De todas las emociones que pueden movilizar a un votante indeciso, hay dos de ellas que los expertos coinciden en señalar como las más eficaces: el enfado y el miedo. La clave vuelve a estar en la amígdala.

Este área del cerebro, cuenta Redolar, es "crítica" en la generación de emociones, especialmente en las negativas. La razón es evolutiva, ya que la función de la amígdala es "prevenir riesgos". Su cometido es enviar señales de alerta a nuestro cerebro antes incluso de que nosotros procesemos dichas amenazas. "La amígdala puede detectar una serpiente en el bosque antes de que nosotros mismos seamos conscientes de su presencia", apunta el experto.

Así, tras un episodio traumático en el que ha tenido que intervenir la amígdala, el cerebro consolida la información para no olvidar lo que le puso en peligro. "Por eso nos acordamos de qué estábamos haciendo el 11-S, por ejemplo", señala Redolar.

Y vincula esa relación con el miedo o la ira que predomina en la línea discursiva de los principales partidos durante la campaña. "Es donde pueden mover más voto sin duda", defiende el profesor. Así, mientras el bloque de derechas intenta activar amígdalas conservadoras agitando el miedo a la fractura de la unidad territorial, el sector progresista amenaza con la "involución" que llegará si PEP, Ciudadanos y Vox ganan el 28A. Y lo mismo sucede con el auge de la ultraderecha en la UE, que el experto también atribuye al buen resultado que ofrece el discurso del miedo.