Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

MARADONA 1

Gol de Maradona a Inglaterra en el Mundial de México 1986 (tinta china y gouache) “O CHORO”

UNO (mi primera y mi segunda fama):

1. Hay voces que se quedan dentro de uno. En algún lugar. Porque explican y sintetizan cosas, supongo. Verán, hacía quizá décadas que no me acordaba del diálogo que sigue. Lo enunció una mujer a mi paso tras reconocerme primero.

–Mira. Pero si parece un vagabundo.

Y lo dijo como se dicen estas cosas, en tono natural, para que uno lo escuche. Digo “reconocerme primero”, porque en aquel momento de mi (vista desde hoy) guadianesca trayectoria profesional, yo era por primera vez conocido. Ni mucho, ni poco. Pero lo suficiente como para que fuese convocado con motivo del reportaje anual de Fotogramas (la emblemática revista de cine, nada menos, a propósito de los nueva oleada de actores a tener en cuenta. Hace de esto ya varios siglos). Conocido lo suficiente también, para que me empezase a verme envuelto en situaciones de esas que aparecen cuando uno entra en el dominio de lo público (ese territorio tan extraño) y aquellas pintas que yo llevaba (ahora que lo pienso), fuesen en cierto modo una cuestionable respuesta.

2. El caso es que había protagonizado una película llamada “Alma gitana” que en términos de calidad precio, se había situado como tercera del ranking aquella temporada. Quizá es un poco loco que lo exprese en estos términos, casi al peso, pero lo cierto es que la cinta había compensado con cierta alegría su coste para colocarse en aquel tercer lugar de las estadísticas y me dio por unos meses (a lo sumo un par de años) la posibilidad de recibir ciertas ofertas. Que yo atendí o desatendí (como todo lo demás) con mi nivel de entendimiento y sobre todo perspectiva de entonces. Más bien escasos.

3. Acabo de decir que aquellas pintas eran en cierto modo una contestación, más bien irracional. Bien. Pero una contestación a qué, se preguntarán. Seguro que aunque alguno de ustedes ya lo intuye, no está de más precisar.

De pronto tienes 22, 23 años y una cierta parte del mundo te observa. No solo eso. Sucede además de un día para otro, casi sin previo aviso. Al principio uno no posee referencia de ninguna clase para identificar y comprender esa especie de velo invisible que de una forma muy perturbadora, desde fuera deslumbra y desde dentro, si no estás muy centrado, fundamentalmente oprime.

4. Puede ser que cuando aquella mujer se cruzó conmigo, yo viniese además de fiesta en un viaje de fuga hacia quién sabe dónde (no me acuerdo bien) e incluso que algún tipo más bien borracho se me hubiese acercado una noche más con dudoso gusto para tocarme la herida. El caso es que iba con algún amigo probablemente de empalme y de risas muy de mañana, en modo nouvelle vague, ataviado con un abrigo viejo de a saber qué guerra. Y además (y para completar el outfit), con mis ropas holgadas e imposibles de entonces, ya no porque me gustasen, sino también y muy probablemente, como una forma de protección.

Sí, seguro que eso estaba presente de algún modo en mi indumentaria.

El mensaje era: No me importa la apariencia. Es más, si vienes a mí con intención de juzgarme o con ganas de mambo del malo, que te den. Esto es (traducido en cristiano), si no estás conmigo, me das igual mother fucker, no me importas. Claro que este mensaje se hacía extensible a todos con los que me encontraba (con cada vez más cuestionable finura hasta convertir aquello en una lucha conmigo mismo), fuesen cuales fuesen sus intenciones al aproximarse.

Y así, a cada acometida, se fue descomponiendo poco a poco mi retrato.

5. Veintitantos años más tarde tomo asiento en business vestido con uno de mis trajes de abuelito zen, junto a una mujer rubia, a todas luces forrada de pasta y muy educada, rumbo a la Patagonia. Tras varios minutos en que básicamente todo el pasaje y la tripulación me piden fotos y tras ver lo atentamente que respondo, ella me dice.

