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La inmigración irregular y el paradigma económico de España: ¿sufrimiento o crecimiento?

Varios migrantes en el campamento del polvorín de Barranco Seco, en Las Palmas de Gran Canaria.

Varios migrantes en el campamento del polvorín de Barranco Seco, en Las Palmas de Gran Canaria. Elvira Urquijo

Es un lugar común la ansiedad por recuperar tasas crecimiento económico que tuvo en el pasado nuestra economía. No hay banco cuyo centro de estudios, ni economista ni partido político que no tenga una receta para recuperar el crecimiento económico y el pleno empleo de recursos de capital y trabajo. Todo se fía al crecimiento. Hasta el punto de que se atribuye el sufrimiento, la desigualdad, la pobreza a la falta de crecimiento económico. Sin embargo muy pocos economistas intentan cambiar ese paradigma, es decir, encontrar el equilibrio económico con tasas de crecimiento sostenibles y alcanzables. En otras palabras, alcanzar altas tasas de erradicación de la pobreza, de justicia social y de disminución de la desigualdad sin fiarlo todo a un crecimiento que no llega y probablemente no volverá.

Ese paradigma en el que se encuentra la economía española es doblemente perverso.

En primer lugar es perverso un sistema que solo está equilibrado con tasas de crecimiento económico inalcanzables en Europa y España. Tenemos que hacérnoslo mirar: ¿Cómo es posible fiar el empleo de los jóvenes, la reducción del paro de larga duración y el empleo precario, a un sistema que solo garantiza el pleno empleo con tasas de crecimiento no sostenibles ni alcanzables salvo en momentos de burbuja expansiva? Acaso, ¿no deberíamos los economistas poner la lupa, no tanto en el crecimiento económico, sino en los desequilibrios estructurales de una economía que sólo da síntomas de salud en épocas excepcionales?

El crecimiento económico tampoco garantiza la lucha contra la desigualdad, sino todo lo contrario*. En la series históricas analizadas por el economista francés Thomas Piketty se comprueba como la tasa de retorno del capital ha sido superior a la tasa de crecimiento de la economía en los últimos 250 años, de donde resulta una desigualdad económica creciente.

En segundo lugar el planeta tierra no crece. Y sus recursos decrecen, pues se agotan. La tierra ha pasado por múltiples cambios climáticos; pero la novedad del calentamiento global es que está causado por la mano del hombre. La fina piel que habitamos, la biosfera, está dando muestras evidentes de agotamiento: reducción de la biodiversidad, desaparición de especies animales y vegetales y la multiplicación de fenómenos climáticos extremos: grandes sequías e incendios se suceden con inundaciones y tifones destructivos. Queremos impedir que la tierra se caliente más de dos grados en este siglo. Y aún así los polos se derretirán y el mar subirá 70 centímetros su nivel, anegando archipiélagos, grandes estuarios y zonas súper habitadas, con fértil agricultura y sin cotas de elevación.

La huella del hombre en la tierra se mide por toneladas emitidas a la atmósfera de CO2 por habitante. Los países ricos emitimos más de 5 toneladas por habitante al año: EEUU:15,5TM; Luxemburgo: 15,4TM; Canadá: 15,1TM; Rusia: 12,0TM; la media de los países OCD: 9,0TM: la media de la Unión Europea 6,5TM; Holanda: 10; Bélgica: 8,6; España: 5,2; Portugal 4,7.

Ahora fíjense en los países árabes mega-ricos: Qatar: 38,9TM; Kuwait: 25,0; Bahrein: 22,2; Arabia Saudita:17,4TM.

En el otro extremo, los países pobres: Marruecos: 1,7TM; Mauritania: 0,7TM; Bangladesh: 0,5; Kenia: 0,4; Madagascar: 0,2TM; Congo 0,1TM.

Los economistas hemos advertido esa exacta y estrecha correlación entre el nivel de riqueza o pobreza y las emisiones de carbono a la atmósfera, tal que hemos acuñado el término de pobreza energética para referirnos a aquellos países que emiten 200 o 400 kilos de CO2 al aire por habitante y año: el equivalente de hacer un fuego al día para calentar el puchero, 365 días al año, si hubo suerte y todo fue bien…

De estos datos se deduce que si la inmensa mayoría del planeta pobre, alcanzase la riqueza del primer mundo, la biosfera colapsaría irremediablemente. La población mundial asciende a 7.700 millones de personas, de las que casi la mitad, 3.400 millones de personas, según el Banco Mundial, vive en pobreza extrema, con menos de 3,2 US dólares al día (83€/mes). Pero, además, el crecimiento demográfico severo se produce en el ámbito de los países más pobres, por lo que la situación no hará más que agravarse en los próximos 30 años, donde se espera un incremento de la población pobre mundial de 2.000 millones de personas.

