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El amigo desengañado

El amigo desengañado

El amigo desengañado

En una anotación escrita el 19 de septiembre de 1937 en el "Cuaderno de la Pobleta", Azaña cuenta que el día anterior había venido a verle Carlos Pi y Suñer, dirigente de Esquerra Republicana y Consejero de Cultura de la Generalitat, que le había pedido una conversación para hablar de la situación del país y, en particular, de la relación entre el gobierno catalán y el estado español. Expone Azaña que su interlocutor lo declaró amigo de Cataluña, a lo que él respondió que sí, era amigo de Cataluña como lo era de Granada o León, y que por su ambigüedad prefería que no utilizara dicha expresión.

Tras cantarle los cuarenta incumplimientos del gobierno nacionalista con la legalidad y reprocharle su deslealtad con el resto de España, Azaña zanjó la cuestión: "Del honroso título de amigo de Cataluña (a condición de entenderlo bien), ni ustedes ni yo hemos sacado nada útil para el interés público, que es lo importante. Lo he comprobado durante mi estancia en Barcelona". En aquel encuentro, Azaña tuvo la ocasión para manifestarle al líder catalán, al que consideraba de los más sensatos, la contrariedad y la frustración que le causaban las iniciativas segregadoras, expansionistas e insolidarias de la Generalitat en plena guerra, y para advertirle de las consecuencias que podría tener sobre el futuro de la autonomía catalana seguir en la misma línea.

La decepción de Azaña con Cataluña que trasluce en sus diarios y escritos es mayúscula, tan grande como la admiración que había sentido hacia los catalanes y el entusiasmo con que había impulsado en las Cortes republicanas el debate del Estatuto de autonomía de Cataluña, cuya aprobación le hizo creer que el problema catalán, insoluble según Ortega y Gasset, estaba en vías de solución. Azaña vinculó el éxito o fracaso de la II República a lograr el acomodo de Cataluña en España. Confiaba en hallar una fórmula integradora hasta tal punto que en alguno de sus discursos no dudó en hacer votos por mantener unas relaciones cordiales de vecindad en el caso de que los catalanes, un día, decidieran libremente separarse. Desde luego, no era esta su aspiración. Se declaró español por los cuatro costados y para España soñaba una república democrática, con todos sus componentes sujetos por igual a una constitución, entre ellos las regiones dotadas de autonomía política. Pensaba que el problema catalán sintetizaba en cierto modo la turbulenta historia de España, por tanto era real, se hizo mayor debido a la torpeza que tuvo la dictadura de Primo de Rivera al disolver la Mancomunidad constituida en 1914, y debía encararse de frente, tal como se habían comprometido a hacer los partidos republicanos en el Pacto de San Sebastián. Los discursos parlamentarios de Azaña rebosan argumentos favorables a un gran acuerdo que reconociera las demandas del nacionalismo catalán, respetando al mismo tiempo un orden político compartido con las demás regiones. El problema de Cataluña hoy es el mismo, pero más agudo.

El gobierno catalán plantea abiertamente el desafío soberanista y casi la mitad de los catalanes se han manifestado partidarios de la independencia en una votación sin efectos jurídicos, pero de indudable valor político. Emocionalmente, muchos de ellos están ya fuera de España. El estado español provoca rechazo en amplios sectores de la población catalana. El futuro de Cataluña ha alcanzado un grado de incertidumbre desconocido hasta ahora. Puede decirse que Azaña también fracasó en el intento de dar satisfacción a los nacionalistas catalanes dentro de España, a pesar de toda la buena voluntad que puso en el empeño. Su viaje de la esperanza a la desilusión, a través de la breve pero intensa experiencia republicana, resultó dramático. Esta oportunísima edición ofrece testimonio de ese periplo hacia la desolación. En ella están los textos y discursos más relevantes de Azaña sobre la cuestión y un largo relato histórico del proceso político catalán de García de Enterría, que ve en el esfuerzo del líder republicano el antecedente intelectual más firme del estado de las autonomías establecido en la Constitución de 1978. Su lectura en los días que vivimos produce asombro y una indomable inquietud. Los hechos parecen repetirse, con el agravante de que la convivencia de catalanes y españoles se hace cada día más difícil. En fin, mejor será no caer en el fatalismo.

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