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La espiral de Donald

“Niño yogui bajo la lluvia del mundo” (acrílico, tinta china y oil stick sobre madera) por O’Choro

“Niño yogui bajo la lluvia del mundo” (acrílico, tinta china y oil stick sobre madera) por O’Choro

1. Ayer acometí el penúltimo artículo de la primera serie de doce que tenía pendiente. Al volver a leerlo hoy, lo tengo claro. Avanza bien durante buena parte de la argumentación, pero digamos que cuando llega la hora de la verdad, no toca la campana. De modo que tras volver a echarle un ojo, decido tirarlo a la basura.

2. Entonces me acuerdo de otro artículo que escribí hace ya casi un año, en los primeros momentos de la pandemia. Me viene como un fogonazo. No lo recuerdo bien, pero creo que entre aquel texto y este que pretendo ahora, hay cierto tipo de conexiones.

Por otra parte, este se me está resistiendo y aquel, directamente, decidí no publicarlo. Aunque aquel por otras razones. En realidad me gustaba. Pero hablaba de asuntos muy sensibles y lo hacía, por otra parte como el del intento de ayer, de un modo un tanto provocador en apariencia y quizá por eso, en su desarrollo, delicado.

Delicado, aquí, quiere decir equívoco.

Y en cuanto a relatos, si además de que el asunto es sensible, la cosa no se entiende o puede resultar equívoca, mejor tirarla o por lo menos darle otra vuelta.

Y aquí seguimos.

3. Verán. En mi trabajo como actor, a lo largo de los años, he ido experimentando una transformación en mis patrones de búsqueda. Por resumir, al principio (suele pasar mucho en las escuelas de arte dramático) tenía tendencia a justificar a mis personajes, hiciesen lo que hiciesen. Alentado por un impulso vital de carácter heroico que debe estar en la base de nuestra cultura y nuestra tendencia al patetismo, uno acababa encontrando razones para defender casi cualquier cosa hasta perder la perspectiva. Digamos que en el afán de tener una conexión emocional con el personaje, a uno le acababa entrando cierto síndrome de Estocolmo. Ya saben, ese que hace que un secuestrado acabe justificando a aquel o aquellos que le privaron de libertad.

4. Ahora básicamente mi camino es el opuesto. Me dedico a buscar la zona de fricción de mis personajes y la mía propia. Porque ahí, más allá de lo que uno quisiera proyectar o de lo que uno quisiera creer, es donde suele habitar lo que nos retrata. Lo que somos. Aunque a veces no sea un plato de gusto caer en la cuenta.

Cuando digo zona de fricción, me refiero a aquella parte de nosotros mismos, donde habita lo que profundamente nos remueve.

5. Aviso a los aprensivos. Por mi propia experiencia, entrar ahí no es malo. Visto desde fuera quizá puede parecer morboso. Pero después de los primeros impactos, en ocasiones puede resultar muy oxigenante ver cuánto de cerca está la humanidad del comportamiento de un insecto.

Incluido uno mismo.

El actor y escritor Pedro Alonso

6. No me malinterpreten. Desde mi punto de vista, la vida es un milagro. Pero cuando mi estómago me dice que he encontrado una de esas perlas que aclaran la naturaleza de un personaje, normalmente confirmo que la mayoría de los seres humanos se mueven por apenas un puñado de motivos. En ocasiones muy elementales.

7. Para eso, no está de más recordarlo, para descubrir esos filones del ser, uno tiene que hablarse progresivamente más y más transparentemente. Aceptar primero en uno (además de las luces) ciertas sombras, grietas, penumbras, corrientes turbias, para poder luego acceder de verdad a las del personaje que toca.

"Una de las fuerzas más poderosas de la naturaleza es la que nace a partir del daño. del daño sufrido, se entiende"

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8. De este modo entendí que una de las fuerzas más poderosas de la naturaleza es la que nace a partir del daño. Del daño sufrido, se entiende.

Como ven, estoy diciendo algo que probablemente en términos racionales les parecerá obvio. Y que desde mi punto de vista es vital a la hora de entender el devenir del mundo.

Pero otra cosa es la práctica. Sobre todo la práctica de los otros. Y la demencia ambiental reinante. Tan arrolladora por momentos y en ocasiones tan viciosa.

