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Faro de Vigo

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Escambullado no abisal

El buen pueblo

Manifestación en las calles

Atravesaron las mismas calles sobre carretas parecidas y sus cabezas cayeron sobre cestos parecidos en la misma plaza. A Luis XVI lo guillotinaron el 31 de enero de 1793; a Brissot, el 31 de octubre de 1793; a Hebert, el 24 de marzo de 1794; a Danton, el 4 de abril de 1794; a Robespierre, el 28 de julio de 1794. Siempre acompañados en su martirio, salvo el rey, por decenas de correligionarios. Girondinos, enragés, jacobinos indulgentes y radicales; a veces aliados o incluso hermanos y a la postre enemigos, se habían ido devorando unos a otros. Pero el pueblo agolpado a su paso era siempre el mismo o parecido; el que los había jaleado en las tribunas y los abucheó en ese último desfile. Y el que después de la reacción de Termidor aún murmuraba:

“Al menos con Robespierre había pan”

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Ejecución de Maximilien Robespierre el 10 de termidor del año II (28 de julio de 1794).

Nos gusta imaginarnos como protagonistas heroicos de los grandes acontecimientos. En realidad, constituiríamos esa plebe mudable como una veleta al viento, sin otra ideología que su sopa ni más fidelidad que su interés. Robert Gellately escribió en “No solo Hitler” sobre tantos alemanes que aprobaron, consintieron o callaron. Y que después fingieron escandalizarse. Al menos Alemania ha asumido su culpa. Italia conjuró la suya colgando el cadáver de Mussolini de la gasolinera de la plaza de Loreto. Francia, rapándoles la cabeza a unas pobres desgraciadas, que habían negociado su supervivencia como todos los demás. “La patria no se lleva en la suela de los zapatos”, estableció Petain cuando asumió el armisticio que la nación rogaba, mientras De Gaulle huía. Su servicio definitivo fue encarnar, mediante su condena, el oprobio de Vichy. Un anciano, cargando sobre su vencida espalda con la vergüenza colectiva; tantas miserias barridas bajo el recuerdo hormonado de la Resistencia. También a él le escupieron los que lo habían amado. También estos juraron haberse opuesto o ignorado.

muerte de MussoliniDe izquierda a derecha, los cuerpos de Nicola Bombacci, Benito Mussolini, Claretta Petacci, Alessandro Pavolini y Achille Starace exhibidos en la plaza de Loreto de Milán en 1945.

Tendemos a creernos mejores que aquellos que nos gobiernan. Sucede especialmente en España. Cada uno de nosotros se siente el Cid: “Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor”. Hemos alimentado el mito del español honrado y valiente, al que sus reyes traicionan; el comunero derrotado en Villalar y el Empecinado enjaulado por Fernando VII; el piquero que derrama su sangre sobre la tierra de Flandes y el recluta mutilado en Annual, sacrificados a causas ajenas. Hoy criticamos a nuestros políticos desde esta supuesta inocencia, como si fuesen extraterrestres que se nos han impuesto. Son carne de nuestra carne, corruptos a los que hemos corrompido, el reflejo de nuestra negligencia y nuestro desconcierto, nosotros mismos en la ira y el cainismo. A veces incluso nos proporcionan instrucciones correctas, de cuyo incucmplimiento los acusaremos. La cruda verdad es que no tenemos los políticos que necesitamos, sino los que merecemos, aunque les gritemos nuestro desprecio, el buen pueblo, mientras los conducen a la guillotina.

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