmen Barros Barco, la niña que nació ese día en la infravivienda que había construido hacía más de un año su padre con dos piedras, ramas y un techo de cemento para tener a su esposa y a su hijo cerca.

A la izquierda, los gallegos Manuel Barros y Erundina Barco con su hijo en junio de 1947.

A la izquierda, los gallegos Manuel Barros y Erundina Barco con su hijo en junio de 1947. Iñaki Osorio

“Según nos contaron mi madre y mi hermano, las condiciones de la choza eran penosas, no había agua corriente ni electricidad, la cama era un catre hecho con tablas y el tejado, que había cuarteado por el calor, era un colador. Para colmo una hora después empezó a llover y acabamos bañados los tres, incluso mi hermano, que se había metido debajo de la cama para no mojarse”, comenta esta mujer acompañada de su hermana menor, Pilar, que nacería tres años después ya en Galicia cuando sus padres pudieron regresar.

Manuel Barros, cantero de Beariz, estuvo en Cuelgamuros desde 1947 a 1950, primero haciendo zanjas y después, en cuanto el director de prisión supo su oficio, como cantero. Es uno de los veinte mil trabajadores que construyeron el Valle de los Caídos, de los cuales se calcula que entre cinco y seis mil eran presos políticos y comunes que escogían ese destino porque gozaban de mejores condiciones que otras cárceles, recibían un salario - “Papá cobraba una peseta por jornada más lo que hacía de horas extra, pero solo le daba para comer”, dicen las hermanas Barros Barco- y le rebajaban la condena -por cada día de trabajo le conmutaban tres de pena-. 

las hermanas Pilar y Carmen Barros, quien nació en una chabola en Cuelgamuros en julio de 1948. Iñaki Osorio

Erundina acudió a acompañarlo en cuanto pudo, al igual que hicieron otros familiares de presos a los que al principio solo se les permitía ir de visita los domingos, pero después se quedaron en las infraviviendas que fueron construyendo, no autorizadas pero si toleradas por los dirigentes. “Como buena gallega, mamá era muy apañada, vio un regato que tenía cerca y montó una huerta”, explica Pilar. Para hacerse con abono, Erundina, que fue a Cuelgamuros con 30 años, uno menos que su esposo, recogía las heces de los animales. “Las andaluzas se reían: “mira que es rara la jodía gallega que coge las bostas con las manos”. Pero al ver que tenía judías, alubias, guisantes y demás cultivos, le pidieron que les enseñara a plantar”, narran estas hermanas. “Mamá decía que desde entonces no encontraba ni una bosta”.

La familia Barros en Cuelgamuros en los años 80

La familia vivió en ese lugar de la sierra madrileña hasta 1950. El cantero continuó trabajando unos meses después de conseguir la libertad hasta que un familiar de su esposa lo requirió para trabajar en las minas de wolframio que llevaba en San Amaro (Ourense). Tres años después , y ya con Pilar como nueva integrante de la familia, los cinco emigran a Brasil, donde el cantero trabaja en su oficio y en demolición de viviendas.

En 1973 Pilar y Erundina regresan a Galicia para establecerse aquí definitivamente y Manuel lo hará dos años después. El hijo mayor, Pepe, se queda en Brasil, donde continúa viviendo actualmente, y Carmen emigra a Suiza con su marido hasta que vuelve a Galicia en los 90. El matrimonio regresa una sola vez al Valle de los Caídos acompañado por su hija Pilar hacia 1988. “Nos hicimos una foto en el sitio donde estaba la caseta en que vivieron mi padres y mis hermanos. Se emocionaron al verlo, me explicaron cómo era la chabola pero poco más. No solían hablar de esa fase de su vida. No creo que tuvieran buenas experiencias allí”, comenta Pilar.

Conjunto monumental del Valle de los Caídos, construido en la zona conocida como Cuelgamuros ubicada en la sierra madrileña, en el municipio de San Lorenzo de El Escorial. Mariscal

Construir otro relato

La vida de los trabajadores que construyeron el monumento franquista es la historia más oculta del Valle de los Caídos. Con el objetivo de combatir el discurso sobre la colosal estructura ofrecido por la dictadura y contribuir a crear un relato más adecuado a los valores democráticos, la Secretaría de Estado de Memoria Democrática lidera un proyecto de resignificación de la zona que ha incluido, entre otras acciones, una campaña de excavaciones arqueológicas llevada a cabo durante un mes, entre abril y mayo pasados, por un equipo de arqueólogos bajo la supervisión de Alfredo Fernández- Ruibal, del Instituto de Ciencias del Patrimonio, institución del CSIC con sede en Santiago de Compostela. “Nuestro objetivo era descubrir cómo vivían esos trabajadores desde 1943 a 1950 y las familias que se establecieron allí para acompañarlos”, explica Fernández-Ruibal.

