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Veo, veo

Tinta china y un pedacito de hilo rojo sobre papel por O' Choro

Tinta china y un pedacito de hilo rojo sobre papel por O' Choro

1. En mi Instagram en ocasiones subo pinturillas de corte figurativo (cada vez hago menos), otras de corte expresionista con algo de figuración no naturalista (cada vez hago más) y a veces, otras como la que ilustra este texto. A la que si prefieren, más que pinturilla, podríamos llamar secuencia de garabatos y manchas en tinta china sobre papel. A este tipo de ejercicios les suelo adjuntar como a casi todo lo que pinto, la hora exacta en la que lo acabé, el día y el año, pero normalmente también un texto. Un texto que ocasionalmente es un haiku, pero que muchas veces no lo es. Para los que no lo sepan, un haiku es un tipo de poema japonés muy sencillo en apariencia, de tan solo tres versos. Que capta con apenas un trazo alguna de esas perlas que a veces uno encuentra meditando y que, cómo decirlo, serían como destellos que desde lo simple sirven para hablar de lo inefable. Seguro que a muchos esto ya les ha sonado a chino.

2. Por eso a estas pinturillas con tinta china que hago sobre papel, las llamo también meditaciones.

Nota: Recuerdo una vez que llegué a un ensayo en el que tenía que hablar en otro idioma casi de repente. Sentí que entre lo posible y lo imposible de aquel cometido, era inevitable saber reírse. Primero porque sin duda era una temeridad, pero también porque la única forma de superar el trance era tirando por tierra de salida cualquier sombra que pudiese encerrarme en el terreno de las susceptibilidades. Sobre todo la mía.

Así que a mis compañeros que sí hablaban el idioma, les dije. Por favor, si se trata de cachondearse, ningún problema. Si la cosa da para broma y no me cabe duda, ya de reírse, vamos “con todo” antes de nada. Desahoguémonos. Nos os cortéis un pelo, podéis reíros todo lo que queráis, nos vendrá bien. Y así lo de la vergüenza propia y ajena lo pasamos cuanto antes.

Aquello, como habrán visto, fue una forma de protegerme. Pero también de invitarme a arriesgar. Traigo a colación este recuerdo porque, como entonces, estoy seguro de que esta conversación que estoy arrancando da cuanto uno quiera para chotearse.

Así pincela Pedro Alonso '21', su próximo artículo para FARO @pedroalonsoochoro

3. Sí, sobre todo al principio, este es un territorio que desde la luz de la razón es poco más que un chiste. Así que por favor, primero ríanse. Y luego si es posible, sigamos conversando. O casi mejor, pongámonos a trabajar. Veamos. El procedimiento para realizar estas meditaciones es el que sigue.

Cojo un plato, un cuenco con agua, el papel, algunos pinceles, una plumilla, un lápiz de grafito si es posible o similar, no para dibujar sino más bien para hacer marcas, por supuesto un poco de tinta china, un trapito y entonces me siento. Sobre mi zafu. O si me pilla de viaje, sobre cualquier cojín que me sirva para asentar mi trasero en cualquier rincón en el que pueda recogerme un poco.

4.Entonces medito. Si esto fuese una conferencia, aquí me quedaría como mínimo un minuto callado. Sin avisar.

Imaginen.

(La gente se pone como loca cuando uno se queda callado. Por cierto, eso también lo probé en mi Instagram. Hacía vídeos de un minuto. Sin decir nada. Hubo un fulano que se dedicó a insultarme furibundo durante días. Sin duda, aquello me ayudó a insistir. El comprobar que, más allá de los ridículos, lo que movía en algunos casos era fuerte).

El paréntesis anterior, tómenlo como si nos hubiésemos callado todos durante un minuto. Bien.

5. ¿Recuerdas cuando fuiste corriendo hace mil años en el pueblo aquel día de cielo azul e inmensas nubes blancas? Y te pusiste solo, o quizá con alguien a la sombra de aquel gran árbol a jugar al veo veo?

Por cierto. Hace cuánto que no lo haces?

