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Populistas sin complejos

Una imagen del asalto al Capitolio de Washington

Una imagen del asalto al Capitolio de Washington FdV

El populismo no es una ideología política que pretenda mejorar la vida de las personas, es una estrategia para la toma del poder político. Los populistas no quieren cambiar el sistema socioeconómico existente. Por eso no hacen revoluciones, que son más bien cosa de las izquierdas marxistas. Lo que quieren es ocupar el poder. Por eso polarizan la vida política y promueven acciones violentas de sus partidarios. Para la democracia es más fácil desactivar una revolución o un golpe de estado que este tipo de acciones populares violentas.

Los sucesos de Estados Unidos, tanto los de estos días como los que hemos visto a lo largo de los cuatro años de presidencia de Donald Trump, especialmente desde que se conocieron los resultados de las elecciones presidenciales de noviembre, son ilustrativos de las consecuencias para la democracia de la llegada de populistas al poder y de la polarización política y el enfrentamiento social que fomentan. Dado que esta tensión entre populismo y democracia la sufren también las sociedades europeas, y la española en particular, vale la pena analizar como actúan los populistas.

Un rasgo que caracteriza a los populistas es que actúan sin complejos democráticos de ningún tipo a la hora de acceder al poder y mantenerse en él.

Para acceder al poder los populistas se apoyan en el malestar popular existente en las democracias, manipulándolo en su propio beneficio. Frente a la complacencia y ceguera de los dirigentes tradicionales, a los populistas hay que reconocerles un agudo olfato para captar el sufrimiento social y el desencanto popular con las élites políticas y económicas gobernantes. Esta capacidad les permite acceder al poder de forma legítima. Es el caso de Donald Trump en las presidenciales de 2016. Lo fue también el caso de Erdogan en Turquía o incluso el de Chaves en Venezuela.

Una vez en el poder, los populistas intentan por todos los medios, ya sean legales, ilegales o violentos, mantenerse en él. Su “filosofía política” es clara: la democracia es válida para ellos siempre que sea un mecanismo que les permita mantenerse en el poder. Si no es así no tienen el menor complejo en romper las reglas de la democracia. El ejemplo de nuevo de Donald Trump en Estados Unidos es paradigmático, en la medida en que, a diferencia de Turquía o Venezuela se trata de la primera y más antigua democracia del mundo. Por lo tanto, lo que ocurre allí puede acabar ocurriendo en cualquier otra democracia más joven y menos asentada.

El populismo se apoya en el malestar existente en las democracias, manipulándolo en su propio beneficio

Esa falta de escrúpulos se manifiesta también en la manipulación de la información. Los populistas son verdaderos maestros en el uso de la desinformación (“fake news”). Lo fueron los nazis alemanes y los fascistas europeos de los años treinta del siglo pasado. Lo son también los actuales populistas. Utilizan sin complejos todos los medios de comunicación a su alcance, especialmente los de propiedad pública, pero también aquellos medios privados en los que se da algún tipo de connivencia interesada de sus propietarios.

Es el caso de las nuevas redes sociales como Twiter y Facebook. Desde una perspectiva democrática, es inaceptable que sus directivos se hayan acogido al argumento de la libertad de opinión para dar cauce a las noticias falsas y a los mensajes que incitan al odio contra (los) otros. La libertad de opinión no protege la incitación al odio contra las personas ni a la violencia contra las instituciones democráticas. Eso es lo que ocurrió con los mensajes de Donald Trump a sus partidarios para que rodeasen y ocupasen el Capitolio mientras los congresistas y senadores estaban reunidos para validar el triunfo de Biden. El objetivo era impedir el nombramiento de Biden y permitir a Trump mantenerse en el poder.

Sólo la reacción y el descrédito que provocaron para esas redes los sucesos del miércoles negro para la democracia norteamericana llevaron a los directivos de Twiter y Facebook a bloquear, “temporalmente”, las cuentas de Trump. La democracia tiene un serio problema con las conductas de estos directivos. Conductas que no responden, como ellos sostienen, a razones relacionados con la defensa de la libertad de opinión sino a meros intereses comerciales. Hasta que sean los propios usuarios de esas redes los que penalicen esas conductas tolerantes con los populistas, no cambiarán de conducta.

Dada la personalidad narcisista, nihilista y de culto a la personalidad que cultivan los dirigentes populistas, muchas personas pueden pensar que son unos locos, cuya conducta patológica hará que los votantes acaben retirándoles su apoyo. Hay que ir con cuidado con este tipo de argumentos psicológicos. Por dos motivos.

En primer lugar, los argumentos basados en la personalidad patológica de los populistas pueden llevar a minusvalorar el riesgo de que conduzcan a sus países a una guerra civil. Thomas L. Friedman, prestigio columnista del influyente New York Times, planteaba de forma lúcida este riesgo el mismo día asalto al Capitolio. Se preguntaba qué hubiera ocurrido si los aliados de Trump en el Congreso, el Senado y la Corte Suprema, hubiesen conseguido utilizar alguna artimaña legal de última hora para anular el triunfo de Joe Biden. Para Friedman, serían entonces los más de 81 millones de votantes de Biden, entre ellos él mismo, los que hubieran salido a las calles y ocupado el Capitolio. En ese caso Trump llamaría a los militares y los gobernadores a la Guardia Nacional. Sería una guerra civil. Lo del miércoles fue un conato.

En segundo lugar, el argumento de la locura de los populistas desvía la atención sobre las razones sociales de su éxito electoral. La capacidad de los populistas para percibir el malestar y darle cobertura está bien reflejada en el lema político tradicional de los fascismos: “Trabajo, Familia, Patria”. Que en expresión trumpiana es“América first”.

¿Qué hacer para cerrar el paso a los populistas? No es suficiente con demonizarles ni con inhabilitarles políticamente, como ahora se pretende con Trump. Hay que ganarles en el campo electoral ofreciendo mejores políticas sociales y económicas para afrontar los problemas sociales existentes. Eso es lo que han hecho Joe Biden y Kamala Harris.

Quizá algunos pudieran considerar los sucesos norteamericanos como “distintos y distantes”, y que no nos afectan. Pero la polarización es un rasgo de nuestra vida política y la conducta de algunos de nuestros dirigentes es también la de un populismo sin complejos.

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