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Eduardo Alonso González | Un embajador de la colectividad gallega en Uruguay

“Aprendí a leer con el Faro”

“De niño fui sacristán, de adolescente tallista y con 18 años me fui a Brasil y luego a Uruguay a buscar vida”

En la imagen de la izquierda, Eduardo Alonso, tras la recepción del Premio Internacional Don Quijote

En la imagen de la izquierda, Eduardo Alonso, tras la recepción del Premio Internacional Don Quijote archivo familiar

El Secretario casi perfecto que todas las instituciones gallegas y españolas quieren tener en su consejo directivo. Ourensano de nacimiento en Ribadavia y pontevedrés por adopción. Un emigrante gallego algo diferente. Mientras otros buscaban afanosamente su bienestar, él sentía una vocación de servicio que dominó su sentimiento desde un principio. Allí donde lo convoquen él está siempre, ya sea integrando un consejo directivo, una comisión electoral o fiscal. Organizador nato, componedor, forma equipo, proyecta y ejecuta. Uno de los pilares básicos al momento de organizar y dirigir las romerías que se realizan durante la época estival en el predio arbolado del Hogar Español de Ancianos, a fin de recaudar fondos. Buen orador y poseedor de un sentido común extraordinario. Conocedor de estatutos, normas y protocolos, cualquier acto institucional de la colectividad española dirigido por él, está garantizado. Así cuenta su vida, que es la de tantos emigrantes gallegos que salieron de la nada y, alejándose de los suyos con dolor, conviertieron sus sueños en realidad.

Con el Faro de Vigo aprendí a leer

Los sábados por la tarde mi papá, José Alonso Alonso, regresaba de Vigo donde trabajaba en una empresa de camiones. Traía consigo el periódico y esa era nuestra lectura de toda la semana. Él leía en voz alta y despacio y yo iba mirando y aprendiendo. Apenas tenía cuatro años de edad. Cuando ingresé a la escuela, con siete, el maestro me puso de ayudante para enseñar a leer a los otros niños. Nací en el Concello de Carballeda de Avia, Ribadavia, el 18 de febrero de 1934. Cuando yo tenía apenas siete años de edad mi padre fallecía en el hospital de esa ciudad a causa de una dolencia mal curada contraída en la guerra con Marruecos. A mis 8 años, contraje una enfermedad en los huesos que me afectaba a una rodilla. Me ingresaron en el hospital de Vigo por un tiempo, luego pasé al Sanatorio de Coia, para niños hasta 14 años, regido por Hermanos de Caridad de San Juan de Dios. Allí estuve internado dos años y medio hasta mi completa curación. Salí con tantos conocimientos de Historia Sagrada como si fuera un seminarista”.

Con sus hermanos. Eduardo es el más alto, a la derecha

De vuelta al pueblo, mi primer trabajo, que duró varios años, fue el de sacristán.

Atendía el toque de campana cuatro veces al día y colaboraba en todo tipo de servicio que hiciera falta en la iglesia. Por asistir los servicios de un entierro me pagaban 15 pesetas, por un cabodano, igual. Por un bautismo 5, y por un casamiento 10. En Pascuas se bendecían las casas y se juntaban más propinas. El cura párroco mencionaba siempre que él no cobraba nada por ese servicio, pero pedía que que no se olvidaran del acólito, que estaba permanentemente al servicio de lo que hiciera falta en la parroquia. Finalmente llegó el momento en que me sentía el hombre de la casa y ya pensaba en un porvenir mejor para mi madre y mis dos hermanos. En principio me trasladé a Vigo y me alojé en la casa de mi tía materna, Irene. A los pocos días ya me encontraba trabajando en la Funeraria Hermanos Pinal, como aprendiz de tallista en madera. Con cuatro años de aprendizaje ya me sentía competente como para buscar nuevos horizontes en tierra americana, ya que en España no se percibía una mejora. Lo poco que se ganaba, aún con un buen empleo, no era para nada suficiente para sostener una familia. Así fue que con 18 años de edad, como muchos otros sentí la llamada de la emigración y me dirigí a Río de Janeiro, con el requisito único de pasaporte y certificado policial de buena conducta, arribando el 12 de junio de 1952. Allí permanecí menos de un año, trabajando en diversas carpinterías. Mi mamá, Carmen González García y mis hermanos, Juan y Mary Carmen, dos y cuatro años menores que yo, se reunieron conmigo en Montevideo algunos años después de mi partida como emigrante y pudimos vivir en la capital uruguaya un buen tiempo en familia”.