6. Lo pregunto porque para mí, meditar básicamente es eso. Jugar al veo veo.

Veo un dragón!

Veo un mamut!

Veo una polla!

7. Ahí te girabas. Y a tu lado, tu amigo decía. Pequeña, como las que el otro día compró la abuelita en el mercado.

Ya. Ahora te voy a decir lo que yo veo.

8. Verán. Yo medito hace tiempo, decía. Y he de confesar que meditar durante años supone todo un proceso.

En él me he ido dando cuenta de que la forma de explicar en qué consiste, suele formularse en términos que a un occidental nos suelen sonar muy ajenos. Y eso despista. Confunde. Porque qué cara se le puede quedar al principio a alguien de pueblo como yo, cuando alguien, la primera vez le dice: Cierra los ojos y concéntrate en el vacío.

9. Ya les advierto, eso lleva tiempo. Hay que ser pacientes.

Tiempo porque al principio en las nubes uno proyecta, seguro que saben de qué hablo, todo ese ruido mental que suele congestionar nuestras cabezas y que, de tan saturadas como están, no nos suelen permitir ir más allá. De modo que nada más sentarse y quedarse quieto a uno empieza a dolerle todo. O le parece que aquella ridiculez de intentar no hacer nada no es más que una penosa manera de perder el tiempo que uno debería estar usando para producir.

10. Pero les hablaba de ir más allá.

Más allá quiere decir aquí, hasta un punto en el que uno deje de entrometerse.

Con sus cosas, digo.

De modo que meditar (si uno insiste) acaba convirtiéndose en algo así como jugar al veo veo, hemos dicho. Poco más que eso. Y paso a paso, eso también, en un progresivo viaje hacia lo sutil que, según se avanza, va ofreciéndote mensajes cada vez menos obvios. Y en ocasiones, quizá por ello, más difíciles de explicar y mucho más profundos y más ricos.

Por no decir, un dato fundamental en sí mismo. Lo que alivia aligerar la carga del cerebro. Y lo provechoso y saludable que es reajustar la respiración en términos físicos.

Tinta china y un pedacito de hilo rojo sobre papel, por O’Choro.

11. Pues bien. Leer los posos del café, es eso.

Una frase peligrosa esta que acabo de enunciar.

Y que dispara toda una batería de respuestas aprendidas.

Leer los posos del café, imposición de manos, iniciación, trances, médiums, lectura de cartas, runas, adivinación. Cosas de brujas. O como mucho, propias del universo Marvel.

12. O sin ir tan lejos, cosas de bocazas, tarados, flipados, artistas de pacotilla o iluminados. De qué me está hablando este tipo? Acaso quiere que me vuelva loco?

Si uno lo piensa, es realmente increíble la cantidad de respuestas aprendidas y que se disparan como un resorte automático, con tal de que uno se quede un momento callado apenas solo para mirar las nubes.

13. En mi antepenúltimo artículo, básicamente decía: La vida es un milagro. Si uno es capaz de volver a concentrarse en el puro presente.

Meditar tiene que ver con eso.

14. En mi penúltimo artículo, dije: Una cosa es sentir, y otra muy distinta dejar que la cabeza sepulte nuestro sentir bajo montañas de material tóxico.

15. En este último artículo que leen, digo: Uno puede darle millones de vueltas a la cosas, pero saber verlas es otro rollo.

Y para eso, desde mi experiencia, es imprescindible permitirse (antes de nada) volver a ver.

Y eso, como tocar un instrumento (y aquí estamos hablando del propio), requiere años de práctica.

Ojo, cada uno a su manera. No estoy hablando de que necesariamente tengan que sentarse sobre un cojín y ponerse a hacer meditación trascendental o tirarse de cabeza al chamanismo. Quizá a alguno le sirva con el macramé, o como a mí la pintura, o a otros el surf, la carpintería, caminar o dedicarse a plantar un árbol.

O más bien, cuidar un jardín. Eso sería perfecto. Ya saben, hablo de aquellas actividades que, mejor si en ellas se ha de usar las manos, permitan a uno volverse a conectar con la intuición. Aquella vía en la que, si uno se deja, uno podría sentirse capaz de escuchar cómo la hierba crece.

