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Tan insignificante, tan irrisorio

El coronavirus ha actuado como el “boggart” de los cuentos de Harry Potter, adoptando la forma exacta de nuestros propios miedos

Tan insignificante tan irrisorio

Todo nos devuelve a Tolkien porque desde la fantasía es como mejor se interpreta la realidad. Su anillo ha sido metáfora de la corrupción del poder o analogía de la bomba atómica... Lo es también del coronavirus. “Qué extraño destino tener que sufrir tanto miedo y dudas por algo tan insignificante, tan irrisorio”, cavila Boromir, tentado por su brillo y su susurro. Qué extraño destino el de este 2020, volteado por una diminuta proteína orlada de puntas, rosa y rosario.

El hombre siempre ha convivido con las pandemias y él mismo es, en cierto modo, una pandemia para el planeta, como le recuerda el agente Smith a Morfeo en Matrix. Las civilizaciones han sucumbido o se han elevado por encima de sus enfermedades. Eran antaño castigo divino o menstruación de la naturaleza. Quizá, en la impertinencia de nuestro progreso, habíamos llegado a soñarnos invulnerables. Empezábamos a acariciar la eternidad en el trasplante de los órganos y el volcado de los datos. El COVID nos ha apedreado en la frente y nos ha tumbado sobre la tierra como a filisteos. Nos ha devuelto la certeza de nuestra fragilidad. Jamás existió la más mínima posibilidad de que nos mejorase esta experiencia como a quien emerge del bautismo limpio de pecado. Porque a nadie lo beatifica el retrato de sus miserias, sino al contrario.

El nuevo año se iniciará con la campaña de vacunación. Ya nos han advertido que aún quedan meses de restricciones y sacrificios, posiblemente más, además de la postguerra económica, con su caudal de dolor. Mientras, ese diminuto virus, tan sencillo en su composición, sigue hurtando al afanoso escrutinio de la ciencia muchos de sus secretos, desde su mismo origen. Como sostenía el Dupin inventado por Poe, el mejor escondrijo es el que se expone a simple vista.

Lo que no podía percibir ni anticipar ningún microscopio es que el COVID funciona, sobre todo, como espejo de esos miedos y esas dudas que recitaba Boromir. El jabón puede disolver su membrana, pero el virus posee a la vez tanta jurisdicción que desnuda nuestra alma. En esto ataca por igual a sanos y enfermos. Incluso aunque no infecte nuestros pulmones, escudriña nuestro cerebro, iluminando esos rincones oscuros que nosotros mismos desconocíamos o habíamos preferido ignorar. Ese tipo de bondad cotidiana que pretendíamos ser se ha enfrentado al examen de las circunstancias extremas.

El COVID actúa como el boggart, el espíritu doméstico de la mitología céltica que en los cuentos de Harry Potter adopta la forma exacta de aquello que más teme el que lo está mirando. Y así ha alimentado los monstruos cuyo acecho ya espantaba a cada uno: el comunismo que aprovecha el pánico para cercenar libertades o el capitalismo salvaje que prioriza la economía sobre la salud; el egoísmo de los que eluden las precauciones o el fanatismo de los que vigilan desde los balcones; la codicia, la desidia, el cainismo, la estupidez... En general, cada acusación nos fotografía a la inversa.

El COVID, como la quiebra, la batalla o el desamor, rasca la costra morigerada con la que nos disfrazamos a diario y nos expone. Igual que en el Aleph de Borges cabía el infinito, un punto que contenía todos los puntos, en los escasos nanómetros del virus se incluye el ser humano: tan pagado de sí y a la vez tan insignificante, tan irrisorio.

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