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Desconfiados compañeros de cama

Los recelos mutuos entre el PSOE y Podemos, partidos que compiten por el mismo electorado y por desgastarse, la mayor dificultad para negociar un pacto de gobierno

Desconfiados compañeros de cama

Desconfiados compañeros de cama

¿Se puede forjar una alianza cuando la desconfianza es el cimiento de la relación? Un posible acuerdo de investidura entre el PSOE y Podemos conlleva superar una dificultad trascendente: ambos partidos recelan mutuamente y no dejarán de tener la mosca detrás de la oreja en ningún momento. Los dos compiten por el mismo electorado, se pelean por ver quién luce mejor la marca de la izquierda y, en el fondo, cada uno aspira a desgastar al otro para así llevarse sus votos.

La irrupción de Podemos, aupado por el movimiento 15M, supuso una sacudida para el PSOE. En las elecciones de 2011, los socialistas habían perdido casi un tercio de los votos y parte del electorado de izquierdas se sumía en el desencanto. Los morados se estrenaron en las elecciones europeas de 2014 y se asomaron al panorama político con un 8% de las papeletas, mientras los socialistas seguían una tendencia descendente. Izquierda Unida atravesaba un buen momento, lo que aquello significaba que había más votantes de izquierdas con hambre de partido que aquellos a los que el PSOE era capaz de ilusionar.

Los gobiernos de Mariano Rajoy permitieron a la izquierda cocinarse en los cuarteles de invierno. Los socialistas, que en las primarias eligieron a Sánchez como líder, aún veían a los de Pablo Iglesias como algo anecdótico, un romántico líder de izquierdas que había recogido migas de colectivos minoritarios, con un discurso populista y facilón. Le miraban de reojo sin apenas contactos mutuos. De aquella época son frases que hoy resultan estrambóticas, como cuando Sánchez afirmó que jamás gobernaría "con la derecha ni el populismo" e Iglesias aseguraba que una experiencia de gobierno exigiendo dos ministerios al PSOE destruiría a los morados electoralmente.

Aquella situación, en la que la palabra "sorpasso" ya sonaba ante las elecciones de 2015, motivó que los morados confiasen en arrastrar al PSOE a una incómoda minoría para así enarbolar ellos la bandera de la verdadera izquierda. Eso marcó las relaciones entre ambos partidos: cada uno buscaba aniquilar al otro. Podemos quería superar a los socialistas y ocupar su sitio; el PSOE veía a los morados como una peligrosa y fanfarrona suma de descontentos e indignados peligrosa, al tiempo que los acontecimientos en Grecia hacían a los líderes socialistas poner sus barbas a remojo.

Los podemistas decidieron no presentarse a las autonómicas y municipales de 2015, porque pretendían salvar el valor de su marca de cara a las generales de finales de ese mismo año. Las confluencias propiciadas como sustituto obtuvieron ya entonces, en especial en las circunscripciones urbanas, resultados que animaban a aquel "asalto a los cielos". La prueba de fuego fueron las urnas de diciembre de 2015: los socialistas solo lograron aguantar en sus principales feudos (Castilla y León; Castilla-La Mancha, Extremadura y Andalucía). El batacazo del PSOE fue histórico, pero no hubo "sorpasso" (adelantamiento). El voto del electorado más joven dio alas a los morados pero lo bastante fuertes.

En aquella situación, en la que Rajoy rechazó presentarse a la investidura por carecer de apoyos, Iglesias se descolgó ante el Rey al plantear, para sorpresa de los socialistas, un gobierno de coalición de la izquierda. Finalmente, Pedro Sánchez optó a la investidura, pero mientras que sí logró el respaldo de Ciudadanos (entonces la formación naranja jugaba a ser la ficha móvil del centro, no como ahora), los morados se plantaron en el "no" con sensación de haber sido traicionados en la elección de socio. Pablo Iglesias llegó a afirmar en el Congreso que el PSOE tenía "las manos manchadas de cal viva" por la etapa de Felipe González, rompiendo así cualquier puente con los socialistas.

Ante las nuevas elecciones de 2016, Iglesias confiaba adelantar al PSOE al aliarse con Izquierda Unida (formación a la que realmente ha fagocitado en el ámbito nacional), pero la alta desmovilización dejó de nuevo al PP con opciones de gobernar si el PSOE propiciaba la investidura de Rajoy absteniéndose. Los socialistas se enzarzaron en su batalla para evitar una tercera convocatoria electoral, derrocaron a Pedro Sánchez, nombraron una gestora que presidió Javier Fernández, y Podemos aprovechó aquella situación para hacer suya la marca de la izquierda.

Aquella sensación entre los dirigentes sanchistas de que el PSOE se había "derechizado" al permitir gobernar a Rajoy, alentada por la voracidad con la que Podemos iba ganando posiciones, alentó la resurrección de Pedro Sánchez, que logró recuperar su control del partido con el respaldo de una militancia socialista molesta por cómo los morados aprovechaban el momento.

Al tiempo que Sánchez subía, Podemos descendía a causa de sus propios problemas internos. Iglesias trató de recuperar aliento con una moción de censura a Rajoy en 2017 en la que los socialistas se abstuvieron, obligándole a estrellarse.

La crisis en Cataluña, que desembocó en la aplicación del artículo 155 de la Constitución, fue una sacudida en la escena política: la aparente ambigüedad de los morados, frente a la actitud de respaldo del PSOE, marcó una clara diferencia entre ambos: estaba claro que se trataba de dos tipos de izquierdas con visiones distintas sobre el modelo territorial. Aquella actitud permitió a los socialistas evitar una fuga de votos a Ciudadanos y blindar sus apoyos.

Un año después de la fracasada moción de censura de Iglesias, Pedro Sánchez supo elegir mejor el momento. Después de la sentencia de la Gürtel, el líder socialista presentó una moción de censura que sí logró triunfar y que Unidos Podemos respaldó dado el clima que existía en el Congreso contra los populares. Mientras Iglesias descendía en imagen (arrastraba la crisis por su chalé en Galapagar y Errejón eligió abandonar el partido para integrarse en el proyecto de Carmena), Pedro Sánchez afianzaba su posición como presidente del Gobierno.

El magma creciente de Vox, la necesidad de apuntalar un gobierno en minoría para frenar a la derecha y la habilidad del PSOE para pactar con Podemos unos presupuestos de marchamo social permitieron los mejores momentos de la relación entre Iglesias y Sánchez. Los socialistas auguraban un batacazo electoral de Podemos con el adelanto de elecciones de 2019, pero los de Iglesias resistieron más de lo que preveían los socialistas.

Sintonía rota

Aquella aparente sintonía quedó rota tras las generales del pasado mes de abril. El PSOE ha tratado este tiempo de imponerse como principal representante de la izquierda sobre Podemos olvidando que su aparente fortaleza es debilidad por la falta de una mayoría suficiente.

Las negociaciones para investir a Sánchez demostraron la necesidad de entendimiento de los socialistas con Podemos. Iglesias ha doblado su apuesta por atenazar al PSOE al descartarse a sí mismo para un gobierno de coalición. Durante el choque dialéctico entre ambos líderes de la izquierda el pasado lunes en el debate de investidura dejó claro que las relaciones entre PSOE y Podemos se rigen por un denominador común: desconfianza. Un gobierno de coalición sería como dormir con el enemigo ya que ambos partidos saben que quien ronca a su lado en realidad lo hace con un ojo abierto, dispuesto a arrebatarle lo suyo a la mínima. Pero hasta el escenario más opuesto, un desacuerdo que obliga a repetir elecciones, podría ser fatal para ambos

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