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Campo o ciudad, esa es la cuestión

Vivir en el campo o en la ciudad en tiempos de pandemia

Vivir en el campo o en la ciudad en tiempos de pandemia FdV

Sálvenme los dioses de hablar del coronavirus pero sirve a mis intenciones decir que esa crisis alentó entre la gente la búsqueda de alternativas habitacionales lejos de las urbes densamente pobladas. ¿El campo o la ciudad? Esa es la pregunta que se hicieron y siguen haciendo muchos que no disponen en sus domicilios urbanos del oxígeno necesario para aguantar un confinamiento. La verdad es que el tren rápido en el que cruzamos el camino de la vida no da mucho tiempo ni dinero para ser como esos inquilinos del “Hola” que enseñan sus grandes mansiones en espacios paradisíacos. Todos pensamos habitar una vivienda ideal del mismo modo que ideamos futuros ilusionantes para el día que nos toque la lotería, pero, como diría un clásico, la imaginación pliega sus alas, heridas por las mortales flechas de la realidad prosaica, y debemos conformarnos con lo que podemos.

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Así se vive en el campo en medio del coronavirus

Yo, que soy un ciudadano de poder adquisitivo suficiente pero no sobrante porque vivo de algo tan injustamente pagado como el trato ameno de las musas, he pasado a lo largo de mi vida por ese dilema campo o ciudad con la misma intensidad con la que esos vándalos iletrados, a los que habría que aplicar “manu forte et militari”, arrebatan la estatuaria a las artes derribando monumentos de nuestro pasado. Yo nací en el viejo corazón de una ciudad, Vigo, casi en su kilómetro cero, pero hubo un tiempo en que me trasladé a vivir al campo acompañado de aquel libro, El hortofruticultor autosuficiente, con que nos ilusionamos los de nuestra generación, pensando en una parcelita con marihuana para ir enajenando un poco la razón y solapando el posible infortunio.

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Pero esa lógica campera siempre peleó en mi interior con un diablillo que me decía que vivir en el campo es como un destierro, algo así como meterme en un zulo lleno de oxígeno y pajaritos porque no en vano soy un urbanita adicto al cemento. Han pasado muchas cosas en mi vida, varias reencarnaciones matrimoniales y unas cuantas viviendas. Ahora hago frecuentes escapadas a Salamanca, donde mi enamorada tiene una casa y la majestuosa vista de la catedral ilustra mi ventana. Quiere cambiarse a un piso mejor, a una urbanización bella pero sin bares. Pierdo el barrio, el frescor del río, la visión catedralicia que me eleva a Dios. Gano terraza, garaje y piscina comunitaria. ¿Qué hacer?

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