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sÁlvese quien pueda

Cuidado al decir ¡patata! ante el fotógrafo

Un foto con trasfondo y Pulitzer. El buitre esperando la muerte de la niña.

Un foto con trasfondo y Pulitzer. El buitre esperando la muerte de la niña.

Acabo de encargarle a Marta, fotógrafa de mi periódico, una foto de los integrantes de un estudio de tatuaje, sugiriéndole que consiguiera una especie de retrato de familia a lo Schommer. Al colgar, pensé en las miles que habré encargado a lo largo de mi trayectoria profesional, en la importancia que las imágenes habían tenido en mi vida aún cuando mi trabajo siempre fue el texto que las acompañaba o por el que se hacían. Decía el otro día Antonio Muñoz Molina que en cada foto está contenido un mundo de información y otro de desconocimiento. Claro, incluso en fotos inocentes como un selfi, la foto de tus pies, un retrato frente al espejo o con tu perro hay significados ocultos que pueden descifrar los psicólogos.

Están las fotos que encargas con la mejor intención y que cuando son publicadas reciben interpretaciones inesperadas y te llevan hasta los tribunales. Recuerdo a aquella mujer que captamos buscando comida en un contenedor y el texto que hice atacando las desigualdades, y resultó que la señora estaba depositando y no cogiendo alimentos. ¡Vaya lío con ella, a pesar de que no descubrimos su cara! O cuando publiqué la imagen de un ciego durmiendo en la vía pública con sus décimos de la ONCE sobre su estómago con un texto muy respetuoso y me denunció por poner ante la vista de los demás su falta de vista; o cuando escribí un pie de foto sobre dos mujeres asomadas a un balcón que no conocía de nada y también me denunciaron por escribir la palabra “pareja” insinuando que eran lesbianas con ello, como si el lesbianismo fuera algo execrable y no hubiera parejas hasta de la Guardia Civil. Lo increíble es que lo eran, como supe después. También recuerdo fotos que se convirtieron en póstumas ya que cuando las encargué ni yo ni el fotografiado imaginaban que él no estaría vivo al día siguiente. Entre ellas, las últimas que le hicieron a Celso Emilio Ferreiro, que falleció inesperadamente un día después de la entrevista, aún no publicada. No voy a negar que en alguna ocasión yo mismo me encargué de matar a alguien con nombre y apellidos al confundir su posición dentro de un grupo en la imagen. Por fortuna, los afectados que he mandado virtualmente al otro mundo lo tomaron a broma.

Tripulación del Challenger: Michael J. Smith, Francis Scobee, Ronald McNair; (fila trasera) Ellison Onizuka, Christa McAuliffe, Gregory Jarvis, Judith Resnik. FDV

O sea que hay que tener cuidado tras decir “patata” ante el fotógrafo porque no se sabe qué va a ocurrir después. Robert Landsberg captó la pared de ceniza que lo mataría durante la erupción del Santa Helena. Protegió la cámara con su cuerpo. O los astronautas del Challenger subiendo a bordo y haciendo un saludo sonriente para la historia. Explotó 73 segundos tras despegar y todos murieron. O la foto que hizo Dave Hally a su esposa e hija antes de despegar cuando iban de vacaciones. Poco después, el vuelo fue derribado por las fuerzas pro-rusas ucranias y murió todo el mundo a bordo. Yo mismo tengo una de noche de fiesta con varias damas sin imaginar ni por asomo que una de ellas iba a ser mi esposa. No pretendo situarlo en el mismo nivel de tragedia, pero...

Sumo una vida, 45 años al menos, escribiendo todos los días y sin hacer una foto ya que no es mi trabajo, pero ahora me doy cuenta de que siempre estuve pensando en términos fotográficos, bien porque me llegaban y me sugerían o porque la encargaba yo ya con esa intención. Y es que tienen un trasfondo que solo conocen quienes las hacen y eso lo saben especialmente los reporteros de guerra, cargados con problemas éticos incluso. Kevin Carter (1960-1994) ganó el Pulitzer por la icónica y polémica fotografía de una niña famélica a la que acechaba un buitre en un Sudán arrasado por la guerra y el hambre en 1993. No intervino, pero obtuvo la foto. Hace muchos años me trajeron una foto de un obrero cayendo de un andamio a la altura de un quinto piso en Vigo. Quien me la quiso vender, dijo que estaba enfrente, lo venía venir, y solo esperó

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