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Eugenio Suárez-Galbán: "La inmigración es lo que ha hecho de los Estados Unidos un gran país"

"Cada Gobierno nuevo en España ha intentado cambiar el programa docente, a veces sin ocultar la adaptación a su ideología política"

Eugenio Suárez-Galbán es especialista en la obra Cervantes y licenciado en Sociología por la Universidad de Boston.// P.L. Mateos

Eugenio Suárez-Galbán es especialista en la obra Cervantes y licenciado en Sociología por la Universidad de Boston.// P.L. Mateos

Una de las mayores satisfacciones de Eugenio Suárez-Galbán Guerra fue su designación como "Quijote del Año" (1988) por la Sociedad Cervantina de Esquivias (Toledo), lugar de nacimiento de Catalina de Salazar y Palacios, esposa del autor de la universal obra. Descendiente de una familia guiense que emigró a Cuba en la segunda mitad del siglo XIX es, además de licenciado en Sociología por el Colegio de Boston y doctor en Filología Románica desde 1967 por la Universidad de Nueva York, en cuya ciudad nació hace 78 años. Durante medio siglo ha ejercido la enseñanza literaria en diversas universidades de América y España.

-¿Qué diferencias remarcaría entre la Cuba actual de los Castro y aquella otra donde triunfó su abuelo a principios del siglo pasado como hombre de negocios?

-La diferencia no puede ser mayor. Nunca he ocultado que estuve a favor de la Revolución cubana. La dictadura batistiana no me dejaba otra opción. Visité Cuba en varias ocasiones, algunas por motivo literario, invitado por el propio gobierno cubano y la Casa de las Américas. Llevo a orgullo que nunca perdí la amistad con cubanos del exilio en Madrid, pese a las discusiones y diferencias de criterio. Y como tantos fui desilusionándome a medida que el gobierno de La Habana tras muchos años iba atrincherándose cada vez más en una economía inviable, con un régimen que anteponía su política implacable a los más elementales derechos humanos y civiles.

-No obstante, todavía tiene defensores la Revolución cubana liderada por los hermanos Castro...

-Tan pronto reconozco los esfuerzos de la Revolución por proveer una mayor igualdad en la salud, por ejemplo, como las torpezas de los gobiernos norteamericanos que parecían complementar las del gobierno cubano para seguir perjudicando al pueblo. Pero yendo más allá y al grano: la Cuba que permitió a un inmigrante pobre como mi abuelo prosperar, y compartir esa prosperidad con otros, promoviendo empresas que a su vez creaban riqueza nacional, está claro que no tiene nada que ver con la actual. Los que intentan hacer lo mismo hoy, siquiera con pequeñísimos negocios privados, se ven impedidos por una serie de limitaciones y dificultades burocráticas extremas.

-En sus años de formación en Nueva York tuvo usted de profesores a Francisco Ayala, Ernesto Da Cal, Carmen Aldecoa y José Olivio Jiménez, ilustres exiliados españoles. Y ha sido compañero en Madrid de Dámaso Alonso y Rafael Lapesa, entre otros. ¿Qué recuerdos conserva de ellos y hasta qué punto marcaron su educación y pensamiento?

-Sin mis profesores, no sé lo que sería. Pero no tengo dudas de que debido a ellos pude adquirir confianza en mi formación y elevar cada vez más mis aspiraciones profesionales. Soy un privilegiado, por cuanto pude estudiar con esos maestros del exilio. Uno de éstos, el español-cubano José García Mazás, cuyo destierro, sin embargo, era también el cubano, me propuso para la beca Huntington que me permitió estudiar en Madrid con otros maestros como Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Alonso Zamora Vicente, Joaquín Entrambasaguas, Luis Morales Oliver y José Ares Montes. Éste dirigió mi tesis de maestría sobre el Lazarillo de Tormes, para ganar luego el premio de la Hispanic Society en el año 1965. Tuve el mejor de dos mundos. Carmen Aldecoa fue mi primera maestra. Ella estaba a cargo de los profesores jóvenes en la Universidad de Nueva York cuando empecé mi doctorado, a la par que mi enseñanza universitaria. ¡Cuántas observaciones de ella he usado a lo largo de los más de cincuenta años que llevo enseñando en distintas universidades! Francisco Ayala me inició en el Quijote. Con él comencé la investigación de mi tesis doctoral sobre la obra de Cervantes, pero cambié de tesis al irse a otra universidad, pese a brindarse con mucha generosidad para seguir dirigiéndome. Ernesto Da Cal fue una inspiración constante, y no solo de literatura. Los tres, Aldecoa, Ayala y Da Cal me animaron a seguir adelante cuando logré publicar algunos cuentos. José Olivio Jiménez, también cubano-español, me enseñó por primera vez a descifrar la poesía. Y de los de acá, Dámaso Alonso, a cuya poesía dediqué mi primera conferencia, Lapesa y otros mencionados ¿qué añadir, si su magisterio y obra son conocidos de sobra en España?

