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Cuaderno de bitácora

Los amortales

Arnold Böcklin, “Autorretrato con la muerte tocando el violín” (1872)

Arnold Böcklin, “Autorretrato con la muerte tocando el violín” (1872) Arnold Böcklin

Morirse es un fastidio terrible. Aprendes a caminar, a comportarte, a decidir qué quieres hacer con tu vida y, cuando ya tienes un poco de asentamiento mental, comienzas el declive. Un achaque por aquí, un estómago más sensible y delicado por allá. Resulta inevitable pensar en ello cuando, como hoy, es el Día de Todos los Santos. Una festividad cristiana que celebra cuando las almas del purgatorio superan su penitencia y alcanzan la vida eterna. Mañana será Día de Difuntos y se recordará a aquellos que, simplemente, ya no están.

Dicen que la religión nos salva, que nos da calma y sosiego para no desesperarnos sintiendo que la vida es absurda y que, hagamos lo que hagamos, todo va a culminar en el óbito. Pero, ¿y las mentes más científicas y ateas, cómo podrán lidiar con la certeza de la muerte, cómo se la van a explicar a sus hijos? ¿Cómo decirle a un niño que tras las burbujas de la vida ya no queda nada?

Sapiens

Yuval Noah Harari, en su ya famoso libro Sapiens, dice que “para los hombres de ciencia, la muerte no es un destino inevitable, sino simplemente un problema técnico”. No hace mucho, una simple infección bucal podía llevarnos a la fría tumba, y ahora algo así es prácticamente impensable. Algunos científicos sugieren la posibilidad de que, en un futuro no muy lejano, nos volvamos amortales. ¡Amortales! No lo confundan con la inmortalidad: un amortal es aquel que puede prolongar su vida hasta el infinito hasta que un accidente, por ejemplo, lo liquide de forma definitiva.

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Pero, ¿qué habrá tras la muerte? ¿Un precipicio oscuro y vacío, un paraíso imaginario? Tal vez, como algunos sugieren, nuestra energía pase a formar parte de algo más grande, de una conciencia común que se incorpora al instinto humano y que le enseña a un bebé cómo debe buscar, por ejemplo, el pecho materno nada más nacer. Ah, “ojalá –como decía Pedro Mairal en La uruguaya– la muerte sea saberlo todo”.

Lo cierto es que los humanos somos un prodigio imaginativo. No solo nos hemos inventado innumerables religiones a lo largo de la historia, sino que nos las hemos creído. Creo que está bien tener un refugio espiritual al que acudir y que tal vez, incluso, debiéramos cultivar más el espíritu y adentrarnos en la filosofía. Religiones monoteístas, politeístas o hasta sin dioses, como el budismo. Dicen Juan José Millán y Juan Luis Arsuaga en La vida contada por un sapiens a un neandertal, que originalmente los dioses eran figuras imponentes a las que venerar, pero que no eran prosociales, no intervenían en la vida de las personas: ya saben, “te castigaré por esto y te premiaré por lo otro”. La figura del dios “meticón”, al parecer, solo hace acto de presencia en sociedades con una complejidad superior al 6,1. ¿No les parece fascinante? Nosotros mismos creamos el modelo de conducta social para hacernos fuertes, para que exista cohesión, moral y directrices comunes.

Leonardo Padura

Para los que, como yo, no tienen ni idea de qué les depara la ineludible parca, les animo a que se refugien en los asombrosos pensamientos que guardan los libros y a que se olviden de la muerte, pues como decía Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros, “la vida es un vértigo y cada cual debe manejar el suyo”. O refúgiense en el arte: en 1872, el pintor simbolista suizo Arnold Böcklin se pintó a sí mismo con la muerte tocando el violín a sus espaldas; solo le quedaba una cuerda para agotar la música y su propio soplo de vida, pero él se limitaba a escuchar lo que le susurraba aquel esqueleto, sin dejar nunca de pintar.

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