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El desorden que dejas, la enseñanza que queda

Una escena de la serie “El desorden que dejas”

Una escena de la serie “El desorden que dejas”

Soy un neófito como espectador de ese cosmos de las series televisivas que en los últimos años compiten por colonizar nuestro tiempo libre. Supongo que me he negado a entrar en ese mundo por temor a que el ya insuficiente tiempo que dedico a la lectura sea devorado por ese otro audiovisual más cómodo y atrapalotodo, y por eso aún no he contratado los servicios de Netflix, HBO o algún otro canal. Vivo todavía en la era de las cadenas generalistas, que ya es mucho para quien empezó viendo la televisión con la carta de ajuste varias horas al día. ¡Ah pero, qué miedo, igual que el que fuma su primer pitillo o su primer porro me acabo de estrenar en este consumo adictivo! Sentado en el sofá en conyugal comunión, recordando una recomendación de Antonio Durán Morris” al son del chacachá del tren en un viaje Vigo-Madrid, elegimos en un Netflix prestado “El desorden que dejas” y no pude haber decidido nada más arriesgado para añadirme al universo de colgados de las series.

Soy un bisoño en este mercado audiovisual, un inexperto sin recursos de comparación con otras series, pero me ha atrapado “El desorden que dejas”. No solo es que como gallego me haya tocado el corazón y los sentíos su protagonismo galaico desde el punto de vista autoral, actoral, técnico, espacial y hasta musical. No solo que en el reparto aparezcan actores como María Costas o Alfonso Agra que están incrustados en mi memoria personal y en mis afectos. Es que, además, me parece que reúne todos los requisitos de lo que antes llamábamos buen cine, aunque esté facturado en términos televisivos. Eso que se resume según los textos al uso en la dirección, el guión y el storyboard, el rodaje, el montaje, la edición, la iluminación, el equipo humano y la producción... Hay elementos que parecen desmedidos para un pueblo de Galicia, como tanto buen gusto en el diseño de interiores que la serie desparrama por las casas de los protagonistas, pero se agradece. En los exteriores nos lo dio la naturaleza.

La serie da para muchas lecturas pero una de ellas es la sorprendente relación de tú a tú entre alumnos y profesores. Yo, que hasta me atreví a leer muy de paso a finales de los 70 o principios de los 80 a teóricos de la pedagogía entonces en boga, que vi en esos años de ilusiones y cambios educativos cómo gente de la enseñanza se volcaba en la aplicación de los nuevos presupuestos, que por azar me ha tocado entrevistar al menos a tres de los rectores de los siete planes educativos de la LGE a la LOMCE (por no hablar de otros teóricos con mucha autoridad intelectual pero ningún mando en plaza), que viví con mis hijos la disyuntiva de la privada progresista o la pública... Pues digo que con todo este bagaje me siento muy confuso ante esa relación profesor-alumno que señala la serie y que supongo será más cinematográfica que real.

Me pregunto, extrapolando aspectos de la misma, si tras tanto cambio, tanto derecho instaurado, tanta horizontalidad para sustituir la verticalidad anterior... son mucho mejores los alumnos actuales que los que salimos de la educación yasesabecual del franquismo. Me pregunto si no hemos pasado del profesor autoritario e irrefutable que impartía disciplina energuménica al profesor amedrentado; del educador omnímodo y represivo al acosado y atado por las nuevas circunstancias de lo políticamente correcto, incluyendo a padres que creen que la educación en las aulas es terreno propio. Y es que, a pesar de los cambios sin precedentes que vivimos, no creo que el de la relación profesor-alumno, el papel de cada cual, la distancia pertinente que en esta serie se vulnera hasta la agonía, sea un tema menor. Si la escuela es un espacio en el que se enseñan derechos, antes debieran quedar claros los deberes. Y tuteo amigdaláceo no, gracias.

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