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ROBERTO VARELA FARIÑA | Consejero de Cultura de la Embajada de España en Francia

“Nunca he sentido la sensación de estar lejos de casa”

El diplomático gallego, conselleiro de Cultura en la primera Xunta de Galicia presidida por Alberto Núñez Feijoo, publica el libro “O tempo que vivimos”, una reflexión sobre la memoria surtida de fotos autobiográficas y poemas de Luísa Castro y Anton Reixa

El diplomático gallego Roberto Varela Fariña

El diplomático gallego Roberto Varela Fariña FARO

A Roberto Varela Fariña le regalaron, de niño, una cámara fotográfica, y ya no se separó de ella como no fuere para hacerse con más y mejores cámaras para satisfacer una de las grandes pasiones de su vida: la fotografía. Por eso, a quienes le conocen no les ha extrañado que su primer libro esté compuesto, en la mayor parte de sus páginas, por imágenes con las que ha querido componer una memoria poética y personal; imágenes salpicadas por un texto de presentación de autoría propia en el que regresa a su infancia en Dena, y salpicadas por sendos poemas de Antón Reixa y Luísa Castro y una narración de Ion de la Riba. Su título: “O tempo que vivimos” (Chan da Pólvora-Colección Onsa).

Nacido en Dena-Meaño en 1959. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona y en Relaciones Internacionales por la Ecole de Relations Internationales de París.

-Escribe usted en el texto introductorio del libro que las piedras de la playa de Seixiños fueron las que, de niño, le incitaron a soñar con otros mundos, otros lugares ¿Cuál fue la motivación que le llevó esa necesidad de marcharse, de conocer países lejanos e, imagino, de conocer otras gentes?

-Supongo que mi mayor motivación fue la curiosidad, aunque confieso que nunca me he planteado reflexionar sobre este tema. Yo creo que hay que situarse en el contexto de la época, en una España sumida en una dictadura, con todo lo que eso conllevaba de freno a las libertades. El caso es que, sí, desde muy niño sentí la necesidad de moverme de un sitio para otro, de hacerme un nómada, un trotamundos, más que nada por eso, por curiosidad, por viajar, por estudiar y por vivir en otros lugares distintos y distantes a mi aldea, a Dena. El recurso a la parábola de las piedras de la playa de Seixiños tal vez sea la mejor manera que tengo de explicarlo.

-La primera vez que se marchó fue a Santiago…

-Sí, y tenía 11 años. Fue para estudiar, claro, y el caso es que desde entonces casi no he parado.

-Y para eso, una de las profesionales ideales era la de diplomático.

-Esa fue, efectivamente, la conclusión a la que llegué.

- “O tempo que vivimos” es un libro de imágenes, y sin embargo usted bien podría escribir una biografía al uso. Lo digo por la vida que ha llevado.

-Bueno, eso tal vez lo haga si es que a alguien puede interesarle, pero no es el caso. “O tempo que vivimos” no es una biografia en imágenes, ni tampoco una memoria en imágenes, sino más bien una reflexión sobre la memoria. No es que esté contando mi vida, ni siquiera de manera gráfica, sino, como he dicho, una reflexión sobre la memoria, y más en concreto sobre el tiempo, sobre la pérdida y sobre cómo los recuerdos se van fundiendo en una nube en la que, unas veces, se entremezcan y confunden imágenes y, en otras, se pierden. Yo pienso que lo que somos ahora es el resumen de todo lo que recordamos de lo que hemos vivido, pero también de aquello que hemos olvidado, y por eso éste es también un libro de olvidos.

-Si la memoria está constituida de recuerdos y olvidos. En usted, ¿los olvidos y los recuerdos son voluntarios o involuntarios, conscientes o inconscientes?