–No debe ser fácil. Me asombra tu cuidado.

He de decir que a partir de ahí tenemos una charla hermosa.

6. Agradezco infinitamente (y según la escucho) el refuerzo positivo de la mujer, que parece un ángel a pesar de los millones. Sin embargo, aunque me siento especialmente bien en ese preciso momento de mi existencia, vengo de vivir un cúmulo de situaciones en la capital de Argentina de esas que dejan huella. Y que me turban.

Veamos. Básicamente (vayamos a lo que este texto se refiere) he tenido que (hablo de cuando viajé por primera vez a Buenos Aires) renunciar a caminar por la calle, por ejemplo, porque primero decenas y luego cientos de personas, me siguen.

Cuando por fin me encierro a solas (tras lograr salir airoso de una muchedumbre que ha estado a punto de tragarme en un mercado) en un patio interior del hotel donde me hospedan, a los pies de la suite donde se instalan los Rolling cuando vienen a la city, me digo.

Uffff. Pero qué es esto.

Esto es, no podría salir ahora mismo con mi hija a la calle. Ni caminar como me gusta cuando llego a un sitio aún por conocer, sin rumbo ni destino. Sin decidir a dónde. Una voz resuena dentro de mi cabeza y retumba. La cosa es seria.

Juro que da vértigo.

7. Sin embargo siento que estoy preparado. Que ahora sí tengo referencias y un cierto punto de vista y un eje, que me permiten orientarme ante lo que sin duda me ronda. Más allá de lo que la ola dure. Porque eso está claro, al final toda ola pasa.

DOS (mi tercera fama):

1. Tengo jet lag y veo cómo Buenos Aires amanece preciosa desde la habitación de mi hotel. No hay forma de dormir, así que mi querida Úrsula y yo intercambiamos impresiones por teléfono. Ella, desde la ciudad de Milán, al otro lado del mundo (y haciendo promoción de la serie que nos ha puesto en la órbita del mundo entero, me cuenta).

–Pedro, ha sido de locos. Nos han tenido que poner una furgoneta vacía delante y otra detrás e irnos a todo trapo para intentar despistar a los coches que nos perseguían. O simplemente para protegernos. Ha sido muy fuerte.

Sí es fuerte, contesto. A lo que mi amiga, apunta.

–Ya sé lo que debe sentir Madonna cuando se va de viaje.

A lo que yo, sin darme tiempo a pensar siquiera, respondo.

–Y yo, cómo debía sentirse Michael Jackson.

Nos reímos.

2. Tengo exactamente el doble de años entre la primera situación que he referido y esta otra y entre ambas (no solo profesionalmente) me ha dado tiempo a morir y renacer al menos un par de ocasiones. Eso como mínimo. Digamos que toda la explosión de “La casa de papel” (para quien no lo sepa, la serie de habla no inglesa más vista en Netflix) me ha pillado hasta cierto punto en mi sitio, me las he comido en veinte años de todos los colores y he atravesado realmente momentos bien duros que me ayudan a no olvidar mis intenciones más íntimas y a poner la situación en perspectiva. Pero al mismo tiempo, quizá también por todo lo que he vivido, no dejo de decirme: Shhh, cuidado.

Cuando digo en mi sitio, entre otras cosas, quiero decir: me ha dado tiempo a saber lo que es dejarse arrastrar por la corriente sucia (entiéndanlo como ustedes prefieran, hay tantas modalidades) y a intuir lo que vale saber elegir cuál es tu ola. Y esto en mi sistema de procesamiento, a día de hoy, básicamente significa: apostar únicamente por el camino y el modo que te acerca muy poco a poco a quien tú eres. Sea tal cosa lo que eso represente para cada uno.

