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La vacuna no nos salvará de todo

El Rey Felipe VI.

El Rey Felipe VI. EFE

Reconozco que soy uno de esos tipos de engaño fácil. No en vano, la pasada Nochebuena esperaba que Felipe VI hiciese alguna mención explícita a la extravagante situación de su padre. Aunque nada más fuese un intento de empatizar con la sociedad que mantiene al monarca en su puesto de trabajo. Un gesto, un guiño cómplice, quizás simplemente parafraseando de algún modo al rey emérito. “Me llena de orgullo y corrupción”, o algo así. Lo justo para pensar que en este año terrible todavía quedaba algún margen para la esperanza. Por supuesto, nada de esto sucedió, y el año acabó como era de esperar: girando sobre sí mismo hacia el desagüe sin más banda sonora que el ruido de la cisterna.

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Para Annus Horribilis, el 2020. Pero no sólo por el virus... Hay quien señala éste como el año del fracaso. El año en que, una vez más, la Historia nos ha retratado con el culo al aire. Porque más allá de lo estrictamente sanitario, todo lo que ha sucedido no ha hecho más que iluminar nuestras carencias y debilidades, dejando en evidencia un sistema social pobre, tan sólo verdaderamente comprometido con un ansia voraz de enfrentamiento y discordia. Y así, cuando las circunstancias exigieron un paso al frente, una parte significativa de nuestra sociedad volvió a fracasar. Comenzando por las más altas instancias, como, por ejemplo, la propia Casa Real, que aprovechó aquellos primeros días de caos y confinamiento para, entre el desconcierto y la preocupación general, emitir un comunicado por la puerta de atrás, diciendo algo acerca del emérito, sí, pero con la boca tan pequeña, tan apretada, que al redactor del texto casi le da un ictus por falta de oxígeno en el cerebro.

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En el Congreso, el diálogo parlamentario ha sido simplemente esperpéntico, con un ejecutivo haciendo las veces de gobierno y, al mismo tiempo, de oposición. Claro que, ¿cómo no hacerlo? Al fin y al cabo, alguien debía asumir ese papel, que la oposición electa se ha pasado el año firmándolo todo con brocha gorda. “Nos parece mal” ¿El qué? “¡Todo, lo que sea!” Por no disimular, ni siquiera han faltado las arengas de aliento a un posible golpe de estado por parte de una extrema derecha, si bien explícitamente agresiva y mentirosa, cada vez más y más normalizada por unos medios de comunicación que a lo largo de todo el 2020 han estado a punto de convertirse en puro hooliganismo. Y en cuanto a las administraciones autonómicas... Bueno, para qué decir más pudiendo resumirlo en tres palabras: Isabel Díaz Ayuso.

Ayuso sobre el Rey emérito: "No es un ciudadano más" Agencia ATLAS / EP

Y sí, a esos niveles ha sido terrible. Pero ¿qué pasa con las distancias cortas? ¿Hemos estado nosotros a la altura? ¿O acaso este espectáculo no ha sido más que el reflejo exacto de nuestra sociedad? Porque en su momento todos nos indignamos ante la falta de previsión, la inoperancia del gobierno y la madre que parió a Panete. Pero... ¿dónde estabas entonces? ¿Desde dónde hemos manifestado nuestro rechazo? Confinados, en los balcones y teletrabajando, sí. E incluso desde lugares en los que jamás hubiésemos imaginado encontrarnos, como en la cola de un comedor social, en una UCI, o incluso dentro de un ataúd. Sí, es cierto.

Atendiendo a un enfermo en la UCI. Miguel Riopa

Pero también lo es que en mayo hubo quien lo hizo, cacerola en mano, desde las calles más ricas de España. Y en junio, en cuanto nos relajamos un poco, desde los atascos provocados por las salidas hacia la playa. Y, en agosto, desde las terrazas abarrotadas, llenas de todo menos de sentido común. O, ayer mismo, desde el sofá, aun resacosos de nuestro último movimiento en aras de esa estupidez que ha sido salvar la Navidad... Así hemos ido, fallando una vez tras otra, avanzando con orgullo hacia la tercera ola.

Pero claro, ahora ya no hay de qué preocuparse, porque si el 2020 fue el año del desastre, el 2021 será el del milagro: la vacuna ya está aquí. Y sí, esa es una buena noticia, quizá la mejor. Pero, por desgracia, la vacuna no nos salvará de todo. No hay vacuna para la falta de compromiso, de empatía, de solidaridad. No hay vacuna para la estupidez. No hay vacuna para la tristeza.

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No deja de haber algo lamentable en que finalmente la única solución haya venido por ese camino: habiendo fracasado como sociedad, ha tenido que ser la ciencia (siempre desatendida y despreciada en este país) la que haya venido a salvarnos. Por supuesto, ya me tarda el momento de verme en una terraza felicitándome por lo mucho que yo he hecho por desarrollar la vacuna, solucionar la papeleta y, ya puestos, congratularme por todas las cosas buenas que nos van a pasar este año, empezando por la visita de los Reyes Magos, a los que espero ver en un par de días. (Bueno, o tal vez no: al fin y al cabo, si Sus Majestades vienen de Oriente, cabe la posibilidad de que en su camino hagan un alto en Abu Dhabi. Y, las cosas como son: al último de nuestros reyes que pasó por allí, aún es hoy que lo estamos esperando...).

@pedrofeijoo

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