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Argemino Barro - Periodista gallego en Estados Unidos

“La pandemia apenas ha repercutido en la derrota de Trump”

“Respecto a las relaciones con Europa, Joe Biden redirigirá EEUU hacia posturas más dialogantes y multipolares”

El periodista mugardés Argemino Barro

El periodista mugardés Argemino Barro

Autor de “El candidato y la furia” (La Huerta Grande, 2017), un muy recomendable libro, resultado de un minucioso recorrido por la América profunda en el que se analiza el fenómeno Trump, Argemino Barro, nacido en Mugardos, es uno de los periodistas españoles que más saben del ya próximo expresidente, así como de las claves de la política en Estados Unidos. Tras cubrir, en 2014, la guerra de Ucrania, a la que dedica el libro que acaba de publicar, “Una historia de Rus”, Barro continuó su trayectoria profesional en Norteamérica, desempeñando labores de corresponsal de varios medios españoles. Hoy reside en Nueva York donde, dice, se deja llevar por las calles y el río de gente, “si la actualidad lo permite”.

-En un pequeño perfil biográfico suyo he leído que usted se preparó “sin saberlo” para escribir reportajes sobre política americana en la antigua Unión Soviética. ¿Me puede explicar esta paradoja?

-Cuando estaba en el Donbás, percibí una gran nostalgia de la clase obrera rusófona por un pasado soviético que recordaban como luminoso. Una era de empleo, grandeza, orgullo. Se los veía muy disgustados. Dos años después, ya en Estados Unidos, me di cuenta de que la clase obrera blanca del interior del país se sentía igual: estaba disgustada y tenía nostalgia por la América de los empleos manufactureros, sólida, orgullosa. Me di cuenta de que el clima político era similar: descontento con la globalización y nostalgia por un pasado resplandeciente. También había paralelismos en el uso de la desinformación, por parte de Rusia y de Trump, para conectar con este sentimiento. A veces, mis viajes por Ohio o Virginia Occidental me recordaban mucho a los meses que pasé en Donétsk y en otras ciudades del este de Ucrania.

-Se han escrito libros enteros sobre las razones por las que Donald Trump ganó las anteriores elecciones presidenciales, pero ¿por qué esta vez las ha perdido?

-Las ha perdido porque Joe Biden ha recibido un “tsunami” de 78 millones de votos: nueve millones más que el récord de Barack Obama en 2008. Pero aquí está lo interesante: Donald Trump recibió casi 73 millones, nueve más que en 2016. Una marca extraordinaria y que nadie vio venir. Las encuestas, de hecho, se equivocaron aún más esta vez. ¿Por qué perdió? Es un presidente muy polarizante, y el número de gente que literalmente lo odiaba fue mayor que el número de gente que literalmente lo amaba. Trump es una persona visceral que inspira actitudes viscerales. El resto, la economía, la pandemia, la sanidad, los impuestos, etc, solo son detalles de atrezzo. La partida se jugó, más que nunca, en las emociones.

-Hasta el comienzo de la pandemia del Covid, incluso algunos de los adversarios de Trump reconocían un éxito su política económica. ¿Está usted de acuerdo?

-En general sí, pero habría que hacer dos matices. El primero, que la recuperación ya había cogido buen ritmo con el presidente anterior, Barack Obama. Trump heredó una buena situación y simplemente le dio un impulso. La segunda es que ese impulso, dado por el mayor recorte fiscal en 30 años y una reducción drástica de las regulaciones, es como un chute de azúcar. En el corto plazo funciona muy bien y la economía responde. En el medio o largo plazo, con el aumento del déficit y demás, quizás ese estímulo puede acabar lastrando las cuentas. Lo que está claro es que, según las encuestas, Trump tiene una imagen de gestor económico brillante: mejor que Joe Biden. Esto lo reconocen hasta muchos demócratas.

-¿Cuál es la alternativa económica de Biden frente a la aplicada por Trump?

-Joe Biden ofrece algo así como una vuelta a los años de Obama: una socialdemocracia moderada que implicaría más regulación a las industrias y una sanidad más asequible, pero sin grandes revoluciones. El hecho de que los republicanos se hayan mantenido fuertes en el Congreso obligará a Biden a negociar con ellos. Su plan estrella, la reconstrucción económica del país a través, entre otras cosas, de levantar infraestructuras verdes, probablemente vaya a quedarse corto y aguado. Respecto a Trump, es curioso que el presidente saliente no llegó a presentar una agenda de medidas. De ganar probablemente habría continuado por la misma senda de la desregulación y de los aranceles a otros países, que al menos por ahora no han revitalizado, como él creía, las manufacturas.

Kamala harris es una política competente y, a veces, despiadada. la propaganda demócrata la ha promocionado como la “la primera mujer vicepresidenta, afroamericana y asiática”, pero ella es mucho más que eso

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-¿El protagonismo que ha tenido la futura vicepresidenta Kamala Harris durante la campaña ha sido decisivo al punto de que, sin ella, Trump hubiese vuelto a ganar?

