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La científica aplicada

La farmacóloga Mabel Loza, en el laboratorio del CIMUS en Santiago.

La farmacóloga Mabel Loza, en el laboratorio del CIMUS en Santiago. XOÁN ÁLVAREZ

Curar enfermedades. Ese era el sueño que rondaba a Mabel Loza desde pequeña. No era un sueño heredado, ya que sus padres, una pareja sencilla de Tapia de Casariego (Asturias), regentaban una pequeña ganadería. Tampoco había ningún doctor entre sus familiares. Descartó estudiar Medicina, que en principio parecía el camino más directo para cumplir su vocación, porque Mabel no aguantaba nada bien la visión de la sangre.

Estudiar Farmacia fue una alternativa de última hora. “Era una alumna muy buena y accedí con solo 16 años a la universidad, aunque en realidad no sabía muy bien lo que me iba a encontrar”, recuerda. En cada paso contó siempre con el apoyo incondicional de sus padres.

¿QUIÉN SOY?
“Una mujer que mantengo el espíritu de mi niñez: siempre quise que mi investigación ayudara a las personas, que no se quedara solo en teoría, y estoy en ese camino”

Mabel es hoy una de las principales descubridoras de medicamentos en Galicia. Una mujer que ha logrado aunar las fuerzas de instituciones públicas y privadas para sacar adelante decenas de proyectos de investigación. La ilusión con la que desarrolla su tarea se percibe a la legua. “Me encanta mi trabajo, la investigación aplicada a este nivel; no me sentiría tan realizada en ninguna otra tarea”, asegura.

Mabel estudió Farmacia en Santiago y realizó su tesis en la facultad de Medicina de Oviedo. Al terminar, se incorporó como profesora ayudante en Santiago, al tiempo que realizaba el doctorado. “No tenía una vocación clara de investigadora; es difícil cuando no cuentas con ningún referente. De estudiante me imaginaba en una farmacia... ¡Ni siquiera sabía que existía un trabajo como el que yo hago ahora! Por eso yo siempre animo a los estudiantes con dudas a probar y descubrir lo que verdaderamente les interesa”, recomienda.

"La investigación básica es esencial, pero yo quería descubrir fármacos que llegaran a los pacientes”

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Autora de 168 artículos publicados en revistas; más de 200 comunicaciones en congresos; directora de 23 tesis doctorales y más de 100 trabajos de postgrado. Participante en 100 proyectos de investigación (77 como investigadora principal). Premio Josefa Wonenburger en 2019... Estos impresionantes logros no son en absoluto lo más importante para Mabel Loza: “El mejor indicador de mi trabajo, el que más me importa a mí misma, es que hemos desarrollado quince fármacos que llegaron a ensayos clínicos en pacientes. La investigación básica es muy importante, pero yo necesito sentir que mi trabajo tiene una aplicación directa; que puedo devolver a la sociedad una parte de lo que ella me ha dado”, considera.

La valentía y el arrojo son dos de las grandes bazas de Mabel. Gracias a ellas fue capaz de aceptar una estancia postdoctoral, en 1991, en el prestigioso Centro Médico Monte Sinaí de Nueva York sin saber apenas inglés. “Los primeros meses fueron muy duros, pero conté con el apoyo de grandes compañeros y me adapté rápidamente”, apunta. De la experiencia no solo obtuvo un aprendizaje valiosísimo a nivel profesional, “sino también a nivel personal, ya que fue un estímulo enorme en un entorno de libertad creativa como Nueva York”, destaca.

Tras su paso por la Gran Manzana, la farmacéutica tenía ya claro que quería centrarse en la creación de nuevos fármacos. “En Nueva York trabajé en investigación de farmacología básica a un nivel muy alto y aprendí mucho, pero me daba cuenta de que necesitaba enfocarme a algo más aplicado: crear medicamentos que pudieran llegar a los pacientes. Me decían que era imposible hacerlo desde la universidad de Galicia, donde no había ni siquiera industria farmacéutica, pero yo seguía con esa idea fija”, cuenta.