-¿Su reciente estancia de casi cuatro semanas en Miami le proporcionó conclusiones al margen de las publicadas sobre los factores decisivos que han encumbrado a Trump en la presidencia, y determinar el fracaso de su adversaria demócrata Hillary Clinton?

-Las constatadas son poco originales. Comparto alguna de las conclusiones de Obama. Una clase trabajadora blanca que había disfrutado de la supremacía en determinado empleo, culpó por la pérdida de su puesto de trabajo a la inmigración. Trump, casado hoy con una inmigrante, promete detener ese flujo precisamente en el país que se ha hecho grande por su política inmigratoria. La realidad, no obstante, es que las nuevas tecnologías avanzan a pasos rapidísimos y están desplazando a esa población no preparada aún para asumir el trabajo con las máquinas, que la ha sustituido. Es un problema que implica una nueva política y realidad laboral y que exige tiempo en resolverse. Que el bajo desempleo estadounidense ronde el 5%, y a veces aún menos, pone en duda la lógica de ese argumento que manejan muchos de los que apoyaron con su voto la victoria de Trump, culpando a los inmigrantes. Olvidan que estos asumen hoy un trabajo que los propios norteamericanos rechazan.

-En España ha sido imposible el consenso en Educación. ¿Cuál es su modelo ideal y hacia dónde debe caminar la reforma española de futuro tras el batacazo de la última Ley Wert?

-El batacazo aludido parecía inevitable. Cada vez que llega en España un gobierno nuevo ha intentado cambiar el modelo docente, a veces sin ocultar la adaptación a su ideología, o más bien, a su política. Y una vez más reitero que no debe ser el mercado laboral y las empresas los que dicten los programas de estudios, sino los mejor preparados para crear un criterio académico que a su vez promueva individuos capaces de afrontar diferentes disciplinas y campos desde una sólida base de conocimientos y de metodologías. Una prioridad debe ser un consenso que, sin minusvalorar las autonomías, iguale determinadas disciplinas a lo largo del territorio nacional. Si en las Matemáticas dos y dos son cuatro, tanto en Cataluña como en Canarias, la literatura, la historia y la sociología pueden y deben diferir, pero no al grado de eliminar autores claramente imprescindibles, como Cervantes, por ejemplo, o Galdós a la hora de estudiar la novela del siglo XIX.

- En su último libro, "Enseñanzas del Quijote para la vida moderna", diagnostica usted una crisis de lectura como nunca antes entre las nuevas generaciones. ¿Le parece viable y necesario revertir esta situación para recuperar un buen hábito de otros tiempos y volver a recrearnos con la literatura de calidad?

-Lo preocupante es la reducción de lectura en sí, debido a la información compacta y parcial disponible en internet que muchos creen les exime de una investigación y un esfuerzo. La solución no se halla en leyes hechas a medida de partidos políticos o de intereses económicos, como está ocurriendo, al punto de ir rebajando, cuando no eliminando, las Humanidades por no ser "rentables". La Literatura, que enseña algo tan fundamental como el análisis textual y la interpretación de la comunicación humana , debe seguir siendo una prioridad pedagógica. Toda solución radica en el aula, en las escuelas de magisterio, en las universidades. También en la vuelta a una educación que no considere que la función esencial de las instituciones educativas es la de proveer personal a empresas, convirtiéndolas en agencias de empleo, en vez de cultivadoras de ciudadanos para abarcar diferentes carreras y posibilidades.

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