-Ni idea. Como dice un amigo, David Mejía, los norteamericanos están obesionados con el “adanismo”: el fetiche de las primeras ocasiones. Con Kamala Harris el Partido Demócrata insiste una y otra vez en que es la primera mujer vicepresidenta, la primera afroamericana (su padre era jamaicano), la primera asiática (su madre era india), etc, etc. Y está muy bien. Pero Kamala Harris es mucho más que eso: es una política competente y a veces despiadada. Creo que la prensa debería de mantener un poco de distancia con la propaganda demócrata.

-Pese a haber sido vicepresidente del gabinete de Barak Obama, Joe Biden, en Europa, es un absoluto desconocido. ¿Podría trazarnos un rápido perfil político de Biden y, responder en qué medida, con él en la presidencia va a variar la política exterior de Estados Unidos con respecto al Viejo Continente?

-Joe Biden es un hombre de las instituciones, del sistema. Fue elegido senador de Delaware en 1972, antes de cumplir 30 años, y de 2008 a 2016 fue vicepresidente de EEUU. Se conoce como nadie los pasillos de Washington y sus contactos demócratas y republicanos le pueden servir bien para tratar de unir al país. Mucha gente pone esperanzas en su talante centrista. Respecto a las relaciones con Europa, no cabe duda de que Biden redirigirá EEUU hacia posturas más dialogantes y multipolares: a ese viejo orden mundial que Donald Trump intentó reorientar con su actitud nacionalista y aislacionista.

-¿Asistiremos tal vez a una revitalización de la OTAN?

-La OTAN, pese a la retórica de Trump y la presión a los aliados para que inviertan la cuota acordada del 2% del PIB en defensa (España es de los miembros más tacaños), sigue siendo fuerte. Ya Obama hacía las mismas críticas que Trump, por cierto. Es posible que Biden siga por esa senda, solo que con un estilo, probablemente, más pulido y amistoso.

El periodista mugardés Argemino Barro

El periodista mugardés Argemino Barro FdV

-Trump semeja ser ese tipo de persona que no dejará de hacer ruido hasta que se muera, tal y como está demostrando al menos mientras Biden no tome posesión oficialmente como presidente de EEUU. Pero ¿y después? ¿Usted cree que, ya sin el apoyo del Partido Republicano, Trump continuará siendo una figura política de referencia en Estados Unidos o simplemente desaparecerá de la escena y se dedicará íntegramente a sus negocios?

-Es una buena pregunta. Como se suele decir, el tiempo lo dirá. A mí me cuesta imaginarme a Trump cabalgando hacia el atardecer como al final de una película de vaqueros. Lo ha dicho un senador de su propio partido, Mitt Romney: “Trump no se irá silenciosamente”. De momento ni siquiera ha reconocido su derrota y no parece dispuesto a hacerlo.

-¿Piensa que el dúo Biden-Kamala tratará por todos los medios de reparar las hoy maltrechas relaciones entre EEUU y China?

-No lo creo. China es y será el principal rival geopolítico de EEUU, sea quien sea el presidente americano. Es una cuestión de estrategia. Por eso, tanto Biden como Trump han prometido mano dura con Pequín en sus respectivas campañas. Quizás el estilo de Biden sea más suave o sofisticado, pero no va a hacerse amigo de China de repente.

-Estas elecciones han puesto en entredicho el funcionamiento del sistema electoral norteamericano, algo que ni siquiera llegó a tanto con el caso de Al Gore. ¿Existen importantes voces que reclamen un cambio de sistema electoral en el país y que tengan posibilidad de introducir cambios o, como ocurre con muchos asuntos ahí, la Constitución es intocable?

-El que lo ha puesto en entredicho, sobre todo, ha sido Trump. El presidente saliente sabía que el resultado, como ha terminado sucediendo, no le convendría, por eso lleva un año deslegitimando el voto por correo: para cubrirse las espaldas en caso de derrota. Ahora dice que ha habido fraude, pero sigue sin aportar pruebas. Desde la izquierda, por otra parte, hay voces que piden la eliminación del colegio electoral y que solo valga el voto popular. Esto tiene sentido en lugares muy poblados como Nueva York, pero los estados del interior saldrían perdiendo porque bajaría su representación. Implementar este cambio es posible pero requeriría un quorum que en este momento no es factible en el Congreso.

-¿Cómo intuye usted que ha recibido Putin la derrota de Trump? ¿Cuál prevé que será, en los próximos meses, la actitud del líder ruso durante la legislatura demócrata que se avecina?

