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En la frontera de la "Blue line"

El complejo día a día de los militares españoles que velan por el mantenimiento del alto el fuego entre Líbano e Israel, en uno de los lugares más conflictivos del mundo

La cabo Desireé González. // A.R.

La cabo Desireé González. // A.R.

La Brigada Canarias XVI es la encargada en estos momentos de controlar una de las zonas más conflictivas del mundo, un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Es el Líbano, concretamente el sector sureste del país, lugar donde se encuentran la mayor parte de los lugares en disputa entre tres cruciales actores: el propio Líbano, Israel y Hezbolá.

Desde mayo, aproximadamente 600 militares canarios están encargados de velar porque no se rompa el alto el fuego acordado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas mediante la resolución 1701 que dictó el cese de hostilidades y la retirada de las tropas israelíes, simultaneando el despliegue de soldados libaneses y de la Fuerza Provisional de la ONU en el sur del país. Es precisamente en el marco de esta resolución y bajo la bandera azul donde se encuentran realizando su tarea las tropas canarias, Finul.

La base Miguel de Cervantes se encuentra enclavada en Marjayoun, localidad de presencia mayoritariamente cristiana maronita aunque convivan en plena armonía con otras 18 religiones. La base es una enorme torre de Babel donde están instaladas tropas de otros países, tales como China, Brasil, Serbia, El Salvador, India, Indonesia, Nepal y las Islas Fiji. Al frente del contingente español figura el general Venancio Aguado de Diego. En total manda sobre unos 3.500 cascos azules.

La misión no solamente es militar, puesto que España participa en otro tipo de actividades de las que es beneficiaria la población de este sector, tales como enseñanza de español que se realiza a través del Instituto Cervantes, con más de 300 alumnos, consultas veterinarias, escuela de fútbol y otro sinfín de programas.

La misión militar gira en torno a la vigilancia de la "Blue line". Esta es la demarcación entre Líbano e Israel, establecida por las Naciones Unidas el 7 de junio de 2000 para determinar su frontera. Equivale a la línea verde que, en 1949, se convirtió en la línea del alto el fuego tras la guerra de la Independencia de Israel de 1948. En 2007, ambas partes aceptaron una propuesta de Unifil para marcar físicamente la línea sobre el terreno. Las marcas fueron hechas con barriles azules, conocidos como "Blue barrel" y hay 253 barriles construidos de los cuales 238 se han verificado.

La débil frontera no está exenta de complicaciones, ya que hay varias zonas sobre las que existe una disputa permanente. Por un lado está la zona de Gadhjar, donde provienen los manantiales del río Wazzani que, a su vez, alimentan al río Hasbani y son los mayores suministradores de agua al valle del Jordán. Los habitantes de esta localidad están divididos en dos partes por la "Blue line". Son ciudadanos sirios, tienen ciudadanía israelí y viven en territorio libanés. En segundo lugar están las granjas de Cheeba: territorio sirio reclamado por Líbano y ocupado por Israel. Un permanente foco de conflicto.

El Grupo Táctico al mando del teniente coronel Enrique Domínguez, perteneciente al batallón Albuera del Regimiento de Infantería Tenerife nº 49, con base en Hoya Fría, Tenerife, es el encargado con sus 363 componentes de patrullar la zona.

"Éste es un escenario totalmente diferente al de Afganistán; no hay enemigos", sentencia Domínguez, mientras explica el funcionamiento de la misión. "España tiene dos posiciones: la 4.28 y la 9.64, mientras que la 9.66 recae en los serbios. Nosotros tenemos cuatro misiones fundamentales. Una es monitorizar el cese de hostilidades; la segunda, prevenir incidentes a lo largo de la 'Blue line'; la tercera, impedir el uso del área de responsabilidad para acciones hostiles; y la cuarta, ayudar a las Fuerzas Armadas libanesas".

Para ilustrar la complejidad de la misión, el teniente coronel Domínguez relata las dificultades de entendimiento entre las partes en conflicto. "Hay un sitio donde el agua procede de la zona ocupada por Israel y al rebosar en las piscinas que están en la zona libanesa, originan protestas de sus habitantes. Entonces, desde el sector español, una cuba se encarga del vaciado de las mismas para devolverlas a Israel. ¿El argumento? Que se trata de agua impura".

Entre el personal del Grupo Táctico está la cabo de Infantería Desireé González López, de 35 años y 13 de servicio en el Ejército. "Es mi primera misión y los dos meses que llevo en Líbano se me han pasado volando. Estoy destinada en la Plana Mayor y llevo todo lo relativo a la gestión de personal. Hablo todos los días con mi familia y es lo que más echo de menos. No obstante, tan mal no debo de estar ya que he subido cuatro kilos desde que llegué al Líbano".

Desireé González cuenta también en qué consiste su trabajo: "Organizar eventos los fines de semana y dar bienestar a los soldados, gestionar las comidas semanales y procurar mantener el acceso a la comunicación con las familias, entre otros".

El brigada de Infantería Luciano Sánchez García, casado y con dos gemelas, lleva 26 años en las Fuerzas Armadas y tiene tres misiones internacionales a sus espaldas: Kosovo, Afganistán y ahora Líbano.

"Llevo el área de operaciones del batallón español. Poder hablar todos los días con mi familia marca la diferencia con respecto a las otras misiones donde he estado. Dentro de la base, la vida es bastante buena y compartir con amigos y cambiar de aires hace que el trabajo sea mucho más cómodo y tranquilo", explica.

Fuera de la base, lo que cuenta son las patrullas. Las vías se encuentran bastante bien para un país que ha estado la mitad del tiempo en guerra. Durante la patrulla, de unas dos horas de duración, la basura, incluso en los campos de cultivo, es bien visible. Numerosos niños abordan el convoy. Son hijos de los casi dos millones de refugiados sirios que huyen del Estado Islámico y han acabado en Líbano. Impresiona pasar junto a la valla que ha levantado Israel, más conocida como "Technical fence", dotada de sensores de movimiento, infrarrojos y muros de parapeto de hormigón armado. Y llama la atención la cantidad de imágenes de mártires en los márgenes de las carreteras, adornadas con banderas de Hezbolá y Hamal. Aunque siendo Líbano un país musulmán, son numerosas las iglesias cristianas que jalonan la ruta, lo que demuestra que la convivencia pacífica entre distintos cultos es posible.

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