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Las manos de Georgia O'Keeffe

El Thyssen expone la primera retrospectiva en España de una de las artistas más importante de las vanguardias del siglo XX

Georgia O`Keeffe, retratada po su marido, Alfred Stieglitz.

Georgia O`Keeffe, retratada po su marido, Alfred Stieglitz.

Tomo prestado el título “Las manos de Georgia O’Keeffe” de la serie de fotografías que en 1918 le hizo su marido, el fotógrafo pictorialista Alfred Stieglitz y que durante muchos años ocuparon el primer puesto en la lista de las fotografías más cotizadas de la historia. Porque fueron las manos de Georgia O’Keeffe las que pintaron los 90 cuadros que hasta el 8 de agosto se exponen en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid en una muestra que recoge por primera vez en España una retrospectiva completa de esta artista norteamericana que murió en 1986 a los 99 años. Además de cinco obras que son propiedad del Thyssen, el resto pertenecen a 35 diferentes museos y colecciones privadas de todo el mundo.

Georgia O’Keeffe es una de las pocas mujeres que consiguieron proyección internacional en las vanguardias artísticas del siglo XX. En 1916 una exposición de sus obras abstractas en la galería 291, que regentaba Stieglitz, deslumbró a la crítica norteamericana. Las había pintado cuando trabajaba como profesora en Texas y Carolina del Sur y en ellas ya evocaba los movimientos de la naturaleza. La exposición del Thyssen comienza con estas obras y continúa con el resto, en un recorrido cronológico y temático que permite contemplar su evolución.

La naturaleza fue una de las grandes pasiones de esta artista que comenzó pintando las planicies y los grandes cañones de Texas, las tormentas de Lake George y las espectaculares formaciones geológicas del Sudoeste norteamericano. En realidad no hacía otra cosa que recrear los paisajes de su infancia en la granja de sus padres en Wisconsin. Esta atracción por la naturaleza se manifestará también en sus famosas pinturas de flores y hojas en grandes formatos.

Sus cuadros sobre vistas de la ciudad de Nueva York pintados desde uno de los pisos elevados del Hotel Shelton de Manhattan, en donde vivió un tiempo con su pareja, le sirvieron de transición en la década de los años 20 hacia un nuevo encuentro con la naturaleza del Oeste americano y sobre todo la de Nuevo México, a donde se trasladó a vivir en 1940 fascinada por su geografía y sus paisajes. En los años 50 estuvo también en España, como etapa de una gira por varios países europeos. El viaje, tanto por los territorios de los Estados Unidos como por todo el mundo, fue parte fundamental del proceso creativo de los últimos años de la artista. A O’Keeffe le gustaba descubrir los paisajes en las largas caminatas que hacía en los lugares que visitaba. Las aprovechaba además para recolectar flores, hojas, trozos de madera, incluso huesos de animales, que después pintaba en grandes dimensiones para llamar la atención sobre lo importante que es observar los pequeños detalles. Flores de lis, amapolas y lirios (algunas con connotaciones sexuales) comparten aquí espacios con las hojas, las conchas y los huesos que recolectaba en esos paseos. Una de ellas, “Estramonio. Flor blanca Nª 1”, de 1932, se convirtió en 2014 en la obra más cotizada pintada por una mujer (más de 35 millones de euros). No fue la única barrera que rompió O’Keeffe: en 1946 también fue la primera mujer en exponer una retrospectiva en el MoMA de Nueva York.

En otra sala de esta exposición se presentan las pinturas que realizó a partir de 1918 cuando se instaló en Nueva York para dedicarse por completo a la pintura después de abandonar la enseñanza. Son abstracciones orgánicas en las que la pintora investiga las relaciones entre forma y color, y que la confirmaron como pionera en la abstracción pictórica. Cuando se expusieron a comienzos de 1920 la crítica llegó a hacer lecturas psicoanalíticas de algunas de estas obras.

Sus cuadros de Nuevo México, pintados durante varias estancias en su casa de adobe de Ghost Ranch, forman otra de las secciones de esta exposición. Destaca la serie que pintó del patio de su hacienda en el pueblo de Abiquiú en 1945, antes de trasladarse a vivir definitivamente a Nuevo México. En esta exposición se pueden ver también los cuadros relacionados con sus viajes por los países que visitaba, algunos inspirados en vistas que contemplaba desde la ventanilla del avión.

La exposición se cierra con una sala que acoge varios objetos del taller en el que trabajaba la artista cuyo cuidado y meticuloso proceso creativo se desvela gracias a la investigación de las técnicas que utilizó en los cinco lienzos que son propiedad del Thyssen-Bornemisza, una investigación realizada conjuntamente por el equipo multidisciplinar de restauradores, conservadores y químicos de esta pinacoteca y los del Georgia O’Keeffe Museum de Santa Fe.

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