La científica opina que la vida va abriendo caminos. Así fue como en ese momento de desasosiego Mabel recibió la llamada del investigador José María Palacios, que le propuso dirigir un proyecto con el que la asturiana se encauzaría hacia el camino soñado. “Me ofreció dirigir una experiencia que nunca se había hecho en España: externalizar de la industria un programa entero de descubrimiento de fármacos, en concreto para el asma y la rinitis alérgica”. Mabel formó un equipo multidisciplinar para hacer realidad el proyecto. “Fue como un máster acelerado que duró varios años y que era la semilla de lo que ahora llamamos ‘innovación abierta’, donde se unen la flexibilidad y creatividad del ámbito público al rigor de la industria farmacéutica para producir medicamentos mejores y más eficientes”, describe.

Siguiendo esa misma senda de colaboración, un pequeño grupo de siete científicos apasionados fundaron en 2005 Biofarma, un “matrimonio” de mentes procedentes de Biología y Farmacia de la USC que coordina desde sus inicios Mabel y no ha dejado de crecer y de desarrollar fármacos.

La brillante trayectoria de la farmacóloga no había seguido, sin embargo, los criterios clásicos de una carrera académica que se consideraban necesarios para acceder a una cátedra. Pero también en eso Mabel fue rompedora y logró, en 2011, convertirse en catedrática.

Trabajadora infatigable, la científica no se detiene. En el año 2013, unió su investigación aplicada a fármacos a la del prestigioso genetista Ángel Carracedo y vio la luz la plataforma InnoPharma, un Centro de Cribado Farmacológico de Altas Capacidades desde donde captan proyectos muy potentes.

Para mantener la sostenibilidad de la iniciativa, crearon la fundación privada sin ánimo de lucro Kaertor. Mabel se encuentra especialmente orgullosa de un gran convenio de 30 millones de euros que acaban de firmar entre esta fundación y la Fundación Científica de la Asociación Española Contra el Cáncer, en colaboración con la Axencia Galega de Innovación y la farmacéutica Janssen-Cilag/Johnson & Johnson: el Programa Cáncer Innova, que promueve el desarrollo de nuevos fármacos contra esta enfermedad. “Ha costado mucho esfuerzo sacarlo adelante, pero estoy segura de que va a dar como fruto fármacos que beneficien a muchos pacientes”, augura la investigadora.

Mabel no dejó en ningún momento de lado su vida personal. Retrasó la maternidad hasta lo que entonces se consideraba el límite, los 40 años. Y fue entonces cuando Miguel, que tiene ahora 17, llegó a sus vidas. “Siempre tienes la sensación de que no dedicas el suficiente tiempo a los tuyos, pero creo que he sabido organizarme bastante bien”, comenta. Para ello, siempre estuvo a su lado su marido. “Él es profesor y economista y estuvo más en casa que yo, lo que me permitió no tener que renunciar a nada”, agradece.

“Algunos no entendían que, al poco de ser madre, quisiera embarcarme en nuevos proyectos"

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Mabel asegura que a lo largo de su carrera no se ha sentido perjudicada por ser mujer, aunque no se libró de gestos machistas. “Algunos no entendían que, al poco de ser madre, quisiera embarcarme en nuevos proyectos. Eso nunca se lo habrían reprochado a un hombre...”, recuerda sin acritud.

Entre Galicia y Asturias, entre lo público y lo privado, entre lo teórico y lo práctico. Mabel opina que haber nacido en una localidad fronteriza marca a las personas. “Creo que somos más tolerantes y vemos la realidad con otra perspectiva”, concluye. Una suerte para todos su genial perspectiva.

Las pioneras

  • Gertrude B. Elion

    Una vida en busca de medicamentos salvadores

Gertrude B. Elion (Nueva York, 1918-Carolina del Norte, 1999) era hija de emigrantes judíos y comenzó a interesarse por la investigación con 15 años, cuando su abuelo falleció por un cáncer de estómago. Estudió Química y, all terminar, encontró un puesto como ayudante de laboratorio que le permitió costearse un máster en la Universidad de Nueva York. Era la única mujer que lo cursaba.

En la Segunda Guerra Mundial, muchos hombres a cargo de grandes laboratorios se fueron al frente, lo que permitió el acceso de algunas mujeres como Elion. Fue en la actual GlaxoSmithKline, donde se convertiría en una destacada científica. Empezó como ayudante del doctor George Hitchings, pero pronto fue imprescindible. Juntos crearon fármacos eficaces y seguros contra la leucemia, la gota, las infecciones urinarias, la malaria y otras enfermedades autoinmunes. En 1988 recibieron el Nobel de Fisiología y Medicina.

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