-La política exterior de Rusia consiste en debilitar a las democracias occidentales, muy a menudo sembrando la división y la discordia. Desde este punto de vista, tener a Donald Trump en la Casa Blanca probablemente haya sido bueno para Rusia, pues se ha tratado de un elemento desestabilizador y que ha cuestionado las alianzas atlánticas tradicionales. ¿Cómo ha recibido Putin la derrota de Trump? De momento, no ha felicitado a Biden, lo cual es elocuente. Seguro que disfruta viendo una crisis política más en Estados Unidos. Al mismo tiempo, Trump se guía muchas veces por criterios personales e impredecibles, lo cual complica las relaciones. Al menos, en Biden los líderes de otros países tendrán, en principio, un interlocutor más estable.

“Putin no se atreverá a anexionar Ucrania”

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“Una historia de Rus. La guerra en el Este de Ucrania” (La Huerta Grande), el libro que acaba de publicar Argemino Barro, es una crónica sobre el terreno de la guerra de Ucrania que nos lleva hasta el origen, cuando este país y Rusia eran el mismo reino medieval. El periodista mugardés intercala en él el reportaje de actualidad con las rebeliones cosacas, la Segunda Guerra Mundial y la hambruna provocada por Stalin: “Un mismo conflicto con diferentes máscaras”, asegura.

-¿Podríamos definir, incluso históricamente, la crónica de los conflictos entre Rusia y Ucrania como una guerra civil prolongada en el tiempo?

-Yo no usaría el término de “guerra civil”, por varios motivos. Primero porque eso implicaría que Rusia y Ucrania son el mismo país. Si bien ambas comparten raíces y se han solapado de varias maneras desde hace siglos, son dos entidades distintas y sus relaciones han pasado por muchas fases: a veces violentas y otras no. Ni siquiera hoy hablaría de guerra civil en Ucrania, ya que el conflicto está muy localizado en dos de sus 24 provincias y es razonable pensar que, sin la orquestación y el apoyo de Rusia, la sublevación del Donbás no hubiera ocurrido, o al menos no se hubiera mantenido.

-¿Tiene alguna semejanza este “conflicto permanente” (aunque, en determinadas etapas históricas, solapado) entre Rusia y Ucrania, con lo ocurrido en Yugoslavia?

-No he estudiado tanto los Balcanes, pero puede haber semejanzas. Una de las políticas rusas y luego soviéticas fue mezclar las etnias de su territorio para capar a los nacionalismos. Entre 1920 y 1951, más de 20 millones de soviéticos fueron deportados a otras repúblicas de dentro del imperio. Así cada región tenía dentro un grupo de población con idiomas y tradiciones diferentes. Una bolsa demográfica que dificultaría que esa región, el día de mañana, formara un país unificado e independiente. Las consecuencias se ven hoy en la guerra de Nagorno Karabaj, o en Georgia, o en Moldavia y la zona de Transnistria. En el caso de Ucrania, sus territorios del este, despoblados por las deportaciones y las hambrunas del estalinismo, fueron repoblados por rusos. Cuando Ucrania declaró la independencia en 1991, muchos de estos rusos no se lo tomaron bien. Este es uno de los factores que explican las tensiones del Donbás.

“Es el cuarto país exportador de armas del mundo y el segundo con más territorio de Europa. Una invasión podría ser catastrófica”

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-Rusia acusa a los “soberanistas” ucranianos de ser herederos de los nazis. ¿En qué medida es cierta esta “acusación”?

-En una medida muy pequeña. Como en toda propaganda efectiva, y la rusa lo es, siempre hay una parte de verdad. En este caso, entre los grupos armados que tumbaron el Gobierno prorruso de Viktor Yanukovych en febrero de 2014 había elementos de extrema derecha y neonazis. Pero confundirlos con la totalidad del nacionalismo ucraniano es un error. La revolución del Maidán tenía un apoyo popular superior al 80% en las regiones del centro y el oeste de Ucrania. Y, cuando se celebraron elecciones, en mayo 2014, esa ultraderecha tan referenciada en los medios solo se llevó un anecdótico 1% de los votos. Cualquier país de Europa, incluidos Francia, España o Finlandia, tiene ahora mismo una extrema derecha más fuerte y numerosa que la de Ucrania. Lo cual no quita que, efectivamente, estos grupos existan y hayan jugado su papel en el Maidán y en la guerra del Donbás.

-¿Usted cree que entra en los planes de Vladimir Putin la anexión de la totalidad del territorio de lo que hoy conocemos como Ucrania?

-No lo creo, ya que el coste sería altísimo. Ucrania es el cuarto exportador de armas del mundo y el segundo país más grande de Europa; su opinión pública, salvo en el este, es muy combativa con Rusia, y una invasión podría ser catastrófica. Rusia, además, tiene muy poca densidad de población: si moviliza tantas tropas tendría que dejar desprotegidos algunos de sus flancos geográficos. Por no hablar de la reacción de la OTAN o de cómo se gobernaría una Ucrania conquistada. Otra cosa es la anexión de Crimea: un territorio mucho más pequeño, muy rusificado, que fue parte de Rusia y que acoge a porciones de su élite militar, dada la base de submarinos de Sebastopol. Invadir Crimea fue factible. Invadir toda Ucrania, mucho menos.

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