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Tiempo al tiempo

Tiempo al tiempo

Nada ha cambiado desde que sonó la duodécima campanada. Ninguna magia siguió a que el planeta completase su circunvolución del sol, lo que en realidad se cumple en cada instante. La historia de la humanidad es también la de la medición de aquello que nos atraviesa, que es el tiempo. Un vano intento de controlar lo inaprensible. Una ficción compartida para manejarnos con lo que apenas comprendemos. El tiempo no avanza a tictacs trompicados. No se cuantifica en hojas de calendario. No obedece a décimas ni a sexagésimos. Nada lo compartimenta ni lo estabula. El tiempo fluye, quizá ni siquiera en una sola dirección ni como magnitud constante. Nos empapa y nos rodea. Nos compone y nos descompone. Antes del Big Bang no había nada, tampoco tiempo. Después, el tiempo, que lo es todo, más que la materia.

Necesitamos esta convención de contar y descontar el tiempo para orientarnos. Y por ese espejismo de atrapar agua con los dedos creemos también que podemos reiniciarlo como si lo pudiésemos moldear mediante cirugía estética. Pero no se negocia con el tiempo ni lo frenamos cuando suprimimos sus arrugas. No se desanda el camino aunque se borre el rastro. Proliferan esos programas sobre gente que quiso reinventarse en otro país. Aunque lo oculten sonriendo ante la cámara, descubrieron que no podían huir de sí mismos. Algunos siempre se sentirán extranjeros en su propia vida.

No podemos redimirnos, jamás, aunque necesitemos esa ilusión. Ya nacemos lastrados por la genética, la herencia y las circunstancias. Ningún ser humano ha empezado de cero en el relato laberíntico de nuestra evolución como especie y pretenderlo solo ha generado frustración. Todas las revoluciones lo han proclamado, desde las despreciables como la de los jemeres rojos a las admiradas como las que inspiró la Ilustración. Esos ingenieros sociales quisieron construir el hombre nuevo. “Tábula rasa”, gritaban, agitando constituciones y guillotinas. Acabaron descubriendo que el hombre viejo resistía bajo la frágil cáscara que tanto esfuerzo les había costado esculpir. Suyo fue el fracaso de Frankenstein. Nada se crea por generación espontánea. Arrastramos el dolor que nos había anticipado.

Somos, o sea, todos los que han sido antes. Nos hemos ido superponiendo, como en los estratos de cualquier excavación arqueológica.Hubo diez Troyas y otros tantos Jericós. Hemos de edificar sobre lo anterior y con más razón lo que se quiere enderezar, corregir o mejorar. El olvido es el cimiento más frágil.

Así que 2020 no solo sucedió a 2019 y ha precedido a 2021. Fue y sigue siendo. Ninguna cesura se abrió entre el 31 de diciembre y el 1 de enero. Una semana ha bastado para decepcionarnos al respecto: cepas peores, vacunaciones lentas y asaltos al Capitolio. Todo pasa por algo, en su estambre de causas y consecuencias. Aunque el año ha cambiado, nosotros somos los mismos: los que nos quejamos de unos políticos que en verdad nos retratan y los que hemos alentado o consentido el totalitarismo que también nos infecta. De nada de esto tiene culpa el tiempo, más que como el vientre en el que chapoteamos. Si algo nos ha enseñado su transcurso es que todo es susceptible de empeorar, a la vez que nos asienta en la esperanza. Tiempo al tiempo.

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