TRES (Digresión. Panacea o demonio):

1. Estamos Hari, Mario, Carla, Justine y yo de ruta en algún lugar de Sonora, en México. Otro lugar y otro momento bien distinto. Básicamente perdidos por decisión propia y a la búsqueda de un saber ancestral asociado a cierta tribu en esta zona tan caliente de la tierra (no solo por las temperaturas extremas). Digamos que lo que nos ha traído hasta aquí no puede estar más lejos de los efluvios de la fama.

Bien. Nos hemos parado en un restaurante de alguna franquicia tan impersonal como americana a comer. De pronto se acerca la que debe ser la camarera más arrojada y zalamera y un tanto frivolona del lugar y me dice.

–Mis compañeros dicen que eres famoso. Yo no te conozco, aclara. Pero como ellos son tímidos, me he adelantado en su nombre para pedirte que te hagas unas fotos con el equipo. (A lo que yo, tras mirar a mis compañeros de viaje que me escrutan en modo beat generation, con cara de circunstancias, respondo):

–Sí, sí. Claro.

2. En cuanto el grupo (y tras hacernos las fotos de rigor) se va, Hari, que tiene un talento especial para poner el dedo en las llagas, dice.

–Esto lo has pedido tú. Esa prisión. Esos grilletes.

Cuando Hari dice algo así, se refiere a esa cosa de la mirada chamánica que afirma que todo lo que nos sucede es una proyección. De lo que se deduce que (según Hari) esta especie de persecución que no parece querer soltarme ni en la profundidad del desierto, es algo que yo mismo he construido.

Bien. Estoy a punto de responderle que la sensación de cárcel, no es la mía. Sé lo que es morder el polvo y desde luego no se parece en nada a lo que últimamente me sucede. Pero prefiero jugar a su juego y responderle.

–Bueno, quizá yo he decidido vivir esta cosa que oprime. Pero tú también, pues al cabo estás aquí, conmigo. Si es verdad que hay una tarea que hacer al respecto, ojo con ello. Porque entonces y en esta mesa, hay trabajo para todos.

A cada cual lo suyo.

CUATRO (JUICIO):

1. Entro con el coche que voy a devolver en las instalaciones. En Madrid, ya ni recuerdo cuándo. Al hacerlo y encarar la nave, no acabo de saber dónde debo aparcar. Entonces veo un sitio libre y decido dejarlo allí, junto a ese tipo de la gorra. Tiene pinta de trabajar en el lugar. Bueno, para ser exactos, gorra, gafas de sol de espejo y mascarilla. Según llego, bajo la ventanilla y le pregunto.

–Buenos días. Disculpa. Sabes si aquí puedo dejar el coche? Vengo a entregarlo.

La persona que está al otro lado de las gafas, la gorra, la mascarilla, me dice.

–Pedro!

Tardo aún un par de segundos en reconocer quién es. Lo juro. Hasta que por fin caigo.

2. La persona de las gafas, la mascarilla y la gorra, es mi amigo. Aunque por momentos tengo la impresión de que podría ser hasta un marciano de incógnito. Y quizá lo sea.

Al cabo se trata de alguien muy, muy famoso.

Minutos después de nuestro encuentro y cuando, tras despedirme de él, me dirijo hacia mi casa, una luz se enciende retroactivamente en mi cerebro y dice.

–Iba con todo eso encima porque se está escondiendo?

3. Puede parecer una obviedad, pero como tantas cosas con respecto al asunto que nos ocupa, les aseguro que no lo es.

Por ejemplo. Y ya que estamos, aquí va una retahíla de recurrencias y tópicos: Siempre se dice que el peligro de la fama es que le vuelva a uno gilipollas. Imagino que tal afirmación se refiere a la posibilidad de que la recepción sistemática de atención y privilegio en el trato acaben haciendo que el famoso en cuestión se comporte como un niño malcriado.

Sí, puede ser. Y casos habrá, seguro. Pero a mí me ha perturbado más alguna que otra expresión del síndrome.