-Yo creo que el olvido casi siempre es inconsciente. Otra cosa, y ahí nos meteríamos en profundidades, es dilucidar qué es lo consciente y voluntario, y qué lo inconsciente e involtario, porque ahí entraríamos en el campo de la Psicología. Soy de los que piensa que uno olvida lo que su inconsciente le pide que olvide. Olvidamos por pura salud mental, porque, si nos acordásemos de todo, sería imposible vivir. Lo interesante del olvido es la reaparición de cosas que nos han ocurrido y que, de repente, reaparecen, vuelven a salir. Me consta que eso le ha ocurrido a muchas personas durante el confinamiento; a mí, sin ir más lejos, me dio por recordar el pasado, y de hacerlo además de una manera nostálgica. Este libro exhala nostalgia, mucha nostalgia, lo reconozco. Aquí mi playita de Seixiños es lo que para Marcel Proust era su magdalena, un símbolo, un resorte que de pronto desencadena un proceso de repaso a todo lo que hemos sido, a todo lo que nos ha pasado.

-Cuando se rememora la infancia, es muy habitual caer en las “garras” de la idealización. ¿Le ha ocurrido a usted?

-Sí, lo confieso. Entre los filtros que nos ponemos las personas está el de que cualquier tiempo pasado fue mejor. ¡Y claro que idealizamos! Cuando yo era niño, la playa de Seixiños, que ni siquiera puede decirse que sea una playa, para mí era el Mississipi, algo muy grande.

Desempeñó el cargo de Jefe del Área de Relaciones Económicas con América Latina en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Posteriormente, fue destinado a trabajar en las embajadas de España en Bonn (Alemania) y Kuwait.

-La vida no es lo que fue, sino cómo se recuerda.

-Estoy de acuerdo, aunque la añadiría otra frase: la vida es lo que se recuerda sumado a lo que se olvida. Mira, hay quien dice que yo he viajado mucho pero, en realidad, lo que yo he hecho es iniciar mi vida en muchos sitios. Lo hice en Kuwait, en Nueva York, Alemania, en Montevideo, aquí en París y por dos veces…y sin embargo en las fotografías de este libro no pongo ninguna referencia, no digo “esto es Nueva York” o “esta foto la saqué en Kuwait”. Las fotos forman parte de algo que se ha quedado en mi memoria, es un conjunto de sensaciones que, además, como yo no me considero capacitado para escribir poesía, lo he suplido con imágenes. De hecho, me gustan mucho los poetas que trabajan con imágenes, como Kavafis, Cernuda, incluso Uxío Novoneyra, al que cito con el verso “Eu son todo o que vexo e o que me ve”. Si hay algo que me apasiona de la fotografía es que es capaz de suscitar muchísimas sensaciones y, cada uno que la ve, tiene la suya.

-Aunque hay algunas fotos en color, la mayoría de “O tempo que vivimos” son en blanco y negro. ¿Esto ha sido por razones artísticas o porque para reflejar la memoria lo más convincente es el B/N?

- Una de las ventajas de la fotografia digital es que permite tomar la decisión de que la foto sea lo que tu quieres después de hacerla, es decir, durante la producción. Es cierto que la mayoría de estas fotos son en blanco y negro pero, ya digo, eso es algo que se elige según lo que quieras expresar. A mí me ha salido así y supongo que tiene mucho que ver con el estado de ánimo en el que me encontraba durante el proceso de creación del libro.

-Un proyecto que surgió durante el confinamiento.

-Así es, y eso es algo que me afectó muchísimo, que me sigue afectando, vaya. Y por si fuera poco, en pleno proceso, se produjo el fallecimiento de mi madre, a cuyo entierro no pude asistir porque estaba confinado en París y porque tampoco me dejaban asistir en Galicia. Por eso no me extraña que algunas personas digan que este es un libro tristón. Pues sí, lo es: vivimos malos tiempos. Pero, bueno, es lo que hay.

-Creo que acierto si digo que la primera vez que usted salió de Galicia se fue a Londres, a “estudiar”, entre otras cosas…

-A Londres me fui en 1976 y estaba encantado. Imagínate lo que era para un chaval de 17 años tener al alcance de las manos todo aquello con lo que soñabas y, sobre todo, la música, el rock and roll. ¿Que estaba en un concierto de los Rolling Stones? ¡Ni me lo podía creer!

