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Silencios incómodos

Silencios incómodos

Silencios incómodos

Mi Lama camina por casa como una monja y cierra los cajones con la delicadeza de un ladrón de joyas. No da portazos, jamás arrastra sillas y nunca me despierta si se levanta antes. Al entrar en el salón, lo primero que hace es robarme el mando, me mira como si fuese un anciano y baja el volumen. Mi relación con el silencio, en cambio, siempre ha sido complicada, tal vez tenga que ver con que me crie con una familia numerosa.

Desde niño he tenido facilidad para la conversación. En buena medida, me viene de mis amigos del colegio, con los que hablar en los portales era el único deporte en el que destacábamos. Desde siempre he sido preguntón, convencido de que cada persona lleva dentro una historia. Por regla general, compruebo que a la gente le gusta que me interese por su vida, aunque en más de una ocasión me he llevado un buen corte por meterme donde no me llaman y en otras, pregunto más de lo que soy capaz de escuchar.

Conozco pocas personas con quien disfrutar del silencio. Mi peluquero Jorge es una de ellas, completamente alejado del estereotipo de chismoso o barbero filósofo. Tras un saludo breve, se pone a la tarea y pronto nos quedamos callados. No me siento incómodo, ni obligado a decir nada. Quizá todo tenga que ver con los lugares. En los taxis, el silencio tiene esa cualidad hipnótica de las imágenes en movimiento. Tal vez dé por hecho que el conductor no espera más de mí que el precio de la carrera.

‘Ha sido un placer viajar con Ignacio y también con Nacho’

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Hace un par de veranos, mi Lama y yo llevamos a un chico a Coruña, una de esas personas que usan Blablacar. Mi Lama ocupó el asiento de copiloto y el chico se sentó detrás. Todo resultó agradable. Trabajaba como guía y nos reímos con sus anécdotas de guiris estrafalarios. Sin embargo, me llamó la atención el desparpajo con el que mi Lama se dedicaba a contemplar el paisaje o a cerrar los ojos para descansar, como si contribuir a la conversación no fuese cosa suya. “Ya sé que hablarás tú’, me dijo. Un par de días después, mi Lama y yo leímos la valoración del viaje que nuestro pasajero había escrito en mi perfil: ‘Ha sido un placer viajar con Ignacio y también con Nacho’. Supongo que me queda trabajo por hacer.

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