El clima

"A Montevideo llegué como ilegal, escondido entre la carga de un camión”

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Muy cálido, el estilo de vida y otros detalles, me hicieron pensar que mi familia no se adaptaría en aquel Brasil, así que, también como tantos otros me decidí a seguir mi camino hacia Montevideo, pero como ilegal. Una semana en tren para llegar a la frontera, Santana do Livramento. Un día más escondido entre la carga de un camión para pasar la frontera por la ciudad de Rivera y al fin llegar a Montevideo el 30 de abril de 1953. Corrían entonces los tiempos de ¨Uruguay, la Suiza de América¨. Contra toda recomendación, al otro día de llegar me dirigí a la Jefatura de Policía, confesé mi ilegalidad y manifesté mi ferviente deseo de legalizarme y traer a mi familia. Se ve que se compadecieron de aquel joven emigrante, inocente, de 19 años de edad. El caso fue que me otorgaron un permiso provisorio por tres meses y me dieron las indicaciones para tramitar el permiso definitivo de residencia. Esa acción solidaria me creó un compromiso de fidelidad con este país que siento como si fuera mi propia patria. Mi primer empleo fue en la Fábrica de muebles Américo Fork, en la calle Caridad casi Avenida Millán. Allí trabajé en escultura y talla en madera, hasta el año 1959 en que ese tipo de labor comenzó a decaer. Los buenos tiempos del pasado reciente ya habían comenzado a volar. Aún así, el jornal diario de $ 12.50 me rendía bastante. Después de hora, trabajaba en otro taller hasta las 10 de la noche donde me pagaban otro sueldo casi igual, lo que me permitió ahorrar lo suficiente como para reclamar a los tres de mi familia. Al poco tiempo de arribar a Montevideo fui vinculado a la colectividad gallega por medio de mi amigo pontevedrés Andrés Kaphamel Vieites, quien me integró como delegado del Flavia Fútbol Club en la Liga Española de Deportes. Dos años después, allá por 1958 surgió la fundación del Centro Pontevedrés. Pasado un año comenzó a conversar con nosotros sobre un proyecto de gran alcance, que parecía utópico, el también emigrante, un enfermero del Hospital Maciel, Gumersindo Álvarez Blanco”.

Y así comenzaba otra historia, la del Hogar Español de Ancianos, que se fundaría en junio de 1964. Ya desde antes de que naciera esa institución de beneficiencia, Eduardo fue uno de los más entusiastas colaboradores, tanto en la captación de socios como en la recaudación de fondos y en lo que hiciera falta. Sesenta años después su acción en favor de esa institución, buque insignia de la colectividad española en América¨, continúa. ¨Un hombre orquesta¨ que toca todos los instrumentos y lo hace de la mejor manera. Nadie conoce la historia de esa institución como Eduardo Alonso y Manuel Rodiño. En el libro testimonial ¨Hogar Español de Montevideo¨, considerado de interés institucional por la Xunta de Galicia, publicado en mayo de 2018, el prólogo de Eduardo Alonso figura junto al del Embajador, Cónsul y Consejero Laboral de España en Uruguay...

Segundo de pie por la derecha, en una recepción a Manuel Fraga en el Centro Gallego de Montevideo.