9. En aquel artículo que decidí no publicar, hablaba de un encuentro con un tipo que se llamaba Adolfo. Un tipo que me contaba su historia emocional y que parecía como tantos, un ser humano al que habían infringido un gran daño. Un tipo que había sufrido violencia familiar, que en su momento se había dedicado a pintar, que era vegetariano, que había visto a parte de su comunidad ninguneada. El tipo me hablaba de su peripecia íntima hasta que, en una deriva progresiva al explicarse desde su sentir hacia lo tóxico, en un determinado momento sacaba un diminuto bigote y se lo pegaba.

Y al hacerlo, para mi sorpresa en lo que parecía ser un sueño, me daba cuenta de a quien había escuchado como a un tipo hasta cierto punto normal, era nada menos que Adolph Hitler.

10. Seguro que alguno intuye adonde yo quería llegar. Mi sensación era (con variaciones y nuevos matices sigue ahí) que la pandemia y la sensación de vulnerabilidad que estábamos viviendo eran ciertas, que nos afectaba a todos sin excepción, a todos, que estaban pasando muchas cosas que nos removían cuando no directamente mataban a amigos o familiares de los que tantos ni siquiera pudieron despedirse. Pero que por poco que uno se dejase, podía acabar arrastrando nuestro sentir, en una demencial deriva, a comportamientos de carácter muy feo, muy agresivo, muy amargo. Por no decir peligrosos, terribles.

Esto es. Que convenía estar alerta. Porque aquello ya estaba pasando y la envergadura de la crisis era tal, que había que reforzar el cuidado y las prioridades del bien común para no dejarse ir. Azuzados como estábamos por el discurso de muchos que parecían no tener reparos en desatar con sus palabras las más oscuras pulsiones.

Mi intención era clara, ya les digo. Pero el momento era muy volátil y sentí que jugar a ver el perfil humano de Adolph Hitler para alertar del peligro de dejarse arrastrar por el Hitler que muchos tienen dentro, incluido quizá uno mismo, podía no ser lo más oportuno con la que estaba cayendo.

11. Y en el caso del artículo que acabo de tirar a la basura, ¿qué?

Este último lo he escrito a propósito de lo que parece ser la pérdida de fuerza del que durante cuatro años ha sido presidente de la democracia dicen que de mayor prestigio en las últimas décadas, los Estados Unidos, y ya saben, el señor Donald Trump.

"Donald trump es un enfermo de libro, pero no es tonto (...) sabe cómo funcionan las leyes del mercado"

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12. Como ya les dije sobre mis patrones de búsqueda, en ocasiones lo que me planteo es poner un espejo que nos sirva para captar la realidad y sus reversos, pero sobre todo a nosotros mismos. Que nos devuelva una imagen que nos confronte y nos invite a cuestionarnos.

O dicho de otra manera, me gusta ir a la contra. Incluso a veces de mí mismo. Para no dormirme.

13. Así que me puse a reconocerle a Trump su increíble talento a la hora de elegir qué teclas tocar para poner a su favor mucha de la energía (en su caso básicamente la de la frustración) que está en el aire.

Trump, no lo olvidemos, ha sido el segundo candidato que ha sacado más votos en la historia de la democracia norteamericana. Únicamente por detrás de Biden. De modo que cuando estos días escuchaba que lo de Trump ya pasó y que el asalto al Capitolio aunque preocupante, no daba para golpe de estado, que por fin las cosas iban a volver a su cauce, me dije. ¿De verdad alguien se cree que esta cadena de acontecimientos se va a resolver porque cambie un número en el calendario?

Trump rectifica: reconoce la victoria de Biden y califica de "atroz ataque" el asalto al Capitolio Agencia ATLAS | Foto: Reuters

Y con esto, no quiero decir que lo que toque sea ponerse a hacer aspavientos o a hacer leña del árbol caído. Sino a tratar de ir al fondo de la cuestión.

"Posverdad es, si me permiten una versión al vuelo, argumentar lo que sea sin pruebas o, directamente, con pruebas en contra"

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14. Trump ha convertido en carta común eso de la posverdad.

Él. Con su melena rubia y su inconmensurable tono de piel naranja.

Posverdad es, si me permiten una versión al vuelo, argumentar lo que sea sin pruebas o directamente con pruebas en contra, porque uno es capaz de ampararse en una emoción, que al tocar la emoción del que escucha, parece tener más derecho y valor que lo que dicen la información contrastada y la razón misma.