El trabajo arqueológico se centró en los espacios donde se alojaron esas personas, tanto los barracones de los obreros y presos como las infraviviendas que ocuparon sus familiares. “Partimos sin nada de información de archivo y pocos testimonios publicados, ya que éstos se empezaron a recoger en los años 70”, explica este arqueólogo.

Precisamente el primer y más extenso trabajo testimonial que existe sobre Cuelgamuros es obra de otro gallego, el periodista y escritor Daniel Sueiro, que en 1976 publicó “La verdadera historia del Valle de los Caídos” (reeditado en 1983, 2006 y en 2009, ésta última en Tebas Ediciones con prólogo de su hija, Susana Sueiro, catedrática de Historia Contemporánea de la UNED). Se trata de obra muy exhaustiva en la que aporta documentación y testimonios de protagonistas, desde responsables de la obra hasta trabajadores y familiares que vivieron allí. Otro libro que continúa la labor de Sueiro es “El Valle de los Caídos, una memoria de España” (Planeta, 2009), de Fernando Olmeda, quien también recoge testimonios pero ya de segunda mano.

El periodista y escritor Daniel Sueiro. Susana Sueiro

Daniel Sueiro, el gallego que desveló los secretos de Cuelgamuros en 1976

El escritor y periodista reunió y grabó testimonios de varios protagonistas de la faraónica obra 

“Tenía facilidad para que la gente le contase intimidades porque era discreto y empático; iba con su magnetófono y dejaba hablar a los que entrevistaba”. Así explica Susana Sueiro Seoane parte del trabajo de búsqueda de testimonios que realizó su padre, Daniel Sueiro 1931-1986), para realizar el libro “La verdadera historia del Valle de los Caídos”, un trabajo muy valiente que vio la luz en 1976, meses después de la muerte de Franco, cuando todavía funcionaba el Tribunal de Orden Público. Este gallego de Ribasar, hijo de un maestro nacional en esa aldea del municipio coruñés de Rois, trabajaba de periodista en Madrid y había escrito varias novelas, entre ellas “Los conspiradores”, con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1959. Su curiosidad por investigar la realidad social y política que lo rodeaba hizo que se fuera apartando del régimen e indagara sobre otros temas como la pena de muerte -suyo es el libro “Los verdugos españoles” que inspiró a Martín Patino para su escalofriante película documental-. Su hija conserva las entrevistas que realizó. 

Ambas publicaciones sirvieron a los arqueólogos de punto de partida para su trabajo, que vino a constatar lo publicado en 1976. ¿Cómo vivían los obreros y sus familiares en Cuelgamuros?. Fernández- Ruibal lo explica así: “Había dos partes: los destacamentos penales, barracones con dormitorios colectivos, cocinas y economatos, de los que se encargaban las autoridades y las empresas concesionarias de las obras, y un espacio ocupado por estructuras más o menos espontáneas , chabolas e infraviviendas que hacían los presos para sus familiares”. Al principio estas estructuras eran de materiales perecederos, en las primeras que se construyeron apoyaban unas cuantas ramas contra un bolo granítico cortado de una cantera y con unas chapas o telas remataban ese refugio temporal.

A partir de un determinado momento, los presos solicitan a las autoridades que les dejen construir casas permanentes para sus familias. “Esas nuevas chabolas tienen más entidad, están hechas con muretes de piedra, eran muy pequeñas, lo máximo que se autorizaba era de nueve metros cuadrados, aunque las hay de menor tamaño”, indica el arqueólogo del Incipit. Esas casetas no tenían ni ventanas, ni electricidad ni agua corriente. A veces se hacinaban en ellas cuatro o cinco personas. Estaban divididas en dos ambiente: uno para el espacio de la cocina, con pavimento de cemento y una pequeña chimenea que les servía para calentarse y cocinar, y el área de descanso, con el suelo de tierra compactada, donde se ponían las camas, unos jergones con estructura de madera o ramas, y en ocasiones de piedra, aprovechando el rebaje de la roca. “Eran muy pequeñas. Hemos documentado alguna de 1,60 m. de largo”, dice Ruibal. Los techos eran bajos, de una altura máxima de metro y medio, tal y como indica el testimonio del practicante al que entrevistó Daniel Sueiro, quien tenía que agacharse cuando acudía a una de estas chabolas.

