Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Una multitud despide en Córdoba a Julio Anguita con llanto pero sin besos ni abrazos

Ni el estado de alarma ni el miedo al covid-19 impidieron el sentido homenaje en su casa al histórico dirigente de Izquierda Unida

Simpatizantes de Anguita, ante el coche fúnebre con los restos del histórico dirigente comunista. // S. Moreno

Simpatizantes de Anguita, ante el coche fúnebre con los restos del histórico dirigente comunista. // S. Moreno

Ni el estado de alarma ni el miedo al coronavirus impidieron a Córdoba, en un domingo de sol radiante, interrumpido por una leve llovizna justo a la hora de la despedida, decir adiós a uno de sus vecinos más queridos, Julio Anguita. En un momento histórico como el actual, marcado no solo por la pandemia sino por la polarización ideológica y los departamentos estancos para buenos y malos, el hombre que trabajó por los consensos desde la esquina izquierda de la política aunó en su despedida el aplauso unánime de la ciudad que lo hizo alcalde por mayoría absoluta hace justo 41 años. Intentando no saltarse las medidas de seguridad impuestas por el estado de alarma, Córdoba se movilizó para despedir a Anguita en el Salón de Plenos de la ciudad, en un deseo de arropar a la familia desde una distancia prudente que fue casi imposible de mantener a última hora por la ingente cantidad de cordobeses que acudieron a la cita.

Anguita fue elegido secretario general del PCE en 1988. Al frente de la alianza en la que se integraron los comunistas, Izquierda Unida, un año después, solo unos días antes de la caída del Muro de Berlín, IU consiguió 17 escaños, que fueron uno más en 1993.

No hicieron falta abrazos ni besos. Bastaron lágrimas calladas, suspiros ahogados en las mascarillas; flores, depositadas en grandes coronas en el salón de plenos y en pequeños ramilletes sobre el suelo con emotivos mensajes (¡Hasta siempre camarada!, que la tierra te sea leve); velas encendidas ante la Casa del Pueblo, el Ayuntamiento que el propio Julio Anguita inauguró hace tres décadas, y aplausos, esa expresión de agradecimiento y cariño que los españoles han entrenado en los balcones desde que empezó la pandemia.

Mientras en las televisiones se escuchaban los ecos por la muerte del exalcalde de Córdoba, la familia de Julio Anguita, sus hijos, las madres de sus hijos y su actual pareja, tuvieron la oportunidad de reunirse en pequeños grupos en el velatorio oficial, de acceso restringido, para recibir el calor de sus allegados. En la calle, simultáneamente, el pueblo celebraba su velatorio paralelo, cargado de simbolismo.

Todos los alcaldes

El Ayuntamiento de Córdoba anunció a media mañana que el traslado del féretro con los restos mortales de Julio Anguita abandonaría el salón consistorial a las cinco de la tarde, pero mucho antes de esa hora, la calle Capitulares ya estaba repleta de ciudadanos, al igual que los balcones de los alrededores. Todos los exalcaldes de la ciudad, de todos los colores, desde Herminio Trigo y Manuel Pérez (IU) a Rafael Merino y José Antonio Nieto (PP) e Isabel Ambrosio (PSOE), junto a los portavoces de todos los grupos municipales representados en el Ayuntamiento, acudieron a la hora señalada en una imagen que quedará para la historia, y cuya banda sonora corrió a cargo de la concertina de la Orquesta de Córdoba, que interpretó el Adagio de Abinioni. Al menos, eso era lo que estaba previsto. Tras una larga espera presidida por un silencio absoluto, la salida del féretro supuso la explosión de un intenso aplauso de los presentes que coincidió además con el inicio de una llovizna, apagando así el sonido del violín.

La familia se mantuvo en un discreto segundo plano en todo momento, subió a los coches sin que nadie la viera para acudir a la inhumación del cadáver.

Compartir el artículo

stats