4. Por ejemplo, el afán de perfección extremo.

Mi amigo el de la gorra, lo tuvo. Si bien, tengo la impresión de que con el tiempo afortunadamente la cosa se ha calmado. A este ser, en principio de corazón hermoso, la influencia del monstruo que representa la sobrexposición y la fama (más su inteligencia) lo convirtió por momentos en el hombre capaz de todo. Me explico. Capaz de disponerlo todo de la forma más impecable en cada acción. Y además con talento, sí. De verdad que sí. Hasta el absoluto infinito.

Claro que no solo para sí mismo, sino para toda la tropa.

Hasta el extremo en el que empezó a sentir, sin ser consciente (esta es mi cuestionable lectura), que las razones fundamentales del éxito en el que él participaba y que lo había convertido en un referente, pasaban básicamente por él. Esto es, que su visión e inteligencia estaban ahí para dar sentido y el toque de gracia a cada cosa.

Repito. A todas y cada una. A todo.

5. Desde la aparente bondad, un día que nos encontramos, al escucharle, tuve la sensación de que por su boca hablaba la voz de un monstruo. Y su diosismo.

Me preocupé.

Realmente era aquel un espectáculo inquietante. Y más por la aparente corrección e irréprochabilidad de mi amigo. Lo cierto es que sentí que aquel nivel de celo y amor por lo impecable, de cuidado por lo bien hecho hasta aquel nivel de paroxismo, podía convertirse a la postre en algo íntimamente muy invasivo, muy territorial. Y muy feo.

6. Claro que como dije más arriba, a cada cual lo suyo. Yo fui el primero en juzgarle en su inquietante y temporal metamorfosis.

Sí.

Sin duda fama y éxito son, entre otras cosas, eso. Ponerte en la mitad del ruedo con un cartel en la frente invitando a que primero te protejan, luego te adulen hasta encumbrarte y ya al final (salvo muy puntuales excepciones) te crucifiquen. O te coman. Quién no ha jugado ahí a ser fiscal en algún momento. Y si los verbos suenan excesivos, tómense un instante y piensen. Hagan memoria.

CINCO (la voz del vulgo):

1. Qué derecho tiene Cristiano Ronaldo a quejarse. O Messi?

Ojo, no digo a comportarse como un imbécil. Ni por supuesto a abusar de nadie o a engañar a hacienda. No. Hablo de esa tendencia a la afirmación inapelable tan propia de la masa que hasta hace poco nutría el graderío y que a partir de la concesión social de un privilegio y tras conducir a alguien al Olimpio, se pasa tantas veces al lado de la sombra. Esa que niega por decreto y de forma absoluta y definitiva el derecho del famoso a quejarse.

Precisamente por gozar de un privilegio.

2. Por eso a mí, frente a las voces que de pronto empezaron a reconocerme algo del valor del éxito ante la gran ola (esa tercera fama que he mencionado y que como las anteriores, pasará), solo se me ocurrió durante una buena temporada, negarlo todo. Como un bellaco.

Yo decía.

–Bueno, en realidad no es para tanto.

O también.

–Es demasiado pronto para hacer una valoración del fenómeno. Hasta que pasen unos años, es imposible comprender el valor de lo que está pasando.

Etc.

3. Palabras. Y me reafirmo en que es necesario tener distancia para valorar algo y más cuanto más gordo, pero confieso que en mi intención profunda, una voz (cuando doy largas) por detrás me dice a veces.

–Niégalo todo.

Y también.

–Protégete.

SEIS (la insaciabilidad del monstruo):

1. Y es que algunas personas, incluso personas que se alegran de lo que ellos entienden como algo bueno para ti, frente al brillo del éxito y a tu vera, te aconsejan.

–APROVECHA!