En 1959

Con dos socios, Ángel Tomé Gayoso, de Betanzos y José Lodeiro Fernández, de Villalba, nos lanzamos a la aventura, otra vez como tantos otros, y adquirirmos a pagar en cuotas el Cafe Bar El Viejo Barrio en la esquina de las calles Canelones y Florida. Dos años después, con Ángel compramos el Bar Quilmes en Avenida Rivera y Comercio, hasta el año 1964, en que vendí mi parte para adquirir junto con mi hermano Juan, media parte de un ómnibus de la cooperativa de autobuses Cutcsa y pasé a trabajar como guarda en el transporte urbano hasta 1967. Siempre en sociedad con mi hermano volví al ramo de la hostelería y compramos en la calle Colonia esquina Roxlo el Segundo Esmo, hasta 1972. Entre 1974 y 1979 nos hicimos cargo del Mesón del Club Español. Poco tiempo después mi hermano enfermó y falleció prematuramente en 1981. Nuestra madre fue longeva, vivió con nosotros en Montevideo hasta los 92 años de edad. Mi hermana se casó en 1961 y se fue para Buenos Aires, donde vive actualmente en la compañía de sus cuatro hijos”.

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Al faltar mi hermano

No quise continuar en el ramo de la hostelería y mi trayectoria laboral transcurrió como gerente en la fábrica de harina de pescado, Aragro S.A., propiedad de varios amigos gallegos. Allí permanecí desde 1980 hasta que la fábrica cerró sus puertas en 1999. Fue entonces cuando decidí jubilarme y dedicarme más aún al servicio de mis colectividades, gallega y española, mis dos amores. Mi compañera de toda la vida, Obdulia Rodríguez Rama, Lula para todos, natural de Bértua, Carballo, llegó a Montevideo en 1955, con 16 años de edad. Se instaló en la casa de una tía y su primer trabajo, como muchas emigrantes gallegas, fue el de servicio en una casa de buena familia. Con el ansia de prosperar estudió corte y confección y tiempo después instaló su propio taller. Cuando cumplí los 25 años de edad llegó el momento en que comenzé a pensar cuándo formaría mi propia familia. Fue entonces cuando conocí a Obdulia,que estaba a punto de irse para Venezuela, para alejarse de un amor que le querían imponer en contra de su voluntad. Fuimos padres jóvenes. Nuestro hijo Eduardo nació el 5 de enero de 1962 y Beatriz el 10 de enero de 1965. Afortunadamente ellos estudiaron lo que nosotros no pudimos. Eduardo, Sociología y Beatriz profesorado de Inglés”.

A partir de aquel encuentro en casa de unos parientes Eduardo y Obdulia nunca más se separaron y estuvieron felizmente juntos por más de cincuenta años, hasta que ella partió hacia otro plano de existencia.

Con el entonces Príncipe Felipe, en la Embajada de España en Uruguay.

Mi adaptación

"Trabajé en mueblería, hostelería, transporte, fábrica de harinas... pero mi tiempo libre lo dediqué a los míos, a los emigrantes”

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A tal medio montevideano, uruguayo, fue inmediato, lo mismo que la vinculación con la colectividad. Primero el Flavia F.C., la Liga Española de Deportes. Enseguida el Centro Pontevedrés, el Hogar Español y suma y sigue. Curiosamente mi vinculación estrecha con el Centro Ourensán, ocupando cargos, no se dio. El Centro Pontevedrés y el Hogar Español me absorbieron por completo. Eso no obstó para que la morriña siempre estuviera dentro de mi alma y, cómo todo emigrante, en cuando me fue posible, con una gran ilusión volví a mi pueblo. Fue en el año 1973. Allí me encontré con mi compañera que había viajado un mes antes. Volvimos a Galicia juntos en 1985. En 1990 me nombraron primer presidente del CRE, Consejo de Residentes Españoles. En funciones del cargo, hasta 1994, regresé a Galicia en ocho oportunidades. Y una vez más en 1995 como integrante de la Unión de Sociedades Gallegas. Después, de vez en cuando, alguna que otra visita a mi tierra. Pero, realmente ¨mi tierra¨ es esta también, donde nacieron mis hijos uruguayos y mis queridas nietas, Elisa y Emiliana y mi querido nieto Gerónimo, todos veinteañeros. Doy gracias a la vida y a ellos, así como a todos mis múltiples amigos de la colectividad, todo lo cual me ayuda a sobrellevar la ausencia insustituible de Obdulia, Lula y la morriña de Galicia”.

Con su familia: mujer, hijos y nietos

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