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Faro de Vigo

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Madame Bovary

Fotograma de la película Madame Bovary

Ahora, que tenemos más información que nunca y que estamos tan perdidos como siempre, no me digan que no les apetecería que alguien o algo los sorprendiera, que los sacase del aturdimiento de lo cotidiano. Aunque resulte extraño, a veces lo nuevo e insólito debemos buscarlo en lo vetusto y sabido, en lo viejo. El otro día leí Madame Bovary por primera vez. Un clásico de Gustave Flaubert publicado en 1857, que había sido incluido por la Iglesia en su Índice de Libros Prohibidos y que, por si ese detalle fuese insuficiente para convencerme, había implicado un juicio para el autor por ultraje a las buenas costumbres y a la religión, ya que además había incurrido en “provocación pública de crímenes y delitos”.

A mayor abundamiento, Flaubert, con 22 años, había dejado su carrera de Derecho exclamando “¡Merde por le droit!”, por lo que ante tal biografía literaria y personal comprenderán ustedes que no me pudiese resistir.

MADAME BOVARY

MADAME BOVARY

En Madame Bovary, Enma, la protagonista, leía muchas novelas románticas, al igual que en su día Alonso Quijano en el Quijote había leído muchos libros de caballerías; la diferencia es que uno se vuelve abiertamente loco y la otra solo lo hace de tapadillo, viendo cómo la ilusión choca con la realidad, cómo el mundo real la decepciona y aburre sin remedio. Su marido, de corazón blando y ánimo insípido, es incapaz de hacerla feliz. Y Enma revolotea, caprichosa y sensual, de amante en amante. Al final, agobiada por las deudas que su propio atolondramiento ha generado y por las decepciones consecutivas que le suponen los hombres, termina por suicidarse.

Un fotograma de la película.

Vaya historia, ¿no? Se añade una descarada crítica a la forma de vida burguesa de la época, pero tomen perspectiva: mediados del siglo XIX, y tenemos a una mujer que se aburre mortalmente con las tareas de madre y esposa que le han sido asignadas. Que busca algo más, que cuestiona qué diablos pinta en el mundo. Que piensa por sí misma y busca un camino independiente. Algunos podrían decir que simplemente era un ama de casa aburrida y voluble, pero era un planteamiento innovador y provocativo por entonces, en el que Enma pautaba en cierto modo, también, el camino de su sexualidad. Posiblemente, Flaubert no fuese consciente de haber escrito un libro tan revolucionario. Ahora que tanto hablamos de feminismo, como si solo fuese una moda, tal vez tuviésemos que hablar menos y actuar más, analizar nuestro mundo para ver cuántas “Enmas” todavía lo habitan; son los pequeños gestos los que alimentan también la evolución de pensamiento.

Por fortuna, hemos caminado lo suficiente como para superar lo que el abogado imperial esgrimió contra el escritor, pues en pleno juicio manifestó que “las poses son voluptuosas y la belleza de Madame Bovary, una provocación”.

Una novela sin moral. Y, sin embargo, sería la moral la que salvaría a Flaubert. Su abogado se encargó de demostrar que Enma había pagado su culpa con el suicidio y su terrible agonía antes de morir, y que en consecuencia en la novela no se glorificaban el adulterio ni las malas costumbres. El autor, al final, reprobaba su conducta llevándola a la muerte. Por supuesto, esta era solo una estrategia legal y Flaubert no había tenido intención moralista alguna, pues había eliminado deliberadamente las calificaciones éticas; Madame Bovary tomaba de la mano el realismo literario para que el lector desarrollase su propio juicio y combatiese la inercia de pensamiento. Piénsenlo, ¿no es extraordinario que un escritor que lleva más de un siglo muerto nos provoque, nos invada y nos asalte con su punto de vista sobre el mundo?

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