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De cómo despedirse de la vida con humor lapidario

Esto sí que es despedirse a gusto. FdV

Es cosa comúnmente sabida que la verdad más segura que tenemos en vida es que nos moriremos, pero tal cosa no evita que tengamos un cierto pudor en hablar de la muerte o, acaso por lo contrario, sea esa la razón por la que, pensando en la nuestra, no queramos siquiera mencionarla. Yo, la verdad, tengo pocas ganas de morirme y siento que, con la salud que ahora tengo, el amor de que disfruto y lo que he aprendido de la vida en tantos años como los que exhibo, sería una pena para mí y un despilfarro para la sociedad que me fuera para siempre y perdiera esta hermosa oportunidad de seguir viviendo. Sin embargo mi larga estadía en el mundo de la prensa me ha permitido constatar que hay quienes se ríen con ella y cuidan, por medio de las esquelas y las lápidas de los cementerios, su imagen post mortem, aunque ya no estén ellos para comprobarlo.

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Hay quien da su último aliento dejando, para que se escriba o inscriba, un pensamiento cursi como Simón Bolívar (He arado en el mar) y quien prefiere despedirse de cachondeo, como el bateeiro de Vilanova de Arousa Juan José Mariño, que en su esquela en FARO hace dos meses dejó escrito su agradecimiento a Leo Messi por ayudarle a ser feliz en los últimos años de su vida, aquejada por una larga enfermedad; o el redondelano Alfonso Senra Vázquez, que yo conocí por medio de su amigo Luis “el molinero”, un magnífico canteiro que hace unos días quiso que su esquela en este periódico añadiera Pregan unha borracheira que xa pasará él a pagala.

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O como el pintor español Miguel Collantes, que dejó en su lápida: Yo ya perdí peso. Pregúnteme cómo. No me extraña que haya coleccionistas de esquelas igual que los hay de textos en lápidas funerarias, como lo fue en una etapa de su vida relacionada con Francia mi admirado Adriano Marques de Magallanes, que en su casa de Vigo me mostró cuando le hice sus memorias toda una recolección de las más curiosas que encontró a su paso por los cementerios galos, y no recuerdo si también españoles.

Esquela publicada por la familia.

Esquela publicada por la familia.

Ya me lo decía un amigo mío: Para cuatro días que vamos a vivir ¿qué mejor que pasar a la posteridad con una lápida con la que logres ser el centro de atención en el camposanto? Es un modo de practicar la escritura en tus ratos muertos, como hizo en su despedida la escritora Dorothy Parker: Aquí yacen las cenizas de Dorothy. Disculpen si hay polvo. En cuanto a las esquelas, bien se sabe que son una forma de ecos de sociedad, quizás la de más alto standing, aunque figuren en las últimas páginas de los periódicos. Prueba de ello es ese alto porcentaje de lectores que empiezan a leerlos de atrás para adelante.Mis tres suegras lo hacían, lo juro.

Pues sí. El epitafio es el género literario más antiguo del mundo y el obituario, que en los últimos años yo practico con más asiduidad de la que quisiera, uno de los más difíciles y delicados. Cuenta Ricardo Ollaquindía, que hizo en Navarra una tesis sobre estas materais funerarias, que parodiando la elegía de Jorge Manrique, nuestras vidas son los ríos de tinta que van a dar a las esquelas de prensa. Paseas por las páginas de prensa o los cementerios y ves esquelas normales pero también curiosas que despiden con humor, revelan conflictos familiares, denuncian negligencias médicas o son instrumentos postmorten de la reafirmación de un idioma que se considera orpimido. Las hay con o sin cruz, religiosas (Vuelve el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu a Dios, que es quien lo dio) o laicas, presididas por ejemplo por la hoz y el martillo, con nombres que parecen de chiste o motes bajo el nombre, con mensajes a los difuntos ( (Dios mío, recíbe a mi esposa con la misma alegría con la que te la mando.) o de los difunto a los vivos (Perdonen que no me levante). Ahora ya no suenan por nosotros las campanas porque nos despiden en tanatorios pero ¿qué mejor manera de normalizar la muerte que riéndose de ella?

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