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Sesos con patitas que se van cada día, y alguno que vuelve

Sesos con patitas que se van cada día, y alguno que vuelve

Sesos con patitas que se van cada día, y alguno que vuelve

Hubo un tiempo en que se llamaban emigrantes, porque las razone de supervivencia económica les instaban a salir de España; hubo otro en que se conocían como exiliados, porque salían en un "sálvese quien pueda" tras perder una guerra; ahora se llama a esa marcha, a ese para muchos exilio interior, fuga de cerebros. Como decía una ocurrente profesora cuyo nombre no recuerdo, fuga de esa gran masa encefálica que como nube nuclear se desplaza lenta y constantemente hacia el extranjero, sesos con patitas que suben a diario a los aviones rumbo a otra vida que les permita desarrollar los conocimientos que en España se han y les hemos pagado con impuestos en nuestras universidades. Hace unos días, en Cáceres, me sirvió un camarero que tenía el título de sociólogo por la Universidad de Santiago; un poco antes fui en Vigo a la inauguración de un restaurante-bar cuya promotora era una licenciada en Políticas que halló en la hostelería una tabla de salvación. Pero ayer mismo encontré en la ciudad a alguien que podría ser la otra cara de la moneda, la que nos aparta un poco del fatalismo español, y os lo voy a narrar como si fuera un cuento con final feliz, si es que la felicidad tiene que ver con volver a la tierra en que uno tiene su memoria y sus afectos principales.

Mi amigo Bernardo Moreira, en realidad de mis hijos porque yo lo vi crecer, se fue cuando aún era un niñato, ¡pardiez, no tenía aun ni 20 primaveras!. Con unas ganas de comerse el mundo, de desarrollar este cerebro que nos hace únicos como especie terrenal. Y se fue a vivir el sueño americano en Iowa, en el epicentro de USA, en la cuna de Mark Twain y el "Proud Mary". Corrió en la NCAA como parte del equipo de atletismo de su universidad (Iowa - Big10), que de casta le venía al galgo porque su padre, Virglio González Barbeitos, fue un gran atleta de 400 mts. y entrenador nacional de atletismo. Bernardo trabajó como científico durante 20 años, publicó como primer autor y tiene patentes en vigor. También le da a la música, estuvo de gira dos veces con su banda, Dream Thieves (Ladrones de sueños), y hasta publicaron un álbum "Ocean Spell" en el 2011. No en vano fueron al festival de Coachella de 2006 al 2016. Una vez que consiguió el "green card" se puso a dar clase para la integración de inmigrantes en la sociedad americana (cómo abrir una cuenta de banco, cómo hacer la tasas de hacienda, etc). Fue el director de planes estratégicos para la diversidad e inclusión en el campus universitario y el coordinador de voluntarios (700 bajo su tutela) de la asociación sin ánimo de lucro encargada de las fiestas y el embellecimiento de la ciudad. Un español, gallego por más señas, en el corazón de América.

Pero paseando por el río a finales del verano se dio cuenta de que había logrado todos sus objetivos y se empezó a preguntar: "¿Y ahora que? ¿Y si me vuelvo a miña terra galega? ¿Y si empiezo de cero rodeado de mi familia, a la que echo muchísimo de menos?" Y es que, claro, a los 45 años (25 años viviendo fuera de España) las raíces tiran, la familia empieza a resonar, te empieza a entrar la morriña. Cogió dos maletas, vendió todo lo que pudo y se vino para Galicia. Le pregunté, a los dos meses de su llegada, si ya se arrepentía. "¿Arrepentirme? ¡Qué va, ha sido una inyección de vida nueva; me siento rejuvenecido!, me respondió". Cuando Bernardo, de vacaciones navideñas en Vigo, dijo en su casa que no iba volver a las Américas, todo se echaron las manos a la cabeza. Que si estás loco, que si nosotros te preferimos aquí pero allá tienes una carrera consolidada y aquí no vas a hallar camino para la misma; que si... Pero él siguió los dictados de su corazón, empeñado en vivir con su tierra y con su gente... y su esperanza de hallar aquí un acomodo de su experiencia americana no fue en vano. Tuvo la suerte, o se la buscó, de ponerse a trabajar en la Universidad de Vigo al lado de un gran profesional como Ricardo Beiras en el proyecto de EPHEMARE, y el efecto de los microplásticos en el mundo marino. Un trabajo donde puede aplicar todo el conocimiento que ha aprendido en los USA y colaborar con sus nuevos compañeros desde un punto de vista diferente.

Está Bernardo redescubriendo Vigo y su contorno; se queda boquiabierto con los lugares tan bellos que tenemos y es que, dice él, llevando tanto tiempo fuera te das cuenta de que Vigo es la repanocha. "Sus playas, sus montes, los valles, ríos. Las puestas de sol, el microclima, esa ria y esas Cies que son un flipe. Se come que alucinas, su gente disfruta de la vida. Tanto mi familia como la gente del trabajo me pregunta qué tal la adaptación; y la verdad es que muy bien, mejor de lo que pensaba, no echo de menos vivir en USA, desde que he llegado me siento relajado y feliz. El planeta tierra debería llevar la V de Vigo porque es un sitio único. Yo le diría a cualquier cerebro que se haya tenido que ir fuera a desarrollarse profesionalmente que si están pensando en volver, que se vuelvan, que merece la pena. Es una decisión de riesgo, claro, pero cada cual debe poner en su balanza lo que tiene, lo que arriesga y lo que añora".

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