Lo escribo con mayúsculas en el intento de subrayar el tono casi febril con que tales palabras suelen ser pronunciadas al oído. Pues bien. Aquí es cuando en verdad me tiembla todo. Cada vez que las he escuchado con ese furor al borde de la fiebre, una desazón profunda amenaza con helarme la sangre.

Porque ante ellas me pregunto y les pregunto. Qué significa ese APROVECHA?!

2. Visualizo al buscar qué responder, a una de esas bestias inmundas propias del peor de los sueños. Una de esas que en el afán de sacar partido de una situación favorable, no dudarían en comerse algún corazón humano.

Incluido el propio.

SIETE (las fronteras de la turbación):

1. Pero no quiero ponerme nihilista. La vida, al cabo, no deja de ser una sucesión de pruebas. Es así, conviene no olvidarlo. Después de cada peldaño, de cada ciclo, viene el siguiente. Y en cada uno (hasta en los momentos más ásperos o eso creo) se esconde a veces hasta lo imposible, el brillo mágico de una oportunidad de oro.

Agazapada.

2. A veces, lo que te impide verlo, no es más que torpeza.

Y hablando de torpeza. El otro día estaba desayunando en una cafetería de barrio. En mitad de una conversación con Tatiana. Entonces, sin ningún aviso previo y sin introducción alguna, la mujer que estaba en la mesa de al lado, le dice a mi pareja ofreciéndole su móvil para que lo coja y señalándome mientras entornaba los ojos hacia mí.

–Nos la haces?

Sin acabar de entender (realmente la situación y los gestos eran un puro equívoco), yo la miro y le pregunto.

–Perdón?

A lo que la mujer responde, mirando a Tatiana.

–Si me haces la foto con él.

3. Aquí me subió algo por las piernas (probablemente era demasiado temprano), irracional. Algo que asociado a este tipo de situaciones, a veces te toma. Y te posee. Como un veneno. En esos momentos uno comprende hasta cierto punto aquellas leyendas incomprensibles de gente famosa que la lió parda en ciertos retaurantes por cualquier estúpido desacuerdo o confusión con algún comensal, o en hoteles en los que acabaron deshaciéndose del mobiliario por la ventana.

Ahí uno puede entender el valor de una gota cuando colma un vaso.

4. Pero antes de que aquello me cambiase el ánimo y me pusiese en modo Russel Crowe (y tras hacerme la foto), mi pareja que es muy sabia, dijo.

–A veces únicamente se trata de torpeza.

5. Y es verdad.

Y también de aprender a decir no, de eso ya hablaremos. Pero ahora sigamos adentrándonos en el pantano.

Recuerdo hace lustros (entonces me dedicaba a intentar sobrevivir como podía con mi trabajo como actor), cuando una mañana me crucé en la calle con un actriz a la que realmente admiraba por su trabajo. Y que era además muy atractiva. Ahora escuchen bien, porque esto va de mi propia miseria. Porque no está de más recordarlo a esta altura del relato, de eso tenemos todos.

Recuerdo que no solo me dio un respingo nada más verla, hasta ahí bien. Sino que además me paré. Digamos que a una distancia de siete o diez metros. Y durante lo que debieron ser dos o tres minutos, me dediqué a observarla.

Ella hablaba por teléfono.

6. Bien. Hoy sé que es imposible que ella no se diese cuenta. Como probablemente lo supe entonces. Aunque no quise verlo. Ni entender que lo que era la irresistible y fatal atracción que emanaba de mí ante alguien (que por su talento en aquel caso) era una figura pública, a medida que los segundos corrían, podía empezar a convertirse en algo parecido al acoso. Quién no ha fantaseado alguna vez en encontrarse con su ídolo y empezar hablar. Ya no digo enamorarse. O irse de fiesta.

Quién.

7. La frontera es muy fina. Y como todas las fronteras, en ocasiones una vez al borde y en un momento de excitación, parece no tener apenas importancia pisarla. Ya que estás ahí... Pero uno ha de saber, que una vez que se ha ido un poco más allá, quizá se ha adentrado sin remedio en el otro lado.

