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DARÍO VILLANUEVA - FILÓLOGO. MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

“La filología se convirtió en algo tan exigente que me absorbió por completo”

El filólogo Darío Villanueva,  en Santiago

El filólogo Darío Villanueva, en Santiago Xoán Álvarez

A sus setenta años, el filólogo y académico Darío Villanueva (Vilalba, 1950) combina el ímpetu viajero de su abuelo, un indiano gallego que emigró a Cuba a comienzos del siglo anterior, con el sentido de la justicia que heredó de su padre, el magistrado asturiano Francisco Villanueva. Su libro más reciente, “De los trabajos y los días”, que publica la Universidad de Santiago de Compostela en homenaje a su jubilación, es un intenso periplo por universidades de todo el mundo, de Shanghái a Colorado, y una sincera rendición de cuentas hacia sus maestros Emilio Alarcos, Ricardo Gullón, Sobejano, Francisco Ayala, Zamora Vicente, Carmen Bobes y Enrique Moreno Báez, entre otros.

Recién nombrado catedrático emérito de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Darío Villanueva continúa impartiendo clases de posgrado en la USC al mismo tiempo que sus libros no dejan de reeditarse y sigue sumando prólogos y reseñas que ya exceden el medio millar. Entre sus obras destacan “Estructura y tiempo reducido en la novela” (1977), “El polen de las ideas” (1991), “Teorías del realismo literario” (1992), “Trayectoria de la novela hispanoamericana actual” (1991), “La poética de la lectura en Quevedo” (1995), “Imágenes de la ciudad. Poesía y cine, de Whitman a Lorca” (2008), “Lo que Borges le enseñó a Cervantes” (2016) y “El Quijote antes del cinema: Filmoliteratura” (2020). En marzo publica “Morderse la lengua”.

—¿Qué factor le impulsó a escribir estas memorias intelectuales?

—Una sensación de mala conciencia. Durante el confinamiento lo único que yo podía hacer, según se nos pedía, era no hacer nada, y eso a mí me desesperaba y me generaba un intenso remordimiento. Frente a otras personas, no solo no perdía el trabajo sino que, además, disponía de lo que para mí era entonces más valioso: el tiempo. Es decir, que, acostumbrado a los viajes y compromisos, en circunstancias tan complejas me sentía un privilegiado. Escribir y leer fue lo mejor que supe hacer.

—El título alude a una de las obras del poeta Hesíodo. ¿Por qué ha sido importante la tradición clásica en su formación?

—Aunque me licencié en Filosofía y Letras, realicé la especialidad en Filología Románica. Pienso que es una carrera muy formativa porque abarca desde el latín hasta las lenguas romances, situando al estudiante en una posición favorable a la hora de manejar varias lenguas y relacionarse con varias culturas: un aspecto fundamental en los estudios de Literatura Comparada.

"Mi padre se llevó una gran decepción conmigo por no haber seguido la carrera de derecho"

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—Decidió estudiar dicha carrera pese a la negativa de sus padres.

—Fue sobre todo mi padre, magistrado, quien se llevó una gran decepción. Su deseo era que yo siguiera la carrera de Derecho. En los sesenta, Filosofía y Letras gozaba de muy poca aceptación social. Se consideraba una carrera que no permitía llegar a nada importante, incapaz de resolver la vida económica. Había incluso una actitud machista por la cual se decía que Filosofía y Letras valía para las mujeres, pero no para los hombres. Sin embargo, mi padre no me sometió a ninguna presión para que yo cambiara mi tendencia.

—¿Alcanzó a leer alguno de sus textos?

—Los libros que publicaba siempre se los regalaba a ambos, y cuando murieron me hice cargo de su biblioteca. He comprobado que los ejemplares que les daba presentan signos de haber sido leídos por ellos.

— Según me contó su hermano, el novelista Xosé Manuel Villanueva, cuando usted estudiaba en Santiago, tuvo que trasladar varios de sus libros a casa de sus padres porque no cabían en su residencia de estudiantes. ¿Cómo ocurrió su primer acercamiento la lectura?

—Mis padres, que eran grandes lectores, me regalaron por mi Primera Comunión una suscripción a la colección Crisol de la Editorial Aguilar, encuadernada en piel y papel biblia, a través de la cual empecé a hacer mi cultura literaria. Los primeros libros que me impresionaron fueron el “Robinson Crusoe” y “La isla del tesoro”. Mientras que mi primera lectura poética tuvo lugar en francés, leyendo “Le Lac” de Lamartine, el poeta romántico.

