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Crónicas galantes

El fin de los años marianos

Sobrevivió a la caída de un helicóptero, a una Gran Recesión, a una rebelión secesionista e incluso a la abdicación del Rey

El fin de los años marianos

Mariano es, como se sabe, un nombre acogido a la protección de la Virgen María: y ahí está el ejemplo algo extremo de Rajoy para demostrarlo.

El último presidente sobrevivió a la caída de un helicóptero, al puñetazo alevoso y tremendo de un paisano suyo en Pontevedra, a una Gran Recesión comparable a la de los años treinta, a una rebelión secesionista en Cataluña e incluso a la abdicación del rey que le había tomado juramento. Y antes de todo eso se había comido ya -como vicepresidente de Aznar- el indigesto chapapote de los hilillos del Prestige.

Resistió incluso a los mucho más peligrosos complots de sus colegas de partido, que, uno tras otro, fueron quedando en la cuneta sin saber muy bien de dónde les había caído el estacazo que los derribó.

Por comparación, hasta el mismísimo Adolfo Suárez, flagelado por la oposición en su etapa de presidente y elevado a los altares a título póstumo, tuvo que enfrentar desafíos menos gravosos.

Sufrió el de Ávila, desde luego, un golpe palaciego de su propio partido y el golpe de Estado de Tejero, al que con tanta gallardía hizo frente en el Congreso; pero el título de presidente pupas le corresponde por derecho a Rajoy. Afrontar sucesivamente una recesión, una secesión y una abdicación con medio partido imputado por tener la mano larga, es más de lo que por lo general suele exigirse a un gobernante en solo seis años al mando. Y a todo ello había sobrevivido, milagrosamente, el pontevedrés de Santiago sin más que limitarse a confiar en la meteorología y esperar a que escampara.

Parecía, en fin, que todos los años iban a ser marianos hasta el momento más bien improbable en que Mariano Rajoy dejase de merecer -por razones onomásticas- los favores de la Virgen. Extrañamente, ha sido una cuestión menor como la corrupción (en un país donde hasta el brazo incorrupto de Santa Teresa está bajo sospecha) la que ha puesto fin a su longeva carrera política.

Quiere además la paradoja que haya sido un amateur, en términos estrictos, como Pedro Sánchez, el que le descabalgase inesperadamente del poder, cuando creía tener atadas las cinchas de su montura hasta el final de la legislatura en curso.

Bastó una sentencia judicial y la audacia del recién llegado para poner fin a una carrera de fondo que había permitido a Rajoy fatigar casi todos los escalones del poder: desde la concejalía y la presidencia de una Diputación hasta tres o cuatro ministerios, una vicepresidencia y, finalmente, el sillón de primer ministro del país.

A coronar la cima de La Moncloa, que ahora acaba de perder -sin haber perdido ninguna de las tres últimas elecciones- le ayudó sin duda su confesa devoción por el ciclismo, que es deporte de fondo y resistencia. Probablemente fueron sus dotes de grimpeur -como los franceses llaman al escalador ciclista y también al alpino- las que le permitieron mantenerse en la carrera pese a las dos sucesivas derrotas electorales de 2004 y 2008 frente a Zapatero, que no era precisamente Anquetil.

Ya entonces se dio por hecho el final de su carrera; pero qué va. El derrotado candidato volvió a dar pedales y, contra todo pronóstico, sofocó las varias revueltas que los aspirantes a tomarle el relevo se animaron a encabezar dentro de su partido. A fuerza de mantenerse firme en el sillín frente a los empujones de colegas y adversarios, el correoso Rajoy obtuvo, al tercer intento, el maillot amarillo de una mayoría absoluta que lo elevó a la presidencia del Gobierno.

Curiosamente, esa perseverancia fue interpretada más bien como indolencia cuando, ya como presidente, asumió el poder y comenzó el ciclo de años marianos que ahora termina. Para muchos -sobre todo, de su propio partido-, Rajoy evocaba aquella figura del Don Tancredo que se situaba en la mitad del ruedo sin mover un músculo, haciendo como que no veía al toro para que éste, a su vez, no reparase en él a la hora de embestir.

Esa imagen no se condecía gran cosa con el chaparrón de decretos que el Gobierno de Rajoy desaguaba cada semana para meter las tijeras en casi todos los capítulos de gasto del Presupuesto y, mayormente, en los derechos laborales de la ciudadanía. Lejos de desmentir su imaginaria apatía, el propio Rajoy abonaba la idea con frases que han pasado a ser marca de la casa. Tan estupefacientes como, por ejemplo, esta: "A veces moverse es bueno y a veces moverse no; a veces no moverse es bueno y a veces no moverse es malo". Y el que lo entienda, que lo compre.

Era una mera estrategia, naturalmente. Si la principal astucia del diablo -con perdón- consiste en hacernos creer que no existe, una de las habilidades del ya expresidente fue la de convencer a sus enemigos y al público en general de que era torpe o, al menos, dislálico. A tal fin no dudaba en deconstruir conceptos tales que "somos sentimientos y tenemos seres humanos" o "los españoles son muy españoles y mucho españoles". Frases todas ellas que obtenían un inmediato repiqueteo en Twitter, para regodeo de sus críticos y muy probablemente del propio criticado.

Nada de eso se compadece con la brillantez oratoria que a menudo exhibió el diputado Rajoy en el Congreso; de lo que bien podría deducirse -como hacían algunos marianólogos- que se trataba meramente de una táctica.

Táctica que, mal que bien, funcionó durante los seis años en los que el primer ministro ahora abatido por la mayoría aritmética del Congreso se dedicó a capear las borrascas de la crisis y de las proclamaciones unilaterales de independencia, con resultados que solo el paso del tiempo permitirá evaluar más calmadamente.

Lo inapelablemente cierto, ahora mismo, es que los años marianos han llegado a su fin, no tanto por la retirada de confianza de la Virgen como por la de los diputados del banco de enfrente. La Historia, que funciona por ciclos largos, dará en su momento sentencia sobre este período. Y, si no otra cosa, tal vez reconozca que, entre recesiones y secesiones, pocos gobernantes habrán vivido un ciclo tan tormentoso como el de Rajoy, quien, paradójicamente, no creía en el cambio climático.

anxelvence@gmail.com

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