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Faro de Vigo

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Adiós, cariño, me voy al Año Nuevo

Cuántas veces habré escrito para este periódico, al borde de la Nochevieja, una columna como esta de recuento del año pasado y previsión para el que viene? Aunque es más larga mi travesía al galope de la pluma no me extrañaría que en FARO unas 39 veces haya despedido el año y saludado al porvenir por estas fechas. Creo recordar que “Cartas de un filósofo rancio” era la cabecera desde la que lo hice en aquellas primeras calendas de manzanillo cuando Calvo Sotelo gobernaba España y mi querido Manuel Soto Vigo. Ninguno de los dos están ya con nosotros. Era aquel tiempo en que celebrábamos la recién estrenada Transición, así que debo estar contento por haber pasado casi cuatro décadas diciendo adiós al ayer y dando bienvenida al hoy. Y es que en el entretanto vi caer a no pocos de mis pares en combate y, si fui testigo de aquella alegría por el cambio, ahora lo soy de cómo unos cuantos ponen en duda aquella experiencia transitoria. Esos que, atentos a descabalgar el sistema para volver a las andadas, dicen que los españoles nos plantearemos estos días si Monarquía o República. Sí, sí, estamos ansiosos, y de paso podremos discutir si colonia o champú.

¡Oh Dios mío, soy el único superviviente en activo de la anterior glaciación periodística! A lo largo de esos años fui evolucionando desde los estilos periodísticos más ampulosos y grandilocuentes, propios de la inocencia de la pluma, a los más sencillos y directos que precisan la madurez para ser conquistados; desde los que abafaban al lector con grandes consideraciones que a la postre no lo eran hasta surfear con la pluma sobre más leves oleajes de la vida cotidiana. Han pasado muchas cosas desde entonces, mi estado ha sobrevenido de soltero a casado, de casado a separado, de separado a vuelto a casar y así sucesivamente hasta mi actual enlace culminativo (eso espero), obteniendo por el medio mucho amor, algún desaire, dos hijos para dar gracias a la vida, tres nietos para reforzar esa gratitud, kilómetros de tinta escritos por los que podría patinar cualquiera y tantas experiencias como para no recordar ninguna por el caos abigarrado en que conviven en mi mente. No esperen de mí, por tanto, ningún consejo porque he visto y vivido lo suficiente como para que no me atreva a hacer consideración tajante alguna.

Lo que sí puedo asegurar es que en todos estos años nunca me tocó la lotería pero no me quejo, en primer lugar porque no he puesto los posibles ya que apenas he jugado más que cuando era obligado para no sufrir un síncope si cayera al lado. Este mismo año, de todos modos, ha ocurrido: no solo tocó el gordo en el kiosco inmediato de mi casa de Vigo sino que le cayó un buen pellizco del mismo a la que viene a planchar a mi casa salmantina. En segundo lugar, porque nunca pensé fervientemente en cambiar mi suerte, quizás por saber contentarme con la que tenía o porque siempre me sentí millonario por levantarme cada día con dos piernas para andar y dos ojos para mirar. Me llega con esa suerte, y la de poder desearos feliz año nuevo por cuadragésima vez.

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