Foto de trabajadores recogida en el libro “La verdadera historia del Valle de los Caídos”.

Trabajo sobre la roca para construir túneles. Cedida por Susana Sueiro

Las condiciones de trabajo eran durísimas. Los que se encargaron de excavar túneles y galerías, horadando y poniendo barrenos en el interior de la roca, sufrieron más que los que realizaban su labor al aire libre y acabaron muriendo prematuramente de silicosis ya rematada la obra. Las enfermedades más comunes eran las broncopulmonares a tenor de las medicinas halladas en la prospección arqueológica. Y es que el invierno en la sierra de Madrid, a más de mil metros de altura y con temperaturas bajo cero, provocaba gripes, catarros, pulmonías y otras afecciones respiratorias y pulmonares. También sufrían problemas digestivos relacionados con la mala alimentación -se hallaron botellas de laxantes, digestivos y complementos alimenticios como Ceregumil o glicina, utilizada en la postguerra contra el raquitismo-. Por supuesto también había numerosas lesiones musculares de las que da cuenta el hallazgo de tratamientos para tirones o inflamaciones como el linimento Sloan, muy popular en la época.

En cuanto a la higiene personal, los presos y trabajadores que habitaban en los barracones disponían de letrinas, pero las personas que vivían en las chabolas debían ir al monte -algunos contaban con orinales que se han recogido a la puerta de las chozas- y se aseaban cómo podían en algún arroyo que encontraban.

La cantidad de suelas de zapatos encontradas en las excavaciones, la mayoría de mujeres y niños de corta edad, así como los polvos de talco Calber hallados indican que durante esos años- entre 1942 y 1950- se registraron nacimientos en esas infraviviendas. El practicante entrevistado por Daniel Sueiro recuerda un día que tuvo que asistir a una parturienta en una de sus chabolas, una muchacha de 16 años, de rodillas y alumbrándose con una tea, antes de que hubiese penicilina. Decía que fue un milagro que aquella joven no muriese en el parto.

Manuel Amil, el carpintero de la CNT que se fugó junto a Sánchez Albornoz

Este Republicano gallego fue asesor de los sindicatos en Santiago de Compostela, su ciudad natal

La fuga de presos del penal de Cuelgamuros en 1948 liderada por el comunista Nicolás Sánchez Albornoz también tuvo un protagonista gallego, Manuel Ami Barcia, carpintero de profesión y asesor de sindicatos en Santiago de Compostela, su ciudad natal, en el primer bienio republicano. Este líder de la CNT fue detenido en Alicante con miles de soldados republicanos al acabar la guerra y cuatro años después de cumplir su condena, en 1944, volvió a ser apresado cuando se dirigía a Francia en una misión como informador de las organizaciones libertarias en el exilio. Tras ser juzgado y condenado, fue internado en la cárcel del Dueso y luego trasladado a Cuelgamuros para colaborar en la construcción del Valle de los Caídos. Después de su fuga volvió a ser arrestado y encarcelado en El Dueso de donde salió en 1956. Regresó a Galicia y murió en 1972 en Pontevedra, donde trabajaba de albañil.

Entre los testimonios recogidos por Sueiro, se encuentra el de un maestro excondenado a muerte que impartió clases a hijos de capataces, encargados de obras, técnicos y funcionarios de prisiones -llegó a tener más de 60 alumnos de 6 a 14 años- . También destacan los relatos de personas conocidas a las que entrevistó, como Nicolás Sánchez Allbornoz, Francisco Benet y Manuel Lamela, que protagonizan la famosa fuga del Valle que contó Colomo en versión tragicómica en la película “Los años bárbaros”, los hermanos Benito y Paco Rabal, que crecieron allí porque su padre, un cantero murciano, estuvo preso por desafección al régimen, o Gregorio Peces Barba, el padre del que redactó la Constitución, quien iba a visitarlo con 5 años acompañado de su madre. Barreneros, presos anónimos y otros profesionales vinculados a esta construcción, como los arquitectos y el escultor, también fueron consultados por el escritor gallego. “Todos hicieron al autor confidencias comprometedoras y personales que se hubieran perdido de no ser por el libro”, destaca su hija, Susana Sueiro.