Para eso hace falta talento. Talento, carisma, un ego puesto al baño maría en la marmita de lo tóxico, mucha frustración emocional en la construcción de los afectos, una buena dosis de xenofobia y muy especialmente una capacidad de liderazgo casi diabólica que sabe cómo hablarle a todos aquellos blancos pobres e iletrados que hacían de figuración sin frase en las Iglesias del mundo norteamericano, antes del presente tiempo de globalización y las diversidades.

15. Trump es un enfermo de libro, pero no es tonto. Entregado durante años en los pasillos de la city a la especulación más salvaje, sabe cómo funcionan las leyes del mercado. Y de qué forma ayuda a prosperar en ese territorio, ir con el cuchillo entre los dientes.

Y aunque puede que se pase lo que le queda de vida en los juzgados (o no, ya lo veremos), sospecho que la vía que ha abierto, en muchos sentidos no tiene retorno.

16. Porque si la posverdad es (disculpen mis formas) lo que acabamos de enunciar, ¿qué era la verdad? ¿La verdad a la que la posverdad ha machacado?

17. La verdad que hay enfrente a la posverdad de Trump y todos los líderes populistas que acechan nuestras democracias, quizá era aquella en la que el discurso de lo público se amparaba por voz de nuestros dirigentes en la promesa de un progresivo crecimiento del estado de bienestar para la mayoría, a la vez que de un crecimiento natural y orgánico en la conquista de libertades y, por no extenderme, de un comportamiento solidario con los que lo necesitan. Dentro o no de las propias fronteras.

18. Al escribirlo y ver el panorama presente, me estremezco.

Claro, tras las crisis recurrentes de los últimos años, la normalización de la corrupción y su denuncia pública tantas veces para nada, tras la evidencia de que la justicia no es igual para todos, ni las obligaciones, en fin, tras tanta disociación entre las promesas de nuestros políticos y los hechos, el daño en la confianza de mucha gente sencilla ha cruzado la línea de no retorno, dibujando en muchos sentidos un escenario irreparable.

Y así ha sido cómo la democracia ha parido a su némesis.

19. Los norteamericanos se llevan la palma con esto de los archienemigos creados desde dentro. Su historia moderna está trufada de personajes que trabajaron mano a mano y en secreto para los tejemanejes del imperio americano y que luego prefirieron clavarle a sus mentores un cuchillo por la espalda.

Y si no, releamos las historia (sin ir más lejos) de Osama Bin Laden.

20. Ahora quiero decir algo. Cuando en algún momento me he dejado arrastrar por este tipo de disquisiciones en los últimos meses confieso que al menos durante un rato, en ocasiones he sentido que la tendencia que hablaba de recurrentes movimientos de confrontación y fatalismo estaba empezando a afectarme.

21. Luego pensé. Resístete.

Resístete.

Ha habido guerrras, catástrofes inauditas, ha habido plagas, pandemias inconcebibles antes. Ha habido tiranos, traidores, asesinos, locos de toda índole. Incluso desapareció la Atlántida.

Y la vida, irrefrenable cada vez, siguió su curso.

Incluso cuando civilizaciones e imperios, colapsaron.

22. Es verdad que a veces, la poética de la desazón, se hace progresivamente más golosa y muy atractiva. Que como el azúcar, consigue hacer que quieras más según peor te sienta.

Por eso me conviene y mucho afinar (y por eso les comparto este texto con el alma) desde dónde uno intenta procesar el mundo y qué preguntas uno elige para seguir andando.

23. Detecto una espiral en todo lo que he mencionado. Y desde mi punto de vista, tiene que ver con un comportamiento de carácter compulsivo (lo he dicho más veces) que convierte cualquier cosa en producto susceptible de ser vendido y de ser comprado, frente al producto de la competencia.

La vida como un estadio de fútbol en el que a medida que el mercado más deforma el valor primigenio de lo que era un equipo, los hooligans más se empeñan en hablar de lo que es sentir la camiseta.

24. Saben, yo lo que quiero es empezar a entrenar para convertirme en yogui.

Dejar el azúcar, dejar de ganar, dejar de sufrir, dejar de ofenderme, dejar de pasar miedo, dejar de reprochar, dejar de acusar, dejar de quejarme. Y aclaro. No digo dejar de sentir, ni siquiera dejar de sufrir, ni evitar lo que duele. Trascender lo que nos hace crujir es imprescindible para seguir creciendo. Digo dejar de quejarme.

25. Yo lo que quiero es empezar a sanar.

Sanar.

Y que le den mucho por saco al discurso de la frustración, de los eternos reproches, de la mentira y al del puto e infumable mercado.

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