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SÁLVESE QUIEN PUEDA

Pensamientos baldíos, al calor de terraza de verano

En la Plaza Mayor de Salamanca, haciendo terraza de verano. // FDV

En la Plaza Mayor de Salamanca, haciendo terraza de verano. // FDV

Hablaba el otro día por teléfono con José Luis Teófilo, cuyo apellido ha dado nombre en Galicia a una editorial que a veces parece una fábrica de sueños. Yo estaba en Salamanca y, como sé que hay una memoria de esta tierra en los orígenes del editor, le dije: "No quiero darte envidia pero te hablo mientras ocupa mi ventana la catedral de Salamanca, y si la abro, entra el aroma fresco del Tormes, el río del Lazarillo". Sin tiempo para un respiro, del otro lado del hilo me llegó la voz de Teófilo, preñada de sonrisas. "Tampoco yo quiero dártela pero te hablo a ti mientras por un ventanal del Hostal de los Reyes Católicos, donde estoy ahora, entra la catedral de Santiago, que nada tiene que envidiar a esa". Así estábamos uno y otro, ante visiones de Dios en forma de monumentos pétreos que por sí solos justifican arquitectónicamente esa fe en su existencia sin la cual nunca se hubieran construido, por mucho saldo de víctimas que la religión que lo soporta hubiera dejado en el camino.

Días después escribo estas líneas sentado en la terraza del Novelty, en medio del esplendor de la Plaza Mayor de Salamanca y dándole la espalda a Torrente Ballester, cuya escultura luce en el interior en la misma mesa en la que tomaba café cada día. Estoy en las afueras de ese bar centenario en el que, antes que Torrente pero también con él, se sentaron los más ilustres culos de nuestra intelectualidad de los años 30, aquellos años en que fundaron esa República de trabajadores en alpargatas, o esa República en alpargatas de trabajadores que acabaron enzarzados entre ellos antes de que Franco les pacificara a toque de rebato y degüello. Lo digo porque, si miro a la izquierda, a tan solo unos metros, hasta hace poco estaba en uno de los arcos pétreos de la plaza un medallón con su rostro. Ya no, fue erradicado de su orla por la aplicación de la Ley de Memoria Histórica, que a veces parece querer borrar la memoria y la misma historia.

Es de suponer que esa ley, por otra parte justificada para compensar los ultrajes de una derrota y una posguerra en la que a los perdedores les negaron los más elementales derechos, no va a escarbar aún más en tiempos anteriores buscando sátrapas, monarcas absolutistas o impostores, dictadores o guerreros porque entonces, de los más de 60 medallones que veo a mi alrededor extirparían el del cazaliberales Fernando VII que a mi espalda está en lo alto, o el de Pedro el Cruel, que era muy suyo, o el de los Reyes Católicos, que arrasaron a sangre y fuego a los infieles, o el de Hernán Cortés, un conquistador que, según esos ayayais plañideros de la progresía que mira la historia de España entre lamentos, dándose golpes de pecho con complejo de culpa, sojuzgó culturas autóctonas y pasó por la espada a los nativos que las sustentaban allá por las Indias. Esos quejicas a los que la palabra España les quema entre las manos, la sustituyen por "estado español" y evitan como pusilánimes su bandera. Nos quedaríamos sin rosetones en la Plaza Mayor si seguimos mirando hacia atrás en la historia en busca de culpables, pero la verdad es que yo estoy más preocupado por mi gin tonic, no vaya a ser que se me deshaga el hielo y deje aguada la ginebra.

Bebo un sorbo de gin tonic y veo pasar al personal por la plaza. Es como un desfile interminable de gentes que se entrecruzan en una de las plazas más bellas de España. Por ella pasearon y pasean muchos estudiantes gallegos en la Universidad de Salamanca, desde hace cinco siglos. Tengo un librillo sobre la mesa que compré en una librería de viejo que habla de aquellos estudiantes a los que ya en el siglo XVI se les ofrecían alojamientos que diferían según la calidad y precio, entre ellos el pupilaje. Los más leídos conocen esa fórmula que tan bien se refleja en esos libros que a Dios gracias nos obligaron a leer en tiempos colegiales, como El Buscón de Quevedo, El Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán o El licenciado Vidriera de Cervantes. Las posibilidades eran muchas quedando fuera, dice mi librillo, "un enjambre inclasificable de estudiantes [?] pícaros y vagabundos sin residencia fija". Los que yo veo pasar, diezmados por las vacaciones de verano y cinco siglos después, parecen más protegidos. ¡Qué cosas piensa uno al calor del verano, sentado con pinta de guiri en una terraza, huido del estrés cotidiano!

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