Francisco Franco en una de las visitas que realiza a las obras.

Esta catedrática de historia contemporánea realiza un breve resumen por la historia del Valle de los Caídos que narró y documentó su padre. “El monumento era una idea megalómana de Franco, que le obsesionó ya antes de acabar la guerra civil” y que emprende en 1941. Pretendía hacer una obra funeraria de grandes proporciones para albergar y honrar “a los héroes y mártires de la gloriosa Cruzada, a los caídos por Dios y por España”. Pensaba acometerlo en un par de años pero tuvieron que pasar veinte por problemas que surgieron en las obras y porque el dictador, que supervisaba cada detalle, mandaba rehacer lo que no era de su agrado. Lo que iba a ser solo para los caídos por el bando nacional -José Antonio Primo de Rivera incluido y con un lugar destacado- pasó a convertirse también en tumba de republicanos para contentar a una Europa en la que habían ganado los Aliados y no veían con simpatía los totalitarismos. “También porque necesitaba ocupar tanta cripta de cadáveres -hay 34.000, de los que 12.000 son desconocidos-. “En principio los traslados de los cadáveres tenían que solicitarlos los familiares pero como ese llamamiento no tuvo demasiado éxito, se realizó de forma masiva y con gran descuido, incluso con nocturnidad, y el apoyo de los monjes benedictinos de la abadía que hacían una descripción muy somera de lo que iba entrando en cajas. Hasta el punto de que hay gente que hace poco que se ha enterado de que tiene un familiar enterrado allí y otros nunca lo sabrán”, comenta Susana Sueiro, quien reclama que se cambie el discurso sobre el Valle de los Caídos que se ofrece actualmente a los visitantes. “No hay nada que indique que allí hay tanta gente enterrada -no se ve porque son sepulturas subterráneas- ni una explicación de la historia real”.

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Excavaciones arqueológicas en Cuelgamuros: cómo vivían los presos y trabajadores del Valle de los Caídos Álvaro Minguito

Arqueólogos del INCIPIT de Santiago investigan los restos de viviendas

Una quincena de arqueólogos, más de la mitad de ellos del Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit) del CSIC, con sede en Santiago de Compostela, ha trabajado en la campaña de prospección llevada a cabo durante un mes esta primavera en los espacios donde se alojaban los trabajadores y presos que construyeron el Valle de los Caídos y los familiares que les acompañaron durante la década de los años 40 del siglo pasado. 

Un equipo liderado por el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC se encarga de estudiar y documentar los hallazgos en los barracones y las chabolas donde se alojaban los trabajadores y sus familiares

En concreto, el trabajo se realizó en los tres destacamentos penales, fundamentalmente el que alojaba a los encargados de construir la carretera de acceso a la basílica, y en chabolas aisladas en las que vivieron los familiares de los presos hasta 1950, año en que se destruyen esas construcciones. “Al trabajar sobre una demolición intencionada, las estructuras quedaron selladas con tierra y piedras”, explica Alfredo Fernández-Ruibal, arqueólogo del Incipit coordinador de la prospección, de ahí que haya habido que contar con la contribución de la arqueología contemporánea. “En términos prácticos ha sido como excavar un yacimiento prehistórico porque estamos hablando de unos espacios que no han dejado ninguna traza documental -no hay archivos que nos digan cómo eran las construcciones ni quienes vivían-.

Alfredo Fernández-Ruibal, arqueólogo jefe de la excavación en el Valle. Álvaro Minguito

En ese mes de campaña, los investigadores documentaron la existencia de barracones y chabolas y hallaron valioso material que les permite construir un relato de las condiciones de vida de los habitantes de ese poblado. “La arqueología contemporánea normalmente tiene ese elemento emocional de sentirte más cerca de las personas que investigas y entender mejor sus vidas. En este caso todavía más por las condiciones en que vivió esa gente y por el tipo de restos que encontramos, como los polvos de talco de la marca que yo usaba de pequeño, los zapatos de un niño o la cartera de una mujer”, explica este investigador.

El material recogido está siendo ahora estudiado en el laboratorio y una vez finalizado el trabajo de procesado debería destinarse a un museo de Patrimonio Nacional que explique esa parte de la historia del Valle de los Caídos menos conocida y estudiada hasta el momento.

Prospección en una de las chabolas de Cuelgamuros. Álvaro Minguito

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