"Ser diplomático produce un desgarro vital muy fuerte. Yo he tenido que iniciar mi vida tantas veces como destinos me han asignado a lo largo de mi trayectoria"

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-¿Y no recuerda la primera sensación que tuvo de estar lejos de casa, acaso una morriña, un vértigo, un “qué diantres hago aquí”?

-En absoluto. Y, es más, nunca he tenido esa sensación. No conozco la sensación de estar lejos de casa. Ni siquiera me ocurrió durante mi etapa de embajador en Uruguay, donde visité y me visitaron muchísimos gallegos. Quizás ello se deba a que yo nunca rompí el contacto con Dena, con mi familia, con mi gente…La única vez que tuve la sensación de que, efectivamente, había estado lejos de casa fue cuando volví a Galicia, en el año 2009, para ejercer de conselleiro de Cultura. Esa fue la única vez, ya digo, que sentí que volvía a mi país, a mi casa, que es un poco también de lo que va el libro: del retorno a mi patria en el sentido más emocional de la palabra. La patria como mi casa, mi hogar, mi infancia, mi madre…y mi lengua, el gallego, que es en la que he querido que estuviese escrito este libro.

-Conocer mundo enriquece como persona a cualquiera, pero algo se pierde a cambio de vivir tantos años fuera de casa. Lo que se le haya perdido a usted ¿ha merecido la pena?

- Vivir en muchos países del mundo no es visitar muchos países del mundo. Un diplomático no es un piloto de aviación comercial. Cuando me destinaron a Kuwait no veas lo que me costó encontrar una casa, crear un grupo de amigos... en fin, montarme una nueva vida y, cuando ya tienes todo esto, resulta que has de dejarlo para marcharte a otro sitio y vuelta a empezar, sea en Alemania, en Nueva York, en Madrid, en Alemania, en Montevideo….Eso que es en realidad lo que he venido haciendo durante la mayor parte de mi vida. En esta profesión no es oro todo lo que reluce, no es una postal; ser diplomático produce un desgarro vital muy fuerte.

En 2004, nombrado cónsul de España en la ciudad de Nueva York, a cargo también de los asuntos culturales. En 2009 fue elegido por Alberto Núñez Feijoo para ser conselleiro de Cultura de la Xunta. Entre 2012 y 2017, embajador de España en Uruguay.

-Pero es la profesión que usted eligió.Por eso le pregunto, ahora que no falta mucho para su jubilación y, supongo, su regreso definitivo a Galicia, si ha merecido la pena.

-Pues sí, ha merecido la pena. Tiene que haber merecido la pena porque (risas) es que ya no hay otra opción. Una vez que uno ha vivido y hecho cosas, ya no hay vuelta atrás, lo cual es una de las características inexorables del paso del tiempo. La verdad es que sería triste pensar que no ha merecido la pena; me he dejado la piel en el camino pero, al mismo tiempo, me ha llenado, y todas las experiencias, todas las aventuras, han merecido la pena. Si me hubiera quedado en Galicia habría tenido otra vida, claro, y a lo mejor tampoco, como ahora, tendría la sensación de que me he perdido algo.

-Lo que pasa que usted, y volvemos al principio, es de los que pueden decir que ha cumplido una buena parte de sus sueños de niño en Seixiños.

-No tengo ni idea de lo que hubiese sido de mí de no haberme ido de Galicia, y además prefiero no planteármelo. Creo que esa reflexión del “qué pudo a ver sido si…” no es un ejercicio mental recomendable. Tenemos que asumir las consecuencias de lo que hemos hecho, de nuestras sombras y de nuestras luces, de los momentos tristes y de los duros, y de los alegres y los divertidos, y eso vale para todo el mundo. La experiencia, e incluso la sabiduría, la puedes adquirir también sin haber salido nunca de tu pueblo.

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