En consecuencia, sentado que las emisiones de carbono anuales en 2018 alcanzaron la cifra record de 33.143 millones de toneladas, si los 3.400 millones de pobres severos alcanzara la riqueza equivalente a la huella de carbono de 5 TM/Año, las emisiones de efecto invernadero se incrementarían en el 51%. La inmensa mayoría de los economistas del primer mundo silencian esa evidencia: que los pobres están condenados a seguir pobres para que nosotros podamos seguir más ricos que ellos.

Luego el segundo elemento perverso del paradigma del crecimiento es que no nos corresponde crecer más a los países ricos; son los países pobres quienes tienen que alcanzar unas cotas de bienestar, si acaso, remotamente parecidas a las nuestras, pero tienen, en suma, más derecho a crecer.

Por consiguiente el crecimiento no es ilimitado, ni los recursos son ilimitados, ni la población mundial puede aumentar de forma ilimitada. De donde deduzco que los economistas estamos fiando el bienestar a una magnitud menguante y esquiva: el crecimiento económico.

Estos días es noticia la arribada de migrantes en patera a las Islas Canarias, que se ha multiplicado por el 1.000%. Casi 3.000 migrantes magrebíes y subsaharianos se hacinan en el muelle de Arguineguín desde hace más de dos semanas, en unas condiciones infrahumanas sin que Europa se inmute. Con razón el Cabildo Insular ha declarado que Europa quiere desentenderse del problema convirtiendo el archipiélago en unas “Islas-Cárcel”.

El Estado libera a 227 migrantes en el puerto de Arguineguín Rubén Torres / Juan Castro

Pues bien, en esto también se equivocan los economistas y los gobiernos europeos. Fíjense en la nacionalidad de los migrantes en el año 2018 (Gráfico 3). Más del 75% pertenecen a 3 países: Marruecos y los subsaharianos Mali y Guinea. Ahora fíjense en la pobreza energética de esos países: Malí emite 200 kilos de CO2 por habitante y año; Guinea emite 300 kilos por habitante y año y Marruecos emite 1,7 toneladas por habitante y año. ¿Luego quien tiene que crecer con urgencia? ¿España, el país de destino, o los países de donde proceden los cayucos?

Imagen de migrantes hacinados en las carpas de Cruz Roja. EFE

Pero el asunto es aún peor. Las autoridades canarias explican la crisis migratoria de las últimas semanas por el fortísimo incremento de varones adultos marroquíes. Si en 2018 no llegaban al 30%, ahora superan el 70%. Luego ya no son migrantes subsaharianos, son migrantes magrebíes. Y ¿por qué ese incremento de migrantes procedentes del país, de los tres, de lejos más rico? Porque la economía marroquí, como la nuestra, bascula sobre el turismo y con el confinamiento, se ha desplomado. Entonces ahora no migra un joven maliense en busca de un mundo mejor; ahora migra un adulto marroquí que trabajaba de taxista o de botones en un hotel y con la pandemia perdió su trabajo y quiere conservar el nivel de vida que hasta ayer disfrutó. Por eso, en su desesperación, se atreve a desafiar la muerte en la más peligrosa de las travesías.

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En el siglo XVII Felipe III expulsó de España a 300.000 moriscos. Muchos embarcaron con las llaves de sus casas, convencidos que con el tiempo regresarían. La mayoría perdió las llaves y la vida en aquellas frágiles embarcaciones. Por eso cantan los niños: “Dónde están las llaves, matarile, rile, rile, en el fondo del mar, matarile, rilerón”. En Árabe, las palabras mawt y rihla significan muerte y viaje**. Esta canción infantil disipa toda su inocencia y virginidad con este otro significado de dolor por la pérdida cruel de las llaves, de la vida y de la esperanza de quienes murieron ahogados camino del exilio.

Con franqueza resulta desolador comprobar que los mares que rodean nuestra piel de toro llevan cuatro siglos cobrándose el mismo tributo de parias y desheredados, de vidas y almas humanas. Como si nada cambiara…con el crecimiento económico.

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