"Mi único intento de hacer creación literaria fueron unos poemas que escribí en mi juventud, pero más que nada eran desahogos amorosos"

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—A diferencia de su hermano, usted no se decantó por la creación. ¿A qué cree que obedece que hayan tomado trayectorias distintas?

— Yo lo veo todo como un proceso muy natural. Es cierto que en la época juvenil redacté algunos escritos e incluso algún relato fue premiado en certámenes universitarios. Y siempre quedan los poemas. Pero los poemas que escribí a esa edad eran desahogos amorosos. Nunca tuve la idea vocacional de ser escritor: yo era fundamentalmente un lector. Leía y admiraba a los escritores, y hacía esto como una expresión más de mi inclinación hacia la literatura. Desde muy joven me prendió el interés por comprender el fondo y el trasfondo de la lengua y la literatura. Este interés, que no es otro que la filología, se acabó convirtiendo en algo tan exigente que me absorbió por completo.  

—Y, sin embargo, usted no era tan joven cuando trabajó en el guion de “Ilustrísima” de Carlos Casares.

—Un guion que se quedó ahí y que no se llegó a rodar. El proyecto formaba parte de mi trabajo como profesor de Guion y Adaptación en la Facultad de Ciencias de la Información. Evidentemente un curso dirigido a alumnos de Comunicación Audiovisual y Ciencias de la Comunicación no podía ser solo un curso solo teórico, sino también práctico, y como práctica me impuse la elaboración de un guion a partir de la novela que usted cita de Carlos Casares.

—Claude Pichois afirma que existen factores determinantes en la vocación de un comparatista, como un bilingüismo congénito. Usted es gallego, criado en Luarca (Asturias).

—En efecto, soy hijo de un asturiano y de una gallega, pasé mis primeros años en Asturias y cuando volví a Galicia en el colegio me llamaban el “asturianín” por el acento. No obstante, mi pedigrí es mucho más modesto. No tengo la misma prosapia de comparatista nato como puede ser el caso de Steiner o de Claudio Guillén. En lo que se refiere al bilingüismo, mi madre fue determinante pues tenía una vivencia muy intensa de la literatura gallega. Al mismo tiempo, los estudios de Filología Románica también concedían un papel muy importante al gallego. Desde entonces, he publicado muchos artículos en esta lengua y he dirigido la sección literaria más amplia hasta la fecha, “Historia da literatura galega” del Proyecto Galicia.

"Dejar la dirección de la real academia española es la mejor decisión que he tomado en mi vida"

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—En 2014 fue elegido director de la RAE con 28 votos de 35 votantes, un hecho insólito en la institución, pero no optó a una reelección.

— Estaba cansado, no en el sentido de que me superasen el trabajo y las dificultades, sino porque no encontraba una satisfacción íntima ni moral que me animara a continuar. Además, cabe tener en cuenta que venía de ser secretario de la Academia durante otros cinco años. En consecuencia, preferí volver a unas condiciones en que yo fuera más dueño de mí mismo y pudiera vivir de una manera confortable. Dejar la dirección de la RAE es la mejor decisión que he tomado en mi vida. Creo que a los puestos de responsabilidad hay que ponerles límites. Estar demasiado tiempo montado en el caballo no es conveniente ni para el caballo… ni para el jinete

—Acumula una rica correspondencia: Steiner, Cela, Zamora Vicente, Vargas Llosa, Francisco Ayala. ¿Ha pensado qué hacer con ella?

—No, porque no creo que sea tan importante como para ir más allá. Pero sí que es cierto que me gustaría donar a la Biblioteca América de la USC todo mi fondo americano, que es muy grande. Y, luego, ya veré lo que iré haciendo. Por el momento, he fundado en Villalba una sala de lectura con el nombre de mi madre, María Prieto Carreira, con cinco mil volúmenes de obras no especializadas.

—De estos 50 años de producción, ¿qué hallazgo quisiera que le sobreviviera?

—Quisiera pensar que mis teorías sobre el realismo literario seguirían siendo de utilidad para comprender un fenómeno literario general y universal, y por los repertorios de la bibliografía internacional compruebo con satisfacción que continúan siendo muy difundidas y utilizadas. En eso me ayudó mucho que mis libros sobre el tema se tradujeran de inmediato al inglés. Es muy injusto que haya muy pocos nombres hispanos en la bibliografía de estas materias y, sin embargo, yo he tenido la suerte de abordar ese tema capital del realismo con una recepción muy positiva internacionalmente.

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