He aquí también la auténtica línea divisoria conceptual de este escrito.

8. Porque en el otro lado un día alguien te sigue por la calle hasta la puerta de tu casa. O se mete en ella, por qué no. O, sin ir tan lejos, te graban con el móvil durante toda una cena mientras estás cenando en un sitio público con tu madre. Y cuando tú, que has pensado que el comportamiento de esos dos chicos era ejemplar por esperar a que uno acabase de cenar para tirarte una foto, le das las gracias, al día siguiente ves el vídeo que aquella misma pareja tan respetuosa te estuvo haciendo durante toda la cena para poder subirlo a Instagram.

O, qué sé yo, te piden una foto literalmente a los pies de un féretro.

9. O, ya puestos y casi sin querer, como en un acto reflejo, te sacan una foto dentro del féretro mismo.

OCHO

1. Acabo de releer todo lo que he escrito y quiero aclarar que lo llevo bien. Lo de mi popularidad accidental y pasajera, ya saben. Realmente en mis últimos años, a mí personalmente me ha ofrecido momentos maravillosos en el propio trabajo y fuera de él. Y básicamente la gente se me acerca con complicidad y respeto. Al contarles lo que leen simplemente estoy tratando de poner en perspectiva algo mas amplio. Y quiero ser honesto. Es verdad que tuve un par de semanas delicadas hace unos meses. En tan solo unos días me sucedieron varias de esas truculentas situaciones que acabo de referirles. Entonces Tatiana, la mujer luminosa (pienso que con lucidez y buen criterio, me dijo).

–Necesitas una temporada en modo ninja.

La miré. Ella insistió.

–No pasa nada por camuflarse un poco.

2. Si han leído hasta aquí, probablemente habrán sentido que tomar esa decisión, no me hace gracia. Ya he dicho, me gusta llegar a los sitios y perderme. Y por extensión encontrarme con gente que no conozco y platicar. Con cualquiera. Como cualquiera. Seguro que me entienden. Dejar que la vida me asombre.

Pero entendí que no era una opción a desechar darse una tregua. Y además no muy complicada en este tiempo de pandemia y mascarillas.

Muy bien, concedí. Así lo haré. Me camuflaré un poco. A lo que Tatiana, añadió.

–En cuanto dejes de proyectarlo, esta turbulencia pasajera se diluirá.

3. Y así fue. Tan pronto como volví a destensarme, el fantasma se fue.

Pero a lo que iba.

El otro día, digamos que por cuarta o quinta vez en los últimos años de sobrexposición, la situación me pilló totalmente desprevenido. Seguramente ayudó que llevaba días, quizá semanas sin ir a un bar. Y desde luego que durante la conversación que tenía con mi amigo Fernando, los estudiantes de un máster saliesen en su descanso a la calle y viniesen al local en donde estábamos a tomarse algo.

4. Ok.

Estábamos mi amigo y yo en aquello que se sentía como el punto álgido de una conversación importante cuando un chico (uno de los del máster) se planta apenas a un metro y medio de nuestra mesa y empieza a tirarme fotos. Sin contemplación ni disimulo alguno. Cero.

5. En cuanto me quise dar cuenta, le estaba ladrando. Algo así como:

–Eh, eh.

Y el tipo a lo suyo. Así que con un poco más de mala onda, insistí.

–Eh, eh, tú!

El muchacho ahí regresó del mundo fantástico, inconsistente y disperso de lo virtual y me miró.

–Pero se puede saber qué haces. Ven... VEN AQUÍ. Ven.

Y él se acerca, claro. Desde luego en ese momento no tenía opción.

–Pero se puede saber qué haces? Le digo.

A lo que él, con candidez aparente y no especialmente alterado, responde.

–No, nada. No quería molestarte. Solo unas fotos.

Y yo ahí, que le vomito. Entiéndanme, no literalmente:

–Pero tú no te das cuenta de que mi amigo y yo estamos en mitad de una conversación y que tú te acabas de plantar junto a nosotros y te has puesto a hacer fotos sin medida como si yo fuese una farola? Pero no te das cuenta de que yo no soy un... (ahí traté de buscar sin mucho acierto una imagen, realmente no estaba en mi momento más lúcido) que yo no soy un mono? Pero tú no comprendes que no puedes... Cómo te llamas? (Esto en ese instante creo que se lo pregunté por cortesía, pero también porque mi amigo Fernando siente que es suficiente o quizá porque estoy a punto de pegarle).

–Juan (me dice y yo sin respirar, prosigo:)

–Juan, tú no te das cuenta? No eres consciente? (y él, lo juro, para acabar de apuntalar su inconsciencia:)

–No, si era por no molestar.

NUEVE

1. Aunque a estas alturas seguramente no es necesario afirmar que cuando alguien hace fotos de esa manera, en realidad casi nunca le interesa la persona sino más bien el trofeo, quizá quien lea esto también piense: con la que está cayendo, qué importa lo que esté señor me cuenta. Ahora me refiero a mí. Por eso quiero dar un último paso.

2. Verán, todo esto viene a cuento porque acaba de morirse Maradona. Ya saben, ese hombre al que se conocía como Diego Armando Maradona.

Y también seguramente porque estoy a punto de meterme o más bien me dirijo hacia un par de proyectos de lenta cocción que pueden suponer (quién lo sabe), una nueva ola añadida a las tres olas más o menos significativas de fama personal de las que les he hablado.Y francamente, me preocupa estar lo suficientemente lúcido para poder canalizar lo que de bueno tiene tener un foco de cierta potencia encima. De esos que te exponen a lo bestia. Sin duda percibo (no siempre con claridad) que, si uno disuelve la propia miseria del ego, la visibilidad brutal en lo público puede ser una plataforma para desviar las cámaras hacia temas de calado o directamente para acceder a gente con talento y por ello, un gran viaje. Pero a la vista está que hace falta estar bien despierto para gestionarlo. Por eso no está de más revisar de vez en cuando ciertas cláusulas del acuerdo personal según el que uno vive.

Y más, me digo, en estos tiempos tan cosificantes y necesitados de que entre todos abramos ventanas para que entre oxígeno.

3. Y digo que pienso en Maradona, porque no puedo dejar de darle vueltas al nivel de violencia salvaje al que (en nombre de la admiración) fue sometido ese hombre. Sin duda hablamos de un nivel popularidad fuera de todo comparación posible y que rayaba en lo mitológico. En vida, pero también una vez muerto. También es verdad que él sacó a pasear una y otra vez muchos de sus demonios, algunos bien amargos, conviene no despistarse con la multiplicidad de vertientes del individuo en cuestión. Pero si me permiten, de eso hablaremos la semana próxima.

4. Y es aquí cuando resuelvo. Y estoy seguro de que como final de este artículo, roza lo pueril (si es así disculpen). Pero así lo siento: Es posible que revisemos nuestras formas de amor? (Y lo digo sin fisuras, porque en términos de violencia probablemente no haya mucho que hacer; el ser humano ha demostrado en ese frente ser un auténtico hacha. Capaz de innovar sin pausa en la ignominia).

Sí, creo que es a aquí donde quería llegar: la admiración y desde luego el amor no pueden convertirse en la misma boca insaciable que en nombre del respeto igual que en el del desprecio hacia alguien le haga pedazos en el afán por devorarlo.

5. Este es para mí, uno de los malditos destellos de esta era hija de la compulsión, que ha convertido y convierte la atracción y el deseo en nuestra era en una maquina de deglutir dispuesta a tragarlo todo (incluso en nombre de Dios y hasta al dios mismo) para escupirlo luego.

Compartir el artículo

stats