Oh, el instinto y su relación con lo sutil. Tantas veces ninguneada.

16. Y repito, eso se entrena.

17. Cuando subo a Instagram una de estas meditaciones, en la base de mi movimiento se oculta una invitación a otro tipo de conversaciones, o al uso de otro tipo de gafas de ver, si quieren, distintas a las de la comunicación normal.

Pero eso cuesta. Vaya si cuesta. Como decía Cruyff a propósito del fútbol: Eso lo hace cualquiera. Pero, amigo, hacerlo fácil es muy difícil.

18. En la mayoría de las reacciones a este tipo de pinturilas como las de la foto, las posibilidades se reparten entre dos mundos.

Una gran mayoría de me gusta y los derivados de las redes (me enamora, te quiero, eres todo lo que está bien) y luego, determinados y muy elocuentes voces críticas que básicamente dicen: pero qué mierda es esta, no tienes ni idea, ahora a cualquier cosa lo llaman pintar... por no decir aquel tópico tantas veces hemos oído: ahora a cualquier cosa la llaman arte.

18. Muy pocos, pues, contemplan la posibilidad real de otro tipo de conversación.

Muy muy pocos se toman realmente el tiempo de escuchar frente a una meditación (ni ante nada) y permitirse jugar al veo veo. Realmente. Ya no digo articular una respuesta con un mínimo de matices, sino simplemente jugar al veo veo.

19. Exponerse no es fácil. Lo sé porque por mi profesión me toca aprender desde hace años a la vista de todos. Sé lo complicado que puede resultar mientras uno no tiene herramientas, canalizar que cualquiera llegue y se sienta legitimado para decir lo que piensa de tu trabajo sin que tú le hayas preguntado nada.

Aunque siempre le pueden a uno pillar desprevenido y en un mal día y calentarse con la impunidad del juicio ajeno, poco a poco uno aprende a tomar distancia y concentrase en su trabajo. En lo que de verdad importa. Y en mi camino, también cómo no, a sondear todo el juicio crítico constructivo, a ser posible con gente de respeto y en el contexto adecuado.

Pero a estas alturas tengo muy integrado que lo que uno hace, pueda no gustar.

20. No gustar, no entenderse, o directamente generar un profundo rechazo.

Pero aviso, en el caso de las meditaciones, para mí lo más importante no es eso. Lo juro. No se trata tanto de si está bien, ni si es un ejercicio de virtuosismo, ni (como es obvio) que logre ser bonito porque se parezca a una realidad dada, como pretendería una pintura hiperrealista.

No busco, en este caso, ese tipo de conversación en la que las cosas están bien o mal. Me gustan o no me gustan. Que sean bonitas y que se entiendan.

22. Estoy hablando de otro cosa. Y por extensión, básicamente, de otro tipo de escucha.

De otra mirada.

23. Una vez respondí a un trol. En su mensaje me había escrito: Me cago en todo lo que haces, hijo de puta. A lo que yo respondí: Gracias por el poema.

He de confesar que su siguiente respuesta me sorprendió. Decía: Eres lo más.

24. Pensé, joder, así que muchos haters en realidad lo único que quieren es que les des un like o simplemente una respuesta. Ya saben, engordar, y hacerlo a golpe de ese azúcar invisible de lo social, que cada vez es más y más hidrogenado. Tangible.

Y yo estoy hablando precisamente de lo opuesto. De lo que no se ve. Estoy hablando de esa esa vía de acceso a lo sutil que, precisamente con toda la que está cayendo, me parece absolutamente vital.

Así que ya saben, estoy hablando de otra cosa.

25. Veo veo.

(No se corten, háganlo en sus casas delante de mi pinturilla. Aunque solo sea una vez, dense cinco minutos. Con su marido, con el amante, sus hijos o la abuelita, los colegas o con sus compañeros de trabajo).

Miren la pinturilla, no se den prisa y luego si acaso les viene, ya se cuentan qué ven.

O